Entre la tradición y la leyenda
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El mástil de El Filántropo y Benedicto Calcagno, el agrimesor que realizó la mensura del solar donde se fundó nuestra ciudad a fines del siglo XIX
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Ecos Diarios
Según la tradición, el mástil que Benedicto Calcagno hizo colocar en el centro del pueblo, pertenecía al velero El Filántropo, que naufragó en el invierno de 1871 en nuestras costas.
De acuerdo a un artículo del historiador Carlos Galván, publicado en Ecos Diarios hace unos años, el velero había zarpado de Buenos Aires con destino a Bahía Blanca, al mando de Juan Bautista Picón.
El buque partió el 29 de abril y fue sorprendido por la tormenta. Después de varios días de lucha contra la naturaleza, el velero encalló en la zona de Médano Blanco.
Galván reprodujo en su artículo la carta que Picón envió al juez de Paz de Necochea de ese entonces, Victorio de la Canal. “Salimos con viento del Noroeste del puerto de Buenos Aires, con una tercera parte de la carga. Se navegó toda la noche con todas las velas. Ese mismo día a las 4 de la tarde cambió el tiempo y se desató un temporal que se inició con vientos del Sudoeste, mar gruesa, huracanes y granizo”, explicaba la carta.
El 27 de mayo, a las 5 de la tarde, El Filántropo se hallaba a una milla de Monte Hermoso, pero tras romper varias anclas, quedó a la deriva.
«El día 29 viramos para tierra, capeando. A las dos de la tarde un golpe de mar se llevó el mapa con los aparejos del mismo y al momento la vela y el pique de carga. Habiendo hecho todos los esfuerzos posibles con ayuda de velas para dar vuelta el buque, no hemos podido. A las 7 de la noche se sondeó el agua y se encontró 15 brasas de hondo», escribía Picon. Esa misma tarde, el velero encalló con sus 14 pasajeros a salvo en Médano Blanco.
Según la historia lugareña, aquel incidente llevó a los vecinos de la zona a reunirse y en aquel encuentro surgió la idea de fundar una ciudad que fuera cabecera del partido creado en 1965. Sin embargo, debieron pasar otros 10 años para que el sueño de aquellos hombres se hiciera realidad.
Memoriosa
Cuando se recuerda a los fundadores de Necochea, inmediatamente surgen los nombres de los hombres que con su esforzado trabajo lograron edificar sobre esta tierra llana y cubierta de pajonales la ciudad que con los años se convirtió en nuestro hogar. Sin embargo, no aparecen nombres de mujeres, sólo el de Dolores de Rom, la primera maestra de la localidad.
La historia oficial olvida injustamente los nombres de las mujeres que acompañaron a aquellos pioneros y sin cuya silenciosa labor la empresa de levantar una ciudad desde el llano hubiera sido inútil.
Una de esas mujeres olvidadas es Ana Galván de Calcagno, esposa de Benedicto Calcagno, el ayudante del agrimensor que realizó la mensura de la tierra donde iba a construirse la ciudad de Necochea.
Nacida en Tandil, doña Ana conoció a Benedicto en Ayacucho y se casó con él en Rauch. Como agrimensor del gobierno provincial, Calcagno recorría el territorio bonaerense y realizó mensuras en Tres Arroyos, Lobería y Quequén.
Por encargo del gobierno Benedicto Calcagno llegó a Necochea, lugar donde se radicaría con su familia definitivamente.
En una entrevista concedida a Ecos Diarios y publicada el 11 de octubre de 1931, Doña Ana recordó cómo era Necochea allá por 1880: «Era campo abierto nomás, pura paja voladora, víboras, lagartijas, zorrinos y animales de campo propios de los pajonales».
La mujer, que cuando concedió la entrevista tenía 87 años, vivía en la calle 9 de Julio (hoy calle 56), realizaba las tareas domésticas, tenía su propia huerta y le gustaba regar las plantas de su jardín.
Doña Ana recordaba perfectamente los días anteriores a la fundación de Necochea. Las autoridades del partido se reunían en aquellos años en “Las Toscas”, el campo de don Carlos Luro, en el actual distrito de Lobería.
“Allí era donde estaba don Angel I. Murga, que era el juez de Paz, que entonces era un gran cargo”, recordaba doña Ana. “Allí se reunían también Segundo y Ventura Murga, Victorio de la Canal, Amadeo Muñoz, Andamio Santillán (cuñado de Murga), Juan Herrera, Corrales, Ferrales, Arabehety, Duarte, Arce y muchos otros”.
Aunque el acta de fundación de la ciudad sostiene que el agrimensor designado para la delineación del pueblo de Necochea fue José María Muñiz, doña Ana tenía otra versión. Explicaba que su esposo había llegado a estos parajes enviado por el gobierno de la provincia y “acompañado por José Benítez, Pedro Dopico y el señor Muñiz, quien vino de paseo y se encariñó con Necochea”.
El día de la fundación
Doña Ana recordaba con mucho cariño a los hombres que fundaron la ciudad, en especial a don Ignacio Murga, de quien conservaba, tras tantos años, unas camelias que le había regalaba y que ocupaban un lugar especial en el jardín de su casa.
En los días de la fundación, “don Angel, don Victorio de la Canal y toda la plana mayor se instalaron en carpas que fueron levantadas en el centro del pueblo, donde hoy está la plaza Dardo Rocha”, señaló la vecina.
“Más tarde se estableció el destacamento de Policía, al que abastecían los estancieros de la zona, entre ellos el señor Arabehety, que era uno de los que más cooperaba”, indicó la mujer.
Arabehety había fallecido en los primeros meses de 1931 en la localidad de Chascomús, donde había sido gerente del Banco de la Nación Argentina.
Según doña Ana, si bien muchos de aquellos hombres eran extranjeros, como su propio marido, que había llegado de Italia, todos amaban profundamente la tierra que los había recibido.
De su esposo señalaba que se “sentía argentino” y para demostrarlo contaba una anécdota hoy olvidada y que está profundamente enraizada en la historia local. “En el año de la fundación, un domingo, don Angel Murga invitó a toda la comitiva a conocer la boca del río, donde actualmente se encuentra el puerto. Todos aceptaron la invitación, pero Calcagno les dijo que estaba muy cansado y que se iba a dedicar unas horas a descansar”, recordaba.
La comitiva, que formaban algunos funcionarios provinciales, curiosos y vecinos de la región, se fue a pie hasta la boca del río. “Calcagno, entre tanto, hacía cavar un pozo de cinco metros de profundidad en el centro del pueblo y colocar en él un mástil de un barco náufrago que días atrás había encontrado próximo a la costa mientras realizaban las mediciones para delinear el nuevo pueblo”, explicaba.
“Y en el mástil puso la bandera argentina. Así fue como flameó por primera vez aquí la bandera de la patria izada por un italiano”, manifestaba con orgullo doña Ana.
Murguistas
Cuando Murga y sus acompañantes regresaron del paseo, divisaron desde lejos el mástil y la bandera, sin comprender lo que ocurría. “Pensaron lo peor. Creyeron que enemigos de la fundación se habían apoderado del lugar colocando aquella señal. Pero, ya próximos al lugar, advirtieron que se trataba de la bandera de la patria”, recordaba la anciana.
Al llegar junto a la bandera los hombres se quitaron el sombrero y don Angel Murga preguntó quien había sido el autor de tan bello gesto. Cuando Calcagno dijo que él había colocado la bandera, Murga le dijo: “Usted nos ha ganado de un tirón. Ha hecho un acto que nos correspondía a nosotros”.
Inmediatamente, el futuro intendente sacó una medalla de la que pendía un cintillo azul y blanco y distinguió a Calcagno por la acción.
El reconocimiento se ganó el corazón de Calcagno, quien se radicó en nuestra ciudad y se convirtió en agrimensor municipal. “En política fue un murguista acérrimo. Fue un admirador de don Angel”, señalaba doña Ana.
El agrimensor falleció a los 79 años, pero su compañera le sobrevivió y guardó gran cantidad de recuerdos de él. En la sala de su casa, había un gran retrato de su marido, a la vista de sus visit