Esfuerzo, disciplina y constancia
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Alfredo Bourras se ha destacado en la Armada por sus trabajos en electrónica, una pasión que ha desarrollado toda su vida

Alfredo Humberto Bourras tiene 61 años y una oficina en Necochea colmada de diplomas, certificados y reconocimientos relacionados a su actividad. Es que su trabajo ha sido una pasión que más de una noche lo dejó sin dormir y lleno de preocupaciones pero que también le ha traído felicidad y entusiasmo.
Nació en 1957, en el barrio Mataderos, a media cuadra de la Plaza de Las Carretas. Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Industrial y al terminar, pese a que un hombre de mucha experiencia lo había recomendado para trabajar en la Usina, estuvo dos años buscando trabajo porque había muchos aspirantes.
Por aquellos años de infancia y adolescencia, Alfredo pensaba en convertirse en soldado, ir a una guerra, ayudar al país y ser parte de todo eso que veía en las películas de acción.
Inicios en la Armada
Luego de un tiempo sin poder trabajar, Bourras comenzó a desempeñarse como chofer de una empresa petrolera en Mar del Plata. Fue allí cuando decidió dar un paso hacia lo que le gustaba y envió los papeles para ingresar a la Armada Argentina.
“Entré cuando tenía casi 21 años. Éramos más de 1000 los aspirantes para ingresar a la Escuela de Mecánica, después quedamos seleccionados 300 y de esos pasamos solo 100. Hubo un filtro grande”, contó Bourras.
El necochense demostró ser un apasionado en lo que hacía y eso lo llevó a ser el cuarto estudiante más aplicado de todo el grupo de la Escuela de Mecánica de la Armada. “Como me gustaba, no me costaba ponerle voluntad. Ahí aprendí muchas cosas y una de ellas fue que podés hacer el mínimo para cumplir o podés esforzarte más para ser mejor. Es que una de las premisas fundamentales de la ley militar es conducir con el ejemplo y eso es válido para todos los aspectos de la vida”, aseguró.
A Puerto Belgrano
La instrucción en la Escuela de Mecánica marplatense duró alrededor de dos meses y luego llegó el momento de ser trasladado a Puerto Belgrano donde, después de un año, Alfredo terminó de estudiar. “Teníamos que cursar varias materias y a eso lo complementaban con instrucción militar. La idea de la Armada en ese entonces era formar rápido y por eso elegía a chicos con títulos secundarios técnicos para ahorrarse un buen periodo de preparación”, contó.
Si bien Alfredo siempre ha amado su trabajo, uno de los motivos que lo impulsaba a superarse era “hacer buena letra” durante los día hábiles para poder volverse a Necochea los fines de semana y estar con su familia.
Cabe señalar que fue el primero de su familia en estar en la Armada y en estudiar en una Universidad. Esto último gracias a que un día decidió inscribirse en la carrera de ingeniería en electrónica, en Punta Alta, para cursar durante las noches por cuatro años y luego continuar en Bahía Blanca el tramo final.
Tenía 32 años cuando empezó a estudiar la carrera universitaria y hoy reconoce que lo hizo para no pensar en lo que era, por aquel entonces, su reciente divorcio.
Estuvo casado seis años, relación de la cual fueron fruto sus hijos, Florencia y Agustín. «En este trabajo uno no tiene la posibilidad de dedicarle mucho a la familia. Cuando nació mi hija me habían mandado a hacer un curso de seis meses a Holanda y volví cuando ella ya tenía un mes. Eso es algo que se me ha reprochado pero es bastante difícil cumplir con todo», reconoció.
Siguiendo el rumbo de su padre, Agustín estuvo un año y medio en la Escuela Naval pero, a diferencia de Alfredo, no le gustaba la disciplina que requería ser un militar.
Alfredo pasó 26 años de su vida en Puerto Belgrano, un lugar en el que “se aprende mucho”, según pudo recordar.
La presión de la responsabilidad
“Cuando salimos a navegar, el taller no está. Si se rompe un radar y estamos en guerra o conflicto ¿qué hacemos?. Siempre tuve esa preocupación y eso me llevó a estar metido de lleno en todo lo técnico. Vivía consultando a los ingenieros. No sé si era por interés mío o por el temor a no poder solucionar las cosas cuando no haya más nadie”, aseguró Alfredo, sentado frente a su escritorio y mirando un sable que está colgado en la pared, el cual le fue otorgado por la Armada en reconocimiento a su trayectoria.
A lo largo de sus años en Puerto Belgrano y Mar del Plata, pasó por el ARA Doumecq García, Belgrano, Rosales, Espiro, Heroína, Santísima Trinidad y la Drummond. «Hay sistemas que son parecidos, con tecnología europea, pero el desplazamiento y la toneladas son diferentes», señaló.
En el año 2006 fue trasladado nuevamente a Mar del Plata, a la base donde están los submarinos, lugar en el que estuvo seis años, hasta retirarse. «Me mandaron al taller naval, que es como una segunda instancia para cuando la gente a bordo de un barco no puede solucionar algún problema. Ahí hice varios trabajos pero los méritos siempre eran para los de arriba y yo no figuraba en ningún lado. Creo que como debe ser».
También como profesor
En los últimos años de su carrera en la Armada de la República Argentina, también lo fueron a ver para dar clases de electrónica en la Escuela de Submarinistas y aceptó.
Aquella no fue su primera experiencia docente ya que antes de irse a Mar del Plata, le habían ofrecido dar la cátedra de «electrónica de potencia» para estudiantes de quinto año.
«Yo estimo que no me elegían tanto por lo que sabía, sino por mi dedicación y compromiso. Tal vez había otros que sabían más que yo pero a mí me gustaba ir antes, quedarme más, preguntar…eso creo que siempre fue una característica mía: la voluntad».
La vuelta a casa
Alfredo llegó a Necochea nuevamente en el año 2012 y, por iniciativa de su hijo, dejó la Armada faltando poco para retirarse.
El motivo de dejar lo que le apasionaba fue el cansancio. Los últimos años ya no disfrutaba de viajar todas las semanas y el hecho de tener que cubrir las guardias no le permitía volver las veces que él hubiese querido. “Me perdía sábados y domingos metido ahí y, encima, trabajaba de tarde en otro lado. Estaba muy cansado, una vez me pasé de largo en el micro y casi llegué a Miramar», contó.
Hoy en día, después de una carrera impecable haciendo lo que le gusta, Alfredo Bourras trabaja en sociedad con su hijo haciendo arreglos eléctricos para embarcaciones. Con orgullo por su trabajo, continúa rodeado de plaquetas, circuitos, cables y medidores de voltaje, disfrutando como el primer día y sin dejar de lado la dedicación y el compromiso que lo han caracterizado toda su vida.