“Estoy orgulloso de haber servido a mi patria y a la camiseta de Necochea”
:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2018/04/ibarguren12.jpg)
Hugo Ibarguren, campeón del mundo y precursor del patín carrera en nuestra ciudad, será distinguido hoy como “Hijo Dilecto” por el Concejo Deliberante
En esta ocasión no hubo marcas que romper ni rivales para superar. Sólo la barrera del tiempo en una vida dedicada al deporte, de practicarlo con maestría y lo más importante, de enseñar esos valores con el mismo ímpetu. Hoy Hugo Ibarguren, campeón argentino y del mundo, y precursor del patín carrera en nuestra ciudad, será declarado “Hijo Dilecto del Partido de Necochea” por el Concejo Deliberante. Quizás el reconocimiento que le faltaba y el que más tardó en obtener, justo en su ciudad natal. “Es una linda distinción, es como un premio más para mí a esta altura de la vida. Todo es a causa de que hemos hecho algo”, asumió a sus 77 años, rodeado de su familia y anticipando el emotivo momento. “Estoy orgulloso de haber servido a mi patria y la camiseta de Necochea, siempre donde iba remarcaba que estaban las mejores playas del mundo” remarcó quien quedó en la historia como el primer argentino en consagrarse campeón del mundo de patín carrera, el 4 de julio de 1965, en Bélgica. En honor a tal hazaña deportiva, la Confederación Argentina de Patín estableció hace más de 20 años al 4 de julio como “Día Nacional de Patín Carrera”.
Pionero
Nada es exagerado. Fue todo un adelantado, haciendo historia a cada paso para un deporte que no existía en el país y poniendo el nombre de Argentina en un lugar al que nunca había llegado en el mundo del patín. Como aquel primer viaje a Europa, en 1962, con los colores nacionales. “Corrimos en una pista que no la conocíamos ni en fotografías. Nosotros acá corríamos en la calle, andábamos por la costa en Mar del Plata, bajo la neblina…a la noche. Teníamos botas con ruedas de aluminio que hacíamos nosotros en casa, derritiendo pistones, que conseguíamos por los talleres, y mandábamos a tornear”. Antes de llegar a Venecia, sede del Mundial, probaron una pista en Roma y la desilusión fue grande: “Fuimos con el amigo Miguel Alfieri, había gente andando, y notamos que las ruedas eran de madera”. El técnico italiano que los ayudó a adaptarse fue contundente: “Estos patines están 35 años atrasados”. “Fue una desilusión que daban ganas de revolear los patines. Estábamos a dos días del Campeonato del Mundo. Por suerte en el hotel estaban parando los fabricantes de patines último modelo. Unos chicos nos prestaron patines para practicar. Cambiamos todo, el estilo, el pie sufre de otra manera. El DT italiano se hizo cargo de nosotros y en dos días y medio nos entrenó como ocho veces, vio que teníamos piernas (condiciones). Cuando se largaron los 1.000 metros por eliminación nos pusimos de acuerdo (con los italianos), yo iba haciendo el mejor tiempo de los perdedores y seguía corriendo con los ganadores. Corrí como diez o doce series. Italia ocupó los primeros tres lugar y cuarto llegó un argentino (él). No lo podían creer… Y ahí comenzó. Ese ya fue un título mundial dijo Alfieri y fue así. Venir con 35 años de atraso y ponernos de tras de los italianos fue impensado. Después en España, en el (Mundial) 64, corrimos un circuito callejero de asfalto, ahí logré el tercer puesto, mi primer podio. Fui el primer americano que le ganó a los europeos y el primer título mundial para Mar del Plata en su vida deportiva”, remarcó quien al año siguiente, en 1965, en la Ciudad de Wetteren, en Bélgica, se subió a lo más alto del podio en la prueba de 10.000 metros.
Tarde pero merecido
Entre tantos laureles, Ibarguren apunta que el reconocimiento en nuestra ciudad le llega más tarde de lo esperado “porque hace mucos años que estoy acá. Me conocen todos. Me hubiera gustado recibir por lo menos una ayuda a la escuela (de patín), que las mamás y los papás se rompían el alma haciendo empanadas para poder viajar y correr. Los gobiernos nunca se acercaron a ver cómo funcionaba la escuela o qué necesitaba. Pero se hizo todo con amor y no miramos lo otro. Nos entrenábamos con lluvia, con sol y el frío en el supermercado (en el playón de avenida 58 y 75) y sin la ayuda de nadie. Es una de las cosas que veo de Necochea es muy fría. Llegué a tener 100 alumnos, en la Escuela 9 de Julio, en Boca y en Quequén. Logramos ‘sacar’ los chicos desde Necochea, sin ninguna pista. Tener a cuatro o cinco en la Selección es un orgullo porque se hizo todo a pulmón, gracias a los padres. Muchos chicos salieron campeones argentinos, por equipos e individual. Son cosas que a uno lo llena porque en su vida pudo dar y volcó lo que aprendió desde chico. Siempre fui un poco maestro de cualquier persona que se acercaba”.
Sobre la falta de continuidad que tuvo ese proyecto, reconcordó que “hubo un trasfondo. Una persona se llevó todos los chicos al Club Huracán y me dejó solo. No sé con qué motivo. Yo no andaba bien de salud, pero eso no se hace. Cuando vos le brindás todo de corazón sin cobrar un peso, por 15 años… eso no se hace. Pero no importa. Hoy los chicos siguen viajando por el mundo. A Alemania, a Italia, las chicas han ido a Colombia y es muy lindo ver que de este ramillete de chicos salieron al mundo”.
Pedir y agradecerle a Perón
Una de las historias más recordadas de Hugo Ibarguren, fue su relación con el General Juan Domingo Perón, que marcó sin dudas su vida deportiva. Después de ser campeón en los Torneos Evita en Mar del Plata, en 1949 y cuando tenía apenas 8 años, se animó a pedirle un nuevo par de patines al entonces Presidente en una carta. Y como ocurría en esa época, a la vuelta de correo recibió su pedido y con una respuesta firmada por el propio Perón: “Esta carta me puso en vereda”, recuerda Hugo: “No abandones el deporte que te dio un título. Podes ser un buen alumno, un buen papá y un buen dirigente”, recordó esos concejos.
Y Hugo cumplió. Y luego de ser campeón del mundo, no dudó en ir a agradecerle a Perón sus concejos, personalmente. “Fuimos a Madrid y me tomé un taxi hasta Puerta de Hierro. Llegamos, salieron a recibirnos, le dijimos quienes éramos y por qué queríamos verlo y cuando abrieron las puertas era el General. Me llevó abrazado hasta la casa. Estuve desde las 9.30 de la mañana y me fui a las 9 de la noche. Cuando le conté todo, al General se le cayeron las lágrimas porque entendió que yo había tomado con mucho amor aquella carta. Me regaló una cartera de cuero con la firma de oro, que está en el museo del Club Mitre en Mar del Plata. Allí comencé en el año 50 y sigo como dirigente. Son cosas lindas que llevo con orgullo. Aprendí a patinar en el comedor de mi casa, corriendo entre las sillas. Hasta que salí a la vereda, a la calle. Y después compré patines para correr y de ahí no me paró más nadie”.