El tango en mis misceláneas
:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2018/06/juan-darienzo.jpg)
Dimas Marzotto
Para Ecos Diarios
Siempre en la vida suceden pequeños hechos que, recordados en el largo trajinar, como lo que ha sucedido al relatar situaciones referidas al tango en distintas circunstancias y con cada personaje que me ha tocado vivir, puede ser que al lector tanguero le acerque el conocimiento del personaje tanguero, de la orquesta o el hecho que algo tiene que ver con la vida transcurrida, siendo cada uno diferente del otro.
Entre mis recuerdos tengo a Horacio Salgán, este pianista y autor de tangos al que conocía desde el tiempo que animaba con su música la confitería y restaurante del quinto piso Automóvil Club Argentino, allá en su monumental edificio de la Av. Alvear, frente a lo que fuera la vieja cancha del club River Plate. Terminaba su actuación y ya al final de la noche nos decía “me voy porque voy a perder el tren”. Salgán era de costumbre sobrias, muy ordenado y no se lo conocía trasnochador. Lo seguí en la noche porteña cuando con De´Lio tocaban en la Night Club Jamaica de la calle San Martín y se puede decir que tocaba para un público selecto que lo acompañaba noche a noche.
Por supuesto, para mí era imperdible cada vez que viajaba a Buenos Aires. Memorable fue la noche que cantó Ella Fitzgerald, esa voz como la de los blues de los negros de los algodonales con sus tristezas y alegrías. Esa noche fue la excepción y cuando la casa y los concurrentes decidimos dar por terminada la función salimos del local y ya eran las siete de la mañana.
No lo sentí a Salgán decir “voy a perder el tren”. Ella Fitzgerald había venido a la Argentina a dar unos recitales y esa noche había decidido ir a escuchar al maestro Salgán. Un día mi amigo Coco del Abasto me dijo que Salgán vivía en el Abasto y que no viajaba en tren para volver a su casa. Esa era la excusa para no trasnochar.
Mientras que Tania era propietaria de una whiskería en la calle Libertad, llamada “Cambalache” siempre tenía buenos números de tango, en especial tocaba el piano todas las noches Lucio Demare, con quien yo tenía una amistad desde que tenía orquesta y cantaba Horacio Quintana, en una gira a Tucumán y que debió quedarse a cobrar unos cheques sin fondo. Una noche yo debía agasajar a un funcionario de un banco privado, amante del tango y junto a su señora y mi señora fuimos a escuchar tangos a lo de Tania, a su reducto Cambalache. Nos vino a saludar a la mesa y mientras el invitado hablaba con ella una de las señoras le decía a la otra “Qué edad Tania?” No sé pero para Ciriaco Ortiz dice “que vino con Colón”. Era muy común hacer chistes sobre la edad de Tania, había uno que decía “que el jefe de policía de Rosas le había extendido la cédula de identidad”. Tania escuchó lo que dijo la señora y al minuto saludó y se fue.
Bromas
Jorge Rubino, cantor de Pugliese y otros. El café Marzotto tenía al final de su largo salón en la parte alta después del palco dos salones, uno donde se reunían los músicos y otro que era una peluquería. El peluquero un tipo bien cerrado, pero tanguero le gustaba la música clásica y concurría a la claque del Teatro Colón por lo que sabía ser cargado por los músicos y habitués de la peluquería, y mucho de los cuales lo cargaban hasta hacerlo estrilar. Jorge Rubino, lo sabía hacer enojar hasta que un día lo vimos salir corriendo a Rubino y detrás el Tano con unas tijeras gritándole “Ti amaso, cantore compadrito” hasta que varios parroquianos lo contuvieron y le sacaron las tijeras. Ese día el Marzotto estuvo a punto de salir en policiales.
Por su parte, Ciriaco Ortiz tocaba con su orquesta en un night club de la cortada de Tres Sargentos casi esquina Maipú, frente a Harrods. Varios tangueros sabíamos ir a escucharlo. Una noche junto con él decidimos ir a escuchar a Salgan a Jamaica (Maipú y Paraguay) frente al gran mercado que existía en aquella época. Era sabido que Ciriaco siempre tenía las medias rotas, lo que se decía “las papas en las medias”. Esa noche nosotros caminábamos para ir a Jamaica antes de entrar uno le dijo “¿Ciriaquito vas entrar con esas papas?” Y éste le contesta “Ya vengo, voy al mercado y las vendo”. Así era de jovial Ciriaco Ortiz.
Fin de año
Francisco Peña, bandoneonista de la guardia vieja, autor del vals “A mi madre”. Un 31 de diciembre, había fallecido mi abuelo materno y desde hacía años no había reuniones familiares. Esa noche había sido invitado al Roof Garden del Alvear Hotel,, tenía 18 años y yo ya era un tanguero decidido y avisé que llegaría después de la medianoche para contemplar mi apego a la familia. Esa noche llegué cerca de las 12 y entré a tomar un café para hacer tiempo en el café “El Nacional”, entre Corrientes y Suipacha, el palco de los músicos a oscuras, un solo mozo en el café. Al rato de estar tomando café entra un hombre ya viejo con su “Jaula” y sube al palco. Le pregunto al mozo que pasaba y me dice “hoy no hay música, no sé”. El que entró es el bandoneonista Francisco Peña que es autor de “A mi madre”, un vals hermoso. Tocó con tanto sentimiento que nos llegó al alma, terminó, enfundó su bandoneón y se fue. Nunca me olvidé jamás, salí, tomé un taxi para el Alvear donde tocaban Osvaldo Fresedo y la Jazz de Don Dean. Que noche impensada, que contrastes de Buenos Aires al que tanto uno quiere y no olvida.
Juan D´Arienzo, como diría Alejandro Dolina en su libro “El ángel gris”, refutadores hay siempre y yo los busqué. Juan D´Arienzo nunca fue a Japón. Tenía pavura de viajar en avión después de la muerte de Gardel, nunca pasó a Montevideo. Había sido invitado por el emperador Hiroito a tocar y le quería pagar entonces el pasaje en barco, lo que también rechazó, con el tiempo fue solamente su orquesta.