El trabajo cotidiano de quienes también sostienen las escuelas
En su día, cinco auxiliares de la educación cuentan su experiencia y destacan el compañerismo y el vínculo con los estudiantes y docentes
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JULIETA MORENO
Redacción
Abrir las puertas, encender las luces, preparar el agua para el mate, acondicionar los espacios comunes después de cada recreo, mantener en condiciones las aulas, acompañar a los estudiantes y estar atentos a cada necesidad que pueda surgir durante la jornada, son algunas de las tareas que realizan diariamente los auxiliares de la educación, un personal que muchas veces es conocido simplemente como “el portero”, pero cuyo trabajo resulta fundamental para que las escuelas puedan funcionar.
En la Provincia de Buenos Aires, el Día del Auxiliar de la Educación se conmemora el último viernes de agosto de cada año, en cumplimiento de la Resolución 15.628. La fecha permite poner en valor una labor que comienza antes de que los alumnos ingresen y continúa aún después de que las instituciones quedan nuevamente cerradas.
Ecos Diarios entrevistó a las auxiliares Andrea Escobar, Ximena Contreras, Paula Ciancaglini, Yésica La Pioggi, quienes se desempeñan en la Escuela Normal Superior “José Manuel Estrada” (ex Colegio Nacional), y Paula Mendiola, que actualmente trabaja en el Jardín Nº 917 “Los Girasoles”, pero también pasó por la histórica institución.
“La primera que llega”
Paula Ciancaglini es auxiliar del turno mañana en el nivel secundario y explicó que su jornada comienza antes de que lleguen los estudiantes. “Yo soy la primera que llega, abro las puertas y, una vez que ya tenemos todo abierto y todas las luces prendidas, dejamos ingresar a los chicos”, relató.
Después llega el momento de acompañar el comienzo de la jornada, poner la música para la oración a la bandera y atender permanentemente el timbre y las puertas. Una vez que los alumnos ingresan, comienza otra parte de la tarea: la limpieza, el mantenimiento de los baños después de los recreos y otras labores cotidianas.
Paula Mendiola, que actualmente se desempeña en un jardín, señaló que ahora trabaja sola, cumpliendo las diferentes tareas diarias y también se ocupa de la merienda. Su experiencia en distintas instituciones le permitió conocer diferentes formas de organizar el trabajo. “Cada cual tiene su forma de limpieza, de organización”, explicó, y reconoció que la incorporación de nuevos compañeros requiere un período de adaptación hasta lograr una dinámica común.
El trabajo en equipo
Precisamente, el compañerismo aparece como uno de los aspectos más valorados por las entrevistadas. Mendiola destacó que el funcionamiento de una institución grande requiere necesariamente de un “trabajo en equipo”.
Por su parte, Andrea Escobar lleva 28 años como auxiliar y hace dos décadas que trabaja en el ex Colegio Nacional. A lo largo de ese tiempo, aseguró que uno de los aspectos que más disfruta es compartir diariamente con directivos y compañeros. “Es como que somos una familia ya”, sostuvo.
También resaltó las características de la institución, a la que describió como un establecimiento grande pero muy organizado.
Un vínculo especial
Pero la tarea de los auxiliares no se limita al funcionamiento material de la escuela. El contacto cotidiano con los estudiantes genera vínculos que, con el paso del tiempo, se vuelven parte importante de la actividad.
“Ellos vienen y nos saludan, nos dan un beso”, contó Escobar, quien describió como “hermoso” el vínculo con los alumnos. Con sus 28 años de experiencia, conoce los movimientos de la institución y también sabe que muchas veces los estudiantes recurren a los auxiliares para resolver pequeños problemas del día a día: desde conseguir un mapa o una cartulina hasta solucionar alguna situación inesperada.
Paula Ciancaglini contó experiencias similares. “Siempre estamos para salvarlos en algo”, resumió. Un estudiante que se olvidó de comprar un mapa o que necesita solucionar rápidamente un inconveniente puede encontrar en los auxiliares a alguien dispuesto a darle una mano. “Enseguida nos buscan para que les salvemos las papas”, explicó.
En el nivel primario, Ximena Contreras señaló que ese vínculo se construye especialmente a partir de la paciencia. “Nuestra puerta suena 20 veces. Es agua, hielo, papel higiénico, queremos un poquito más de pan; mucha paciencia”, contó. Sin embargo, consideró que ese contacto permanente también es una de las partes más lindas de la tarea. “Es imposible que no te reciban con un beso, con un abrazo”, afirmó.
Contreras trabaja desde hace diez años como auxiliar y desde hace uno en la institución. Su experiencia muestra cómo, más allá de las funciones específicas, el auxiliar termina convirtiéndose en una presencia cotidiana y cercana para los chicos.
Acompañamiento
En el nivel superior, Yésica La Pioggi vive una experiencia diferente, ya que trabaja durante el turno noche y acompaña a estudiantes adultos. Hace 13 años que es auxiliar y lleva alrededor de seis años en ese turno. Allí también se genera un vínculo que excede las tareas habituales. Los estudiantes muchas veces cuentan cómo les va en los exámenes, comparten preocupaciones o simplemente necesitan ser escuchados.
“Siempre los escuchamos, los alentamos para que sigan”, explicó. Muchos de ellos son madres, padres o personas que trabajan, por lo que el acompañamiento cotidiano adquiere características particulares. “Siempre los acompañamos en lo que podemos desde nuestro lugar y formamos un vínculo”, señaló.
Así, detrás de cada puerta que se abre por la mañana y de cada escuela que queda cerrada al finalizar la jornada, existe una tarea silenciosa y permanente. Los auxiliares garantizan la limpieza, colaboran con la alimentación en los comedores, preparan los espacios y acompañan a estudiantes y docentes. Pero también construyen relaciones que forman parte de la vida cotidiana de las escuelas.
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