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    El visitante

    Por Tobías - Ecos Literatura

    31 de julio de 2026 | 12:06
    El visitante
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    En mi barrio existe una historia, un saber que comparten tácitamente todos los que llevan el tiempo suficiente viviendo acá, pero que no conocerás a menos que hagas las preguntas correctas, o tengas la desdicha de experimentarlo. 

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    Mi familia lleva generaciones viviendo en esta casa, los padres de mi abuelo la compraron y vivieron acá casi toda su vida, y mis abuelos después de ellos, y cuando la Pandemia dejo sola a mi abuela y aquellas paredes de repente se le volvieron demasiado grandes, mis padres que llevaban varios años huyendo de alquileres cada vez mas insostenibles, decidieron perpetuar la tradición. 

    En general era un barrio tranquilo, en la zona vieja de la ciudad, alejado del bullicio del centro. Yo que había pasado mucho tiempo con mis abuelos y prácticamente crecí en estas calles, para cuando nos mudamos allí, ya conocía y me llevaba bien con muchos de los vecinos. 

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    Hacia unas semanas que habíamos llegado, yo me había desvelado intentando estudiar en una noche lo que no había estudiado en tres meses cuando lo oí. El que era mi cuarto entonces se encontraba de cara a la vereda y la casa en si estaba pegada a la de la vecina. Por lo que, pude oír con claridad como alguien había comenzado a llamar a su puerta.

    La mujer era una anciana de esas que le hacen cuestionar a uno su propia juventud. Pues era tal su energía y vitalidad que apenas por su aspecto uno podría adivinar que pasaba los noventa años. Raro era pasar por su casa y no oír el sonido ahogado de voces animadas, así es que ya estaba acostumbrado a oír lejano el sonido de alguien tocando a su puerta. Por lo que, cuando esa madrugada, oí aquella rítmica sucesión de golpes suaves contra la madera, tardé mas tiempo del que me gustaría en comprender lo extraño de la situación. 

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    Aunque la mujer no era ajena a reuniones nocturnas, no solían terminar muy tarde, y por lo que había oído hasta entonces, o más bien, por lo que no había oído, aquella noche se había acostado temprano. 

    Al cabo de un minuto o dos, los golpes volvieron a sucederse y yo, viendo en aquello una oportunidad para seguir escaqueándome de mis responsabilidades, me quede escuchando. 

    Nadie respondió y los golpes se sucedieron una vez más. Eran las 2:16 de la madrugada. Podía oír el viento empujando las hojas caídas de los arboles por las agrietadas baldosas de la vereda a través de la ventana, por demás, ni siquiera se escuchaban los motores de coches o motos lejanas. 

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    No es una zona peligrosa, la mayoría de los que viven aca son ancianos y las personas más jóvenes que conocía, eran gente por demás respetable, pero vivimos en el país en el que vivimos y la posibilidad de que fuese alguien peligroso se me paso por la cabeza.

    Oí un intento mas y ese fue el último, sin embargo, esperaba oír el sonido de los pasos alejándose en el inusual silencio de la noche, pero eso fue todo.  Durante los siguientes minutos, no oí nada y cuando comprendí que me había quedado sin excusas, volví a lo que estaba haciendo, pero siempre fui una persona curiosa. Y, al día siguiente, cuando, saliendo de casa, encontré a la mujer sentada en un banco de piedra en a un costado de su puerta de entrada, tras saludarla, no pude evitar preguntarle

    — ¿esperaba a alguien anoche?

    — No, nene —contesto distraídamente —ayer me acosté temprano ¿Por qué?

    — Porque ayer como a las dos y algo me pareció escuchar que le tocaban a la puerta. 

    La expresión usualmente jovial de la mujer se transformo de pronto en una mueca sombría como jamás le había visto. Aquello me incomodo y se me ocurrió que podría haber dicho algo que le resultase irrespetuoso, aunque no terminaba de comprender el que, pero entonces volvió a hablar con una voz que intentaba sonar tranquila, pero desbordaba intranquilidad por todos lados

    —anda a saber… no, yo no esperaba a nadie. Me habrían llamado y en el celular no tengo nada. 

    —pensé en salir a ver, por cualquier… —pero me interrumpió, sobresaltándome. 

    — ¡no! —y pareció sentirse culpable por elevar tanto su tono y rápidamente volvió a aquel intento de indiferencia mal disimulado —cuando escuches algo así, nunca tenes que salir. 

    En aquel momento, atribuí aquella reacción desmedida a esa empatía casi paternal que suele tener la gente mayor por los mas jóvenes, sobre todo aquellos pertenecientes a familias de amigos cercanos, y aquella mujer había sido amiga de mis abuelos desde siempre. Por lo que no quise darle mas disgustos y decidí dejar el tema ahí. 

    Ese día y los siguientes a ese transcurrieron con normalidad, y pronto, las mil y una explicaciones posibles para lo que había ocurrido, lo fueron enterrando en lo mas profundo de mi mente hasta que casi me hube olvidado de ello. Y no volví a pensar en ello hasta casi una semana después, cuando iba de camino a lo de un amigo y un vecino me detuvo. Un hombre grande, no solo de edad sino de proporciones, que llevaba un pequeño taller mecánico en una esquina de la cuadra. 

    Así había sido desde que tenia memoria y no tenia pinta de que fuese a dejar de hacerlo mientras el cuerpo se lo permitiese. El taller en si era del tamaño de un comedor, por lo que además de sus herramientas y maquinaria, solo tenia espacio para un auto a la vez, y a los siguientes los atendía directamente allí en donde los dejasen estacionados. Cuando me llamo, primero con mi nombre y cuando me gire, con un gesto para que me acercase, tenia la camisa al hombro y una mano engrasada sosteniendo un mate de acero, al frente de las entrañas al descubierto de un Peugeot 504. 

    En el alfeizar de uno de los ventanales enrejados del taller, una gata negra y gorda — que había aprendido por las malas a NO tocar— se acicalaba al sol de la tarde. 

    — ¿Cómo le va? —saludé al acercarme. 

     —bien, bien. Che, ¿qué le dijiste a la Tere? —habló bajando la voz con tono de reproche 

    — ¿yo? —inquirí — ¿Por qué? 

    —no sé, desde que hablaste con ella el otro día, anda medio raro. 

    —el otro día… —intenté recordar y fue la primera vez que aquel suceso volvió a mi mente —la última vez que hable con ella, le fui a avisar que le habían estado tocando la puerta la noche anterior.  

    — ¿a la noche a qué hora? 

    —a eso de las dos de la mañana, creo. 

    El hombre se quedo en silencio un momento y pude ver en su rostro la misma expresión que la mujer hacia unos días, pero en el pude reconocer algo que ella había sido opacado por el miedo: Conocimiento.

    — ¿vos lo escuchaste? —preguntó, ahora con un tono más preocupado. 

    —sí

    —pero no saliste. 

    —no, pensé en salir, pero me quedé escuchando por si fuese cualquier cosa. 

    —bien que hiciste. —asintió. —escucha, si volvés a escuchar algo así, no se te ocurra salir. 

    Aunque aquellas palabras, en otras circunstancias, no deberían distar mucho de advertencias sobre no andar por ciertas zonas cuando oscurece o cuestiones similares relacionadas con la inseguridad, algo en la forma en que lo decía me resulto lo suficientemente extraña como para preguntar 

    — ¿Por qué? 

    El hombre, como si no se sintiese cómodo hablando de ello, dio una ojeada a su alrededor antes de preguntar 

    — ¿tu abuelo nunca te contó del Visitante? 

    Intenté recordar ese nombre. Con mi abuelo en particular había tenido muchas conversaciones y de muchos temas. Era un hombre con el que se podía hablar de todo, pero ese era un nombre que no recordaba que hubiese mencionado alguna vez. 

    —no, que yo recuerde. —conteste finalmente  

    El hombre suspiro, me puso una mano engrasada en el hombro —algo de lo que me percataría más tarde— y hablando bajo, mirando cada tanto de reojo a su alrededor, comenzó a relatar. 

    —hacía mucho que no pasaba, pero cada tanto aparece. No sabemos que es, pero la familia de tu abuelo y la de los Jerez —haciendo un ademan en dirección a la esquina de en frente— que son los que hace más tiempo que están acá, ya contaban que se les aparecía. Por ahí estas solo a la madrugada y te tocan la puerta, miras por la ventana y no hay nadie. 

    — ¿y qué pasa si abrís? —pregunte, sorprendiéndome a mi demasiado interesado por todo aquello.

    —No importa lo que pasa si le abrís. —sentenció visiblemente afectado 

    —Si esperas gente a la noche, mas vale que te llamen al teléfono o que te toquen timbre, pero nunca tenés que abrir cuando te tocan la puerta tan tarde. 

    Aunque no soy Ateo, tampoco me considero una persona creyente ni supersticiosa, pero cuando ves el terror en los ojos de un hombre de esos que no expresan sus sentimientos ni con un arma en la cabeza al contarte una historia como la que acababa de escuchar, no te quedás indiferente. 

    Quería saber más, pero se notaba que no le gustaba hablar del tema, así que me mostré satisfecho con sus respuestas y pronto la conversación quedo terminada. El hombre volvió a lo suyo y yo seguí mi camino, aunque no pude quitarme aquel pedazo de historia de mi barrio, hasta que el ritmo de la conversación con el resto de mis amigos se fue por insondables derroteros y solo me permitió volver a pensar en ello cuando volvía a casa, en la tranquilidad de la noche, por demás común en aquellas calles, pero que entonces, ante mis ojos había adquirido un matiz siniestro del que probablemente no podría volver a despojarla nunca. 

    Se me ocurrió preguntarle a mi abuela. Tal vez mi abuelo no había querido contarme nada de lo que podía ser una superstición, pero tal vez a ella le había comentado algo. Y así había sido, pero no estaba precisamente feliz de hablar del tema. Mi abuela era una mujer profundamente religiosa, y tenia una postura radicalmente negativa ante cualquier creencia o elemento que estuviese del lado exterior de las inmediaciones de su iglesia. Así es que, el simple hecho de haber mencionado aquello, fue motivo para alterarla. Ordenándome que no hable de esas cosas, porque los estaría llamando. 

    Mentiría si dijese que no intenté preguntar una o dos veces mas por la cuadra, pero lo que sea que había oído hacia unas noches, había dejado una huella tan profunda en la memoria del barrio, que nadie se atrevía a contarme mas de lo que ya sabía. Así es que todo aquello fue quedando en el pasado. Enterrando nuevamente en lo profundo de los recuerdos, esta vez, durante varios meses, hasta la noche de ayer. 

    Me había quedado a cuidar a mi hermana y habíamos pedido comida, y en lo que llegaba, yo me había metido a bañar. Apenas unos minutos después, la escuche gritarme preguntando donde había dejado la plata. Le respondí, pero me resulto extraño que hubiesen tardado tan poco y no haber escuchado el bocinazo de ninguna moto. Cuando volví al comedor, vi la mesa vacía y voltee en dirección al sillón donde supuse que estaría mi hermana, pero ella no estaba y la puerta estaba abierta, dejando entrar el rumor de una noche inusualmente silenciosa.


    Sobre el autor:

    tobias ecos literatura

    Mi nombre es Tobias, Naci en Necochea, Provincia de Buenos Aires. Siempre me gustaron el terror, el suspenso y el misterio. Lovecraft y su círculo han sido mis principales influencias, y tengo el loco sueño de ser Escritor. Pero no fue hasta la pandemia, hasta el encierro y la soledad, que todo esto se volvió una prioridad y, desde entonces, es a lo que le dedico todo mi tiempo libre.

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