«Escribimos porque tenemos una conciencia de finitud que nos marca el deseo»
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Señaló Mariana Travacio, quien en los cuentos «Cenizas de carnaval», aborda el tema de la muerte, la memoria y el encierro con climas familiares opresivos, mediante un realismo absurdo donde lo cotidiano se vuelve extraño y asfixiante
Con el cuento que da nombre al libro la autora recrea la historia de un hombre que cumple con la última voluntad de su esposa de arrojar las cenizas al río; en «Los Osorio» un grupo de hermanos ve cómo la suerte que siempre los ha acompañado se ve amenazada de una manera insólita y siniestra; en «Certeza de lo inmóvil» un hombre perturbado por el movimiento de las cosas se vuelve un peligro para sí mismo y para terceros; en «Gardenias» el relato se desborda con la historia de una hija que recuerda y asume conductas de una madre que nunca la escuchó y solo la obsesionó con las comidas.
El libro, editado por Tusquets, reúne diez cuentos de esta autora nacida en Rosario en 1967, que a los dos años emigró con su familia a Brasil, donde ingresó a un colegio francés, en el que solo se hablaba ese idioma.
¿La muerte es una constante en muchos de los cuentos?
En este libro quería abordar la muerte como las formas de la ausencia, las consecuencias de las ausencias como esa inermidad última.
En algún punto escribimos porque tenemos una conciencia de finitud que nos marca el deseo.
Me parece que la muerte es un borde, es un límite, y creo que en la escritura todo el tiempo está ese límite de aquello que podemos decir y de lo que no.
Cómo fueron tus comienzos en la escritura narrativa?
Fueron dos comienzos, creo: el de temprano y el de después. O acaso haya sido uno solo. A veces me gusta pensar que fue un único comienzo al que le llevó mucho tiempo tomar coraje. Recuerdo haber escrito una novela, unos cuentos, unos poemas. Después me ganó el miedo. No recuerdo el momento exacto, pero recuerdo que fue una tarde: había decidido volver a casa caminando, tendría unos veintidós o veintitrés años, y en esa caminata decidí que ya no escribiría. Y así fue. Me distraje durante años escribiendo otro tipo de textos: ensayos, escritos técnicos, reflexiones sobre la práctica de la psicología forense. Supongo que era un tipo de escritura que me resultaba menos riesgosa. Digamos que necesité casi dos décadas para recobrar el valor.
¿Te inspiró alguna persona o alguna situación en particular?
No creo en la inspiración en el sentido griego del entusiasmo, o en el sentido romántico de la Musa, pero sí creo, con Barthes, que existe una relación nupcial, de procreación, entre lectura y escritura. Mis casas de la infancia fueron casas lectoras. Había bibliotecas. Y había lectores. Mis padres leían. Yo los miraba leer y entendía que ahí, en los libros, había una realidad infinitamente más palpable que la del mundo que habitábamos: los veía llorar, o reírse a carcajadas, o mantenerse serios, durante horas, tan imbuídos de eso que ocurría en esas páginas. Ese recuerdo es muy parecido al que tengo de mis propias lecturas infantiles: me recuerdo estremecida, o sonrojada, o entre lárgimas, o sonriente, o indignada.
¿Existe un horario propicio para ponerte a escribir o cualquier momento del día es ideal?
Cuando estoy inmersa en algún texto, no distingo horarios ni días. Sin embargo, por alguna razón, suelo escribir más a partir del ocaso. Como si la luz diurna me distrajese, o le diese profundidad al fresno de la puerta, o me impidiese mirar concentradamente lo que escribo. Quizás porque la oscuridad aplana, o silencia, y acaso haya, en esa quietud, algo que me propicia.
¿Cómo está ambientado tu lugar de trabajo y en donde lo haces usualmente?
Suelo escribir en un cuarto que tengo en casa, al que llamo “estudio”. Es un cuarto que tiene dos bibliotecas, dos mesas de bar, un escritorio y un sillón. Y tiene un balcón que da a un fresno. Ahí desayuno. Ahí leo. Ahí escribo.
¿Cuáles son tus autores preferidos y a quienes recomendarías leer?
Son tantos. Tuve mis deslumbramientos. Los caminos de lectura son tan azarosos y creo que nos resuenan por épocas o, a veces, por mera posibilidad de escucha, o de diálogo, en un determinado momento. El encuentro entre un lector y un texto es tan gozoso y tan singular. Tuve momentos de felicidad con Borges, con Duras, con Yourcenar, con Nabokov, con Bolaño, con Rulfo, con Foster Wallace, con Vila-Matas, con Onetti, con Saer, con Quignard, con Lispector, con Tolstoi, con Chéjov, con Lobo Antunes. Pero cualquier lista es injusta porque tuve innumerables momentos de felicidad, y de gratitud, con tantos otros. Me acuerdo ahora de reirme a carcajadas con El Quijote o con La conjura de los necios o con Desayuno de campeones o con Magnitud imaginaria. En fin. No se puede. Hay que leer. No importa qué. Cada quién encuentra su camino. No es transferible.
Un libro que te haya marcado, o gustado mucho, o al que cada tanto regresas.
Siempre vuelvo a Borges. A distintos Borges. Me encuentro, a menudo, yendo a buscarlo. Cuando quiero allanarme, vuelvo a Rulfo. Cuando estoy confundida, vuelvo a Nabokov. Cuando necesito anclar, vuelvo a Duras. O a Lispector. O a Quignard. Cuando busco a un amigo, vuelvo a Bolaño. Cuando quiero proxemia, busco a Saer. Cuando me quiero reír, vuelvo a Lem. Cuando quiero volar, busco a Lobo Antunes. Todo depende de la necesidad de cada momento.
Si tuvieras que elegir un personaje de ficción de algún libro o de alguna película para sentarte a conversar un rato, ¿a quién elegirías?
A Ignatius Reilly. Sí, me encantaría.
¿Existe algún libro famoso que te hubiera gustado escribir?
Tantos. El llano en llamas es uno.