En 25 años, la provincia duplicó la frontera agrícola, pero ya encontró su techo
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En poco más de 25 años, la provincia de Buenos Aires prácticamente duplicó su área agrícola, de la mano principalmente de la tecnología aplicada y de un crecimiento exponencial de la soja, en un proceso que parece haber encontrado su techo en las últimas campañas.
En efecto, el agro bonaerense pasó de tener en 1990 una superficie sembrada de 7,7 millones de hectáreas, a las actuales 13,5 millones de la campaña 2016-2017. En ese período, además, la producción se triplicó: a principios de la década del ?90 la campaña terminó con un promedio de 16,7 millones de toneladas, mientras que actualmente, con los vaivenes propios del clima, roza los 44 millones.
Los datos se desprenden del análisis del Registro de Estimaciones Agrícolas del Ministerio de Agroindustria de la Nación, que mantiene estadísticas de la campaña productiva desde 1969. De acuerdo a esta serie, el «boom» agrícola bonaerense tuvo su punto de quiebre a mediados de la década del ?90, y coincide con el ingreso masivo de la soja a los campos bonaerenses. A partir de allí se registró un crecimiento exponencial de la oleaginosa «estrella» del país, que en parte también fue acompañado por un retroceso de los clásicos cultivos como trigo, maíz y girasol, y en menor medida sorgo y cebada, más marginales.
Solo en el período 95-99, la superficie sembrada total aumentó un 25% en promedio: casi dos millones de has más, de las cuales solo la soja aportó 1,3 millones. El Director provincial de Agricultura, Eduardo Soto, explicó al respecto que «a partir del proceso de tecnificación de la agricultura se expande el área agrícola en dos sentidos: se empieza a cultivar en zonas donde antes no se hacía, y se consolida el esquema de agricultura permanente: en los campos donde antes se rotaba con la ganadería, eso se empiezan a abandonar».
La soja se introdujo en la provincia de Buenos Aires a principios de los ?70, aunque por entonces solo había unas 17 mil has repartidas entre Pergamino, Salto, Arrecifes, Ramallo, Rojas y Baradero, en la zona núcleo. Su expansión a fines de los ?90 se debió, según explicó Soto, a múltiples factores: la aparición de las semillas transgénicas (casi en simultáneo con su utilización en Estados Unidos) combinada con el perfeccionamiento de la siembra directa y la utilización del glifosato, inofensivo para las nuevas variedades de plantas, pero letal para las plagas y malezas.
Años más tarde, la devaluación de 2002 combinada a un crecimiento exponencial de los precios internacionales (la tonelada llegó a cotizar 600 dólares en Chicago) terminó de asentar el reinado de la soja, al punto que la superficie sembrada en 2010 más que triplicó los números de 10 años antes: pasó de 2,4 millones de has a principios del siglo a 8,3 millones al finalizar esa primera década.
Este fenómeno de «sojización» se produjo en paralelo (y como consecuencia) de la aparición de un nuevo actor: los grandes pooles de siembra. Según describe Soto, «en esa época comienza a haber una cierta liquidez y empieza una fuerte puja por el acceso a la tierra, lo que lleva a profundizar el monocultivo, y consecuentemente a la caída de siembra de cereales como trigo y maíz y en un segundo escalón sorgo y cebada».
Monocultivo
En efecto, durante las campañas comprendidas entre 2010 y 2015, el 50% de la superficie sembrada total correspondió a campos con soja. El cultivo más perjudicado por este fenómeno fue el girasol, justamente la «competencia directa» de la soja (se siembran en la misma época). La superficie cayó a la mitad entre mediados de los «90 (1,9 millones de has sembradas) y el 2005 (1 millón). En tanto, el cultivo maíz retrocedió un 31% entre 1995 (1,1 millones de has) y 2005 (720 mil has).
Finalmente, el trigo pasó de 3,5 millones de has sembradas entre 1995 y 2000 a 2,6 millones en 2005 (-27%), mientras que entre 2010 y 2015 cayó al 43% respecto de mediados de los «90 (1,8 millones de has).
Soto explicó que esto se debió a «un esquema de expansión horizontal: había que sembrar mucho, sembrar soja sobre soja y no se rotaba. Durante algunos años la inversión era unos pocos litros de glifosajo y uno cuantos kilos de semillas».
Esto generó graves consecuencias sobre los suelos, que comenzaron a perder nutrientes. Para el funcionario provincial, esta caída «dura hasta fines del gobierno anterior, donde se registró la menor área sembrada de trigo y de maíz. Pero con la eliminación de las retenciones a estos granos empezó a incrementarse las áreas con trigo, maíz y en menor medida sorgo y cebada».
En efecto, tal como advirtió Soto, en la última campaña se advierte un pequeño descenso de la superficie sembrada de soja, frente a un fortalecimiento del trigo y el maíz, principalmente.
Un tope infranqueable
En la campaña 2016/2017 (la última con datos completos) la superficie sembrada fue de 13,4 millones de hectáreas. Según los especialistas, esto representa un «techo» para la producción bonaerense. Esto responde a varios motivos: ya no existen posibilidades de avanzar sobre nuevos terrenos; la cosecha de soja requiere una mayor inversión, lo que supone el aumento de los riesgos frente a pérdidas y (junto a la caída del precio internacional del commoditie) «espanta» a actores ajenos a la producción (los grandes pooles); y la aparición de eventos climáticos más violentos y frecuentes.