En la cumbre del espíritu
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Martín Migueles encontró en el montañismo una pasión que lo llevó por el país y el mundo

El frío en el cuerpo pero el corazón caliente. La adrenalina de animarse a más, pero con la mente lúcida. Sentir más allá del dolor en el cuerpo. “Vas caminando por el filo de la montaña. Tiene mucho de introspección. Aire puro, desenchufarse, naturaleza pura, amigos, solidaridad y también emoción”, intenta describir Martín Migueles, quien encontró en el montañismo una pasión movilizadora que lo ha llevado a pisar los principales picos del país y del mundo.
Su última gran aventura fue el mes pasado, la segunda del año, en el Monte Elbrus, en Rusia, el pico más elevado de Europa, con 5.642 metros de altitud. Allí logró hacer cumbre, llevando nuevamente consigo un pequeño testimonio de sus otras pasiones: un gorro vasco, la camiseta de Los Pumas y la bandera nacional con la frase “Necochea, la mejor playa argentina”. A diferencia de sus anteriores experiencias en la última década, esta vez el desafío lo llevó al borde de tener que desistir: “Pensábamos que era una montaña tranquila. No le di la importancia que tenía. Y el clima me goleó con 20 grados bajo cero. Ninguno de nosotros pensaba que hacía tanto frío y ya en la primera adaptación bajamos la mayoría descompuestos. En lo personal se me cerró el estómago”, advirtió Migueles sobre la dura bienvenida que le dio la montaña en la cordillera caucásica. “En un momento me sentí inseguro”, confesó de poder completarla. “Cuando te pasa algo en el cuerpo, se hace difícil. En todas las montañas que había hecho siempre estuve bien, pero esta vez, estar 6 o 7 horas en el frío sin estar adaptado me golpeó, no podía comer nada y temía sufrir calambres. El frío me desarmó un poco. Nos nevó tres días seguidos. Ahí comprendés cómo se mueren de frío los nazis en la guerra”.
Pero el esfuerzo tuvo premio, a pesar del mal tiempo. “Teníamos una ventana de 7 horas para hacer cumbre. Cuando llegamos el viento con nieve te corta la cara y cuando te sacas el guante de mitón (uno de los tres que lleva puesto), a los 15 minutos no podés mover los dedos del frío”. En medio del desafío, recordó que “subimos 800 metros colgados caminando con una cuerda de seguridad. La montaña es una pared blanca congelada y se vuelve un tobogán, es piedra con hielo. Un ‘yanqui’ se cayó y quedó colgando. Se pegó un susto bárbaro y los que estaban atrás de él también, porque pensaron que los llevaba todos puestos en la caída, pero la soga está atornillada a 20 centímetros”.
Desde hace 30 años
Aunque se ha intensificado en la última década, Migueles remarca que su interés por el montañismo no lo obsesionó recién de grande y lo sorprendió en la juventud: “A los 20 años nos fuimos con unos amigos en un Renault 12 a recorrer la Patagonia y fuimos al Volcán Villarrica, en Chile. Fue un viaje hermoso, entre los lagos. Y subimos al volcán que está activo. Vimos la lava en el hueco. Un espectáculo natural increíble. Desde allí vimos el Lanín, que lo teníamos enfrente y te impacta”. Pero para poder regresar, literalmente pasó la vida. “Cada cual hizo sus cosas, la universidad, el trabajo, las responsabilidades, pero me volvió a nacer el espíritu de estar ahí, siempre me gustó. Volvimos al Lanín hace 10 años con Fernando Esteban, un amigo con el que habíamos hecho el Villarrica. Fue un reencuentro con la montaña y de ahí no paré”.
“La montaña siempre está”
Desde entonces, los desafíos en el país se fueron sucediendo, mayormente con amigos o haciéndolos en la escalada. Después del Lanín, a los meses encaramos el Aconcagua, pero nos agarró un temporal de viento y nieve. Llegamos hasta Nido de Condor y estuvimos 22 horas en una bolsa de dormir. Se congelaba el agua dentro de la carpa y tuvimos que bajar. La montaña siempre está”, remarcó como lema universal de los montañistas, entre la chance de revancha y el evitar desesperarse.
El siguiente desafío fue el Volcán Domuyo, también en Neuquén, que con una altura de 4707 metros sobre el nivel del mar está entre lo más altos de la Patagonia. Allí armó la campaña con Fernando Peña, otro montañista necochense. “Abajo hay aguas termales, con arroyos de agua hirviendo”, recordó fascinado por el lugar. También, junto a un grupo de necochenses ascendió al Volcán Tromen, de 4.114 m de altura y en la misma provincia. “Hay aves de todo tipo, el ecosistema está muy cuidado”.
Las ganas de revancha volvieron a ponerle el Aconcagua como desafío. Esta vez iría mejor preparado para afrontar los 6960,8 msnm del pico más elevado en América. Y buscando también un guiño del clima. “Fue cuatro meses después del Domuyo. Entrené seriamente, en lo aeróbico y funcional. De eso depende que estés bien, que disfrutes y estés cómodo en la altura. Si estás bien entrenado, todo eso lo disimulás. Te obligan a tomar siete litros de agua por día para que la sangre transporte mejor el oxígeno. El cuerpo se da cuenta de la exigencia y funciona. A medida que vas pasando te revisan los médicos para saber si estás bien hidratado. La adaptación es parte de la experiencia. Muchas veces los errores en la montaña pasan por desobedecer u ocultar una sintomatología. Y sos un problema para el grupo. En la montaña no te podes distraer, necesita concentración y respeto”, remarcó. La cumbre la hizo junto al experimentado español Pablo Pilota, allá por 2015, dándose un gran gusto personal. Compartió la experiencia con numerosos extranjeros que llegan al país buscando completar el mismo desafío.
Algo similar le ocurrió en el trekking por los Hielos Continentales, “el campeonato mundial del trekking” refirió para muchos, respecto del recorrido entre los límites siempre discutidos entre Argentina y Chile. “Son 80, 100 kilómetros en el hielo, viendo los glaciares patagónicos. Vas atado porque hay grietas, de 8 a 10 metros, donde escuchas el agua filtrarse en un azul profundo hermoso”.
Siete cumbres
Cada vez más metido en ese ambiente, se dejó llevar por la “Siete Cumbres”, el circuito internacional que añoran los montañistas, buscando alcanzar los picos más altos de cada continente. Así surgió afrontar en enero pasado el Kilimanjaro, situada en el noreste de Tanzania, haciendo cumbre en el pico Uhuru, de 5.895 metros, el más alto de África. “A través de una empresa internacional que coordina este tipo de turismo fuimos con un grupo de montañistas argentinos”, apuntó sobre sus compañeros, el saltero Alberto Curi, el cordobés Marcos Toscano y el correntino David Descalzo. “Es una montaña sagrada, pero es como ir a la selva. Te encontrás con los animales y la cultura que tenés adentro de cuando eras chico. No me defraudó. Entrené bien, aunque es una montaña con buen clima. Si bien hay bajo cero no es tan agresiva. Entrás por la selva y ves cómo va cambiando la fauna. Me gusta la montaña pero también el entorno. La cultura me apasiona”, recordó sobre la experiencia que le llevó 15 días.
Siguiendo con el circuito de las “Seven Submit” se aventuró a ir al Elbrus en Rusia y con ello ya completó tres de los siete, contando además el Aconcagua. Las restantes del “Grand Slam” de los montañistas son el Monte McKinley (6198 m) en Estados Unidos, el Macizo Vinson (4892) en la Antártida, el reconocido Everest (8848) en Nepal y el Puncak Jaya (4884) en Nueva Guinea. Sin embargo, Migueles advirtió que “yo no lo pensé de esa manera porque hay montañas que son muy difíciles. Siempre la expectativa es hacer la montaña más alta, pero en esos casos ya necesitas profesionales. Una cosa es hacerlo por hobby. Es como jugar el fútbol amateur y el profesional. Para hacer el Himalaya tendría que bajar de peso y hacer un esfuerzo físico, aunque no es imposible”.
Con 48 años, la edad no sería un impedimento: “En la montaña se ve gente más grande que yo. Es duro pero tenés que estar tranquilo, tener cabeza. A mi estar bien en lo físico me da la tranquilidad del espíritu. Te funciona mejor la cabeza y lo disfrutas”. Y volvió a reflexionar sobre la reciente experiencia en Rusia: “Un compañero cuando bajamos me dijo ‘esta montaña me jubiló’. A mi también me pegó tanto frío. Si ese día no podíamos hacer cumbre, chau. Aunque me volvía con una linda experiencia. Me pegó pero a los dos días ya estaba pensando en la próxima, ya estoy. Lo voy a seguir haciendo porque tiene que ver con lo que me gusta. Son desafíos deportivos y espirituales. No es necesario ir muy lejos además. En Argentina hay lugar bellísimos. Y lo lindo es hacerlo con amigos, tener ese respaldo es muy fuerte. Vos estás ahí ayudando y ellos para vos. Es una emoción especial que vale la pena”.