Emotivo homenaje a Ivana Morganti en la sala del museo Casa del Faro
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La ceramista se mostró muy agradecida y expresó que “he tenido muchas satisfacciones en el mundo del arte”
Este viernes, en instalaciones del museo Casa del Faro, se celebró el Día de la mujer, con un homenaje muy especial a la ceramista Ivana Brugiavini de Morganti, quien se mostró muy agradecida y expresó que “he tenido muchas satisfacciones en el mundo del arte”.
Asimismo, se exhiben obras de ella y se presentó un pequeño libro «Mi vida junto a la cerámica», vida y obra de Ivana, con detalles culinarios y literarios de la ceramista, escrito por María de los Ángeles Espinosa.
Durante el acto que se desarrolló ayer, estuvo presente Nicasio Díaz Llanos, María de los Ángeles Espinosa, y demás integrantes del equipo que trabajan en el museo, como asi también artistas plásticos, amigos y familiares de Ivana.
Ivana nació en 1928 en Italia, en la ciudad de Sirolo, provincia de Ancona, sobre el mar adriático. “Llegué a vivir a Buenos Aires en el año 1934. Mi familia se instaló en el barrio de La Boca, a una cuadra del famoso Caminito. Yo tenía los 6 años reglamentarios para cursar el primer grado de la escuela primaria, y solamente hablaba el italiano. Por esta cuestión del idioma, no me querían tomar en ningún establecimiento escolar. Mi mamá sufrió mucho por eso, yo la vi llorar de tristeza porque se encontraba sola en un lugar desconocido y sin una familia que la apoyara”, recordó.
A Necochea se mudó cuando cumplió los 9 años, en 1937.
Ivana tiene documentado como fueron los comienzos y el desarrollo de las artes plásticas en el partido de Necochea.
La cerámica fue y es su pasión. En su domicilio se pueden ver muchas de las
obras que ha realizado a lo largo de su vida como artista y creadora, y vivir la
experiencia de contemplar su primera obra.
“Hice el bellas Artes en Necochea, desde 1945 hasta 1949, y tuve como
maestros a Santiago Giorgi y Williams Gabrielle, hasta que se cruzó en mi vida
un joven que después me acompañó durante 67 años. Fue una parte importante de mi vida. Suspendí los estudios porque nacieron mis hijas, muy seguidas una de la otra. Cuando empezaron las clases de arte con Zilda Balzategui, ella me llamó y me comentó que estaba por venir a Necochea, desde la Capital, un profesor de cerámica: Héctor Capurro. Inmediatamente le dije que contara con mi presencia”, detalló.
Ella trabajaba con Héctor hasta las 12 de la noche en lo que era entonces el palacio municipal, al lado de la Iglesia, donde hoy ahí funciona el centro cívico. Allí también funcionaba el Bellas Artes, solo que ellos, con la cerámica, estaban en el subsuelo y al fondo.
El primer grupo de ceramistas lo formaron Aída Zavala de Dabandié, Angelica
Rico, Zelfa Martínez Puente, Elena López Barrios, Edith McCoubrey Alina Orler de Herrera y ella.
“Para mí fue maravilloso trabajar ese material, y todo el aprendizaje con ese profesor. Cuando tuve ese trabajo en mis manos, lo toqué, lo di vueltas, me invadió una sensación que me incitó a continuar trabajando esa materia. A pesar de que me llevó 5 meses terminar esa obra, sentí que había realizado algo importante, y nunca más dejé de trabajar con la cerámica”, recalcó Ivana.
Sus herramientas de trabajo eran un cuchillo de cocina y un tenedor, porque
en Necochea no se vendían elementos para esa disciplina del arte.
El lugar de enseñanza y trabajo estaba ubicado en un sótano que se inundaba. A veces tenían el agua hasta las piernas, pero no dejaban de trabajar.
El sótano no tenía una entrada segura, había que ingresar por la calle 61, y los
fondos daban a la comisaría. Hasta que un día, les dijeron que se tenían que ir de allí.
“El horno que teníamos en el sótano lo llevaron con una grúa a la vieja estación, donde habían armado la nueva Escuela de Arte, llegó en pedazos.
Cada uno se llevó lo suyo del sótano y momentáneamente nos cedieron un espacio en la Escuela Nº 2, pero no era el lugar más indicado para nuestra tarea y el grupo, que de a poco se desintegró. A mi me parecía un sacrilegio que todos esos años de trabajo y aprendizaje quedaran en la nada. Estaba absolutamente convencida que debíamos seguir”, señaló la ceramista.
En el año 1980 decidieron alquilar un lugar en la calle 67 Nº 2870 y asi nació “Tilcara”. Eran socias, Edith McCoubrey, Elena López Barrios e Ivana. Alli dictaron clases a niños y adultos hasta el año 1994.
La primera exposición que este incipiente taller de cerámica realizó fue en el foyer del Casino en 1973, en el Salón Primavera, y participaron Nicasio Díaz Llanos e Ítalo Grassi, entre otros, en la categoría pintura. La segunda muestra fue al año siguiente, en el Colegio de Escribanos.
“Hubo un auge muy importante de lo cultural, y estoy segura de que la cerámica fue una gran impulsora. Yo me contacté con Ítalo Grassi para que viniera a dar clases a Necochea. Y así fue como, durante dos años, dio charlas sobre la historia del arte, en la Sociedad Italiana.
Movimiento cultural
Ivana Morganti señaló que “en Necochea nunca hubo mucha ayuda para desarrollar la cultura. Lo que recuerdo es que a mediados de la década del ´60 comenzó a haber un movimiento cultural más dedicado, pero por motivación propia de los artistas. La cerámica empezó a pisar fuerte, y era
muy motivador. Empezamos con las exposiciones, y eso entusiasmaba y traía
público. En la época de Percario nos tuvieron en cuenta porque la hermana
del intendente era Zilda Balzategui, y ella era una gran promotora del arte”.
Las primeras socias de ese grupo de ceramistas que salían juntas a
exponer, cuando ya habían aprendido y podían enseñar la técnica, fueron Ivana, Julia Pérsico, Nora Alonso, Edith Mc Coubrey, Zelfa Martínez Fuente,
Angélica Rico, Irma Azcoity y Julia López.
En 1998, fue convocada para restaurar las molduras de la casona del año 1882
que está en las calles 60 y 57. Reprodujo y realizó el modelado de sus molduras originales, que se habían deteriorado por el paso del tiempo.
Al momento de recordar a su familia indicó que de su padre y su tío recibió el don de la creatividad. “Mi papá, hacía unos trabajos muy buenos en bronce y realizaba acordeones a mano. Desde chica se veía que yo tenía
facilidad para el arte, porque en la escuela mi trabajo era hacer todos los dibujos para las fechas patrias en el pizarrón, con tizas de colores. Pienso que nací con un pincel en la mano, y recuerdo que me ponían en penitencia porque dibujaba en las paredes de la casa. He tenido muchas satisfacciones en el mundo del arte. Para empezar, mi familia siempre me apoyó y nunca me coartaron mis posibilidades, ni me limitaron el tiempo necesario para crear. Muy por el contrario, siempre se sintieron orgullosos de mí. Mi marido se encargaba de cargar las piezas en el auto y de trasladarlas, y por cierto había
muchas con bastante peso. Todos ellos me dieron mucho amor y compañerismo”.///