En la encrucijada entre lo silvestre y lo artificial
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Si bien tras la cuarentena el distrito invitó a los turistas a venir a disfrutar de la naturaleza, lo que hoy se promociona como natural no existía hace poco más de un siglo, cuando el hombre luchaba contra “el desierto”
Hace tres semanas se celebró el Día del Árbol en nuestro país. En la fecha se destacó las acciones que se desarrollan a nivel nacional e internacional en un momento histórico en que el mundo comienza a ver con preocupación el cambio climático.
En el distrito este tipo de fechas nos enfrentan a una encrucijada, ya que nuestra región ha sido completamente intervenida por el hombre en los últimos dos siglos y hoy es muy difícil saber qué es natural y qué artificial.
El bosque que muchos defienden con convicción, no existía hace 80 años. El río no desembocaba en el mismo lugar. En la época de la fundación la zona ya había comenzado a ser modificada hacía más de un siglo por la producción agroganadera.
Si bien las personas más ancianas recuerdan los árboles de los bulevares, lo cierto es que la mayoría de las especies arbóreas de la región llegaron con el hombre, ya que antes, como dice el Martín Fierro, sólo había algún ombú.
Las canalizaciones realizadas en los últimos 100 años en todo el territorio bonaerense, modificaron completamente a la región. Aquel que quiera tener alguna noción de cómo era la región hace dos siglos debería leer, paradójicamente, una ficción: “Los hijos del Capitán Grant”, de Julio Verne.
La arena, tema de discusión por estos días, era incontrolable hasta casi la mitad del siglo pasado.
Días atrás un periódico gallego recordaba la figura de Francisco Baño, uno de los fundadores de la ciudad y quien, según la historia oficial, insistió para que el ejido original se instalara aquí y no sobre la costa.
Hoy, muchos dirán porque no se fundó la ciudad sobre la costa. La razón es muy simple, la arena llegaba hasta varios cientos de metros de lo que hoy es la avenida 2.
El desierto
Si bien en los últimos años se ha promocionado turísticamente el distrito como un lugar para disfrutar de la naturaleza, lo cierto es que nada de lo “natural” que hoy tiene la ciudad sería posible sin la intervención de la mano del hombre.
Aunque hoy la frase “Campaña del Desierto” parece tener más connotaciones políticas que históricas, se denominó así porque en la época (mediados del siglo XIX), en gran parte de la Pampa no existía nada.
El libro “Tres años cautivo en la Patagonia”, escrito por el francés Auguste Ginnard, da cierta idea de cómo era nuestra región hace 170 años.
El joven francés había llegado la desembocadura del Quequén en 1856 en busca de trabajo en las estancias que existían en la época. Pero cuando no consiguió empleo, inició una travesía con otro trabajador italiano llamado Pedrito, con destino a Rosario.
La caminata a campo traviesa terminó mal, ya que además de un infinito pajonal y algún ombú, lo único que encontraron los viajeros fueron aborígenes que los tomaron cautivos.
Y no es que la Pampa estuviera poblada por los aborígenes, como mucha gente piensa, se trataba de nómades.
En el citado libro de Julio Verne, cuando los personajes se dirigen hacia Tandil, el autor señala que “el país parecía inhabitado, o hablando con más propiedad, deshabitado”.
En un “país” así, allá por 1865 se fundó el partido de Necochea y con el tiempo los estancieros de la región gestionaron durante años la creación de una ciudad cabecera, cansados de los ataques y saqueos de los mapuches, choznos y tatarabuelos de los que hoy quieren formar una república que corte por la mitad los territorios de Chile y Argentina.
Natural a la fuerza
Cuando finalmente se fundó la ciudad en 1881 el territorio no era mucho más hospitalario que años antes. Y cuando Necochea comenzó a ver el potencial turístico del distrito, debió meter mano para frenar el avance de la arena y comenzar a crear esa ciudad “natural” que hoy atrae a turistas con su bosque, sus playas y el río.
El primer paso fue la fundación de un vivero y estación forestal en marzo de 1948. Según el libro del Centenario de Ecos Diarios, publicado en 1981, el vivero nació “sobre el núcleo del primitivo parque de los Díaz Vélez, emprendiéndose de inmediato la ardua tarea de minar el suelo, de plantar los primeros almácigos, de crear barreras contra el viento, de volver sobre lo hecho cada vez que el clima, los animales o a veces también personas desaprensivas, destruían lo comenzado”.
“Esto, sumado a la escasez de recursos hizo que el trabajo fuese duro y tenaz”, indicaba el artículo. Pero para 1981 el vivero, hacía años convertido en el Parque Miguel Lillo, ya contaba con 4.500.000 ejemplares de especies arbóreas.
Para entonces ya se había olvidado el objetivo primario del vivero, que era crear cortinas de viento, fijar las dunas y luego lotear la zona para permitir que el balneario siguiera creciendo hacia el Oeste.
Hoy el paisaje de Necochea es completamente diferente al de 140 años atrás. Y al contrario de lo que muchos creen, el entorno natural no se debe a la conservación, sino a la intervención.
En el futuro la ciudad podría ser más verde aún, ya que en la actualidad el gobierno municipal impulsa un plan de forestación para colocar 7.000 plantas en el Parque Miguel Lillo y también recuperar arbolado urbano y en localidades del interior del distrito.
La acción se impulsa desde el actual vivero municipal, ubicado en el parque, en 10 y 131. Los ejemplares son plantados y cuidados por personal de la Dirección Forestal, dependiente de la Secretaría de Planeamiento, Obras y Servicios Públicos
Mientras a nivel mundial este año se lucha por la restauración y la gestión sostenible de los bosques para afrontar la crisis del clima y de la biodiversidad, no debemos olvidar que el paisaje de Necochea es completamente artificial.
En ese sentido hasta la zona de cultivo ha sido modificada para producir más. En un estudio sobre el efecto de las canalizaciones publicado en 2009 se decía que “hace más de 100 años Florentino Ameghino expuso las desventajas que presentaba para la llanura pampeana la construcción de canales tendientes a drenar los excesos hídricos durante los períodos lluviosos y no prever su contención para ser utilizados durante las secas, que a su entender producían más pérdidas económicas que las mismas inundaciones”.
Un mapa de la huella humana publicado en 2016 daba cuenta de que el 75% de la superficie terrestre había sido alterada por el hombre.
En la Argentina la modificación a gran escala comenzó en la década de 1870, cuando el país luchaba para dejar de ser un desierto y convertirse en una potencia agroganadera. Algo que para principios del Siglo XX había logrado.
Todo comenzó quizás con Domingo Faustino Sarmiento, presidente de la Nación desde 1868 hasta 1874, y el principal impulsor de la actividad forestal. En un discurso señaló:
«El cultivo de los árboles, conviene a un país pastoril como el nuestro, porque no solo la arboricultura se une perfectamente a la ganadería, sino que debe considerarse un complemento indispensable. (…) La Pampa es como nuestra República, tabla rasa. Es la tela en la que ha de bordarse una nación. Es necesario escribir sobre ella ¡Árboles! ¡Planten árboles!».
Bajo las buenas intenciones de forestar la Pampa desapareció el paisaje originario.///