Expectativas vs. realidad
:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2020/12/foto-fernandez.jpg)
En la pandemia y la crisis económica, mandatarios hicieron promesas que no cumplieron y terminaron en descontento y enojo
La llegada de nuevos gobiernos y, en particular, el cambio de color político en la gestión, suele tener como sustrato la generación de nuevas y amplias expectativas en los electores. Esta es la habitual dinámica de la política: todo gobierno -en mayor o menor medida- nace envuelto de expectativas, engalanado por los nuevos bríos de la alternancia, un clima de esperanza y con el marcador en “0”.
Sin embargo, como se ha repetido hasta el hartazgo, los electores no dan cheques en blanco, gran parte de la confianza y de los niveles de aprobación de los gobiernos se basan en sostener las expectativas y el clima de opinión positivo, lo que se logran con mucha más facilidad si la ciudadanía percibe que se ha cumplido con la palabra empeñada y los compromisos concretos asumidos en los tiempos de campaña.
En las últimas décadas han proliferado los estudios vinculados a determinar si estas expectativas suscitadas por los candidatos y materializadas en apoyos electorales, tenían que ver -en mayor medida- con lo que los ciudadanos esperaban de la gestión o bien con algo del orden de lo estructural, de la democracia.
Como señalan los datos de Latinobarómetro, sólo 5 de cada 10 latinoamericanos (48%) apoyan la democracia por sobre otros tipos de gobiernos. Si bien esta cifra es alarmante, los estudios realizados en 18 países, da cuenta de que 7 de cada 10 latinoamericanos están insatisfechos con el funcionamiento de la democracia, es decir con la incidencia de los gobiernos y sus gestiones en la vida cotidiana. Este valor es evidentemente muy elevado y es el más agudo de los últimos 20 años, cuando comenzaron los relevamientos. Pero lo que pone sobre la mesa, además, es la necesidad de repensar la relación entre expectativas y realidad; promesas y resultados.
Expectativas en tiempos de Covid-19
Por muchos años, probablemente hasta las últimas décadas del siglo XX, la vida resultaba en cierta forma predecible. Para que algo de la cotidianeidad cambiara tan abruptamente a nivel estructural y global, tenían que pasar muchos años. La normalidad -una palabra que ya casi perdió significado- era por entonces una variable estable, que sólo sucumbía ante las guerras, las crisis globales o los significativos avances científico-tecnológicos.
La forma de informarse de alguien nacido a comienzos del siglo pasado no era muy diferente a quien se informara a mediados de siglo. Son 50 años en los cuales la radio y los periódicos eran el punto de contacto entre la información y los ciudadanos de a pie. Con la televisión todo cambió, aunque no se trató de un fenómeno abrumador sino progresivo. Recién a mediados de la década de 1980, y probablemente con más claridad en la de 1990, la mayoría de los argentinos contaron con un aparato de televisión en sus hogares. En síntesis, estamos sosteniendo que, en casi 90 años, un hábito tan cotidiano como la manera en la que nos informamos, casi no había variado.
En la década de 1990 Internet llegó y cambió, en tan sólo una década la forma en que nos informamos y consumimos entretenimiento y cultura. Con el nuevo siglo, y al calor de la altísima tasa de penetración de Internet en la población nacional, llegaron los smartphones y las redes sociales. En algunos años más, irrumpió WhatsApp.
El coronavirus no cambió nuestra percepción de la normalidad, sino que llegó para evidenciar lo que ya venía incubándose hace varios años: lo normal de nuestra época es que nada perdura por mucho tiempo, la liquidez como la denominara Zygmunt Bauman. Vivimos en tiempos en los cuales la adaptación es instantánea. Los procesos se aceleran y las personas modifican y adaptan sus hábitos con mayor rapidez y facilidad que muchas de las estructuras creadas hace pocas décadas. La adhesión al teletrabajo, el aumento del consumo de Ebooks por sobre el libro impreso, las suscripciones a servicios on demand en detrimento de la televisión por cable, las videollamadas, los pagos electrónicos, etc., eran todas prácticas que se creían de lenta asimilación. Pero lo cierto es que todo ello se aceleró en el último año. No se trataron de expectativas o promesas, sino de necesidades. Tenemos la necesidad de adaptarnos, para sobrevivir y vivir mejor.
Expectativas desmedidas
En este marco, uno de los desafíos más notables en estos tiempos en los que la incertidumbre llegó para quedarse es la gestión de las expectativas de los electores. A la habitual ansiedad, ingentes necesidades y heterogéneas demandas sociales que caracterizan a las sociedades contemporáneas, se le suma la cada vez mayor opacidad respecto a la previsibilidad del futuro. Como si esto no fuera poco, la política -en su afán por entusiasmar, generar un vínculo afectivo inmediato o diferenciarse de sus adversarios- tiende a generar expectativas desmedidas en los ciudadanos. Promesas que, en muchos casos, y de forma anticipada, se sabe que no podrán ser satisfechas, o que para lograrse se necesitan coordinar factores muy complejos: “pobreza cero”, “déficit cero”, “desendeudamiento”, “soberanía alimentaria”, “hambre cero”, inflación de un dígito, por citar algunas de los últimos años.
En esta crisis sanitaria que deviene en crisis económica, social y, sin ánimos de exagerar, hasta civilizatoria, muchos mandatarios tendieron a generar expectativas que, en el mediano plazo, se convirtieron en descontento, insatisfacción e incluso, enojo por parte de los electores.
Lo preocupante es que el resultado de las expectativas desmedidas y su consecuente imposibilidad de satisfacerlas, las promesas incumplidas y el patrón de frustración acumulado, va dejando una huella en la democracia. Los ciudadanos no recuperan la confianza en sus gobiernos, alejándose cada vez más de la política, a la que asocian con valores negativos, fenómeno que rápidamente puede transformarse en apatía, descontento o, incluso, indignación.
Los electores suelen “castigar” aquellos gobiernos que no cumplen lo que prometen, siendo coherentes con las expectativas que los mismos candidatos y los gobiernos les proponen. Nada peor en contextos tan inestables como estos, que ofrecerles a los ciudadanos expectativas desmedidas, promesas imposibles de cumplir, o peor aún, objetivos posibles de lograr pero que por incapacidad no se resuelvan.
Sin dudas, un mensaje que la clase política en su conjunto debería escuchar en este año tan difícil que se cierra, y ante un nuevo proceso electoral cuyos contornos comienzan a vislumbrarse en un escenario que coincidirá probablemente con la llegada de la “nueva normalidad”.
* Gonzalo Arias, sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local”