Procesadoras de leche que tuvieron su época de oro
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En Necochea estaba la Cooperativa “La Criolla” y en Quequén “Sur-Lac”
Hoy son estructuras olvidadas, ruinas de las procesadoras lecheras que en la década del ’60 tuvieron una actividad muy importante en nuestro medio. En nuestra ciudad eran dos las fábricas que había, en Necochea estaba la Cooperativa “La Criolla” y en Quequén, “Sur-Lac”.
Hace 50 años atrás, era común que el lechero pasara por las casas, con su carro tirado por caballos y en el último tiempo, en la década del ‘80 con las primeras camionetas, repartiendo la leche, primero se le entregaba un recipiente al repartidor, quien lo llenaba de leche, y luego con el paso del tiempo, la entregaban en botellas de vidrio.
Una época que recuerdan algunas personas, pero otras generaciones no se lo imaginan, ya que a cualquier horario pueden ir a comprar un sachet de leche, mientras que antes había horarios de entrega.
Jorge Cavallo fue lechero y trabajó dentro de la fábrica “La Criolla”, la cual permaneció abierta durante 25 años.
En diálogo con Ecos Diarios recordó que su papá, Norberto Víctor Cavallo, fue uno de los fundadores de la Cooperativa, junto a otros lecheros como Lapolla, Sanchotena, Castresana, por mencionar sólo a algunos.
“Mi papá tenia un pequeño campo con un tambo y en el año 1965 había muchos campos chicos que tenían vacas y producían leche”, expresó.
Un grupo de lecheros y productores lácteos, formaron una cooperativa y se llamó “La criolla”, la cual tenía como logo una niña con trencitas, semejando una criolla.
La cooperativa comenzó a funcionar en un espacio de calle 58, entre 59 y 61. “Ahí recibían la leche de los productores y salían todos los días en los carros con tambores de 50 litros cuando todavía no se fraccionaba”, señaló.
Después la cooperativa compró el espacio de calle 94 y 57 y construyó la fábrica, donde hoy en día se puede ver la enorme estructura abandonada y usurpada.
Pero en el frente de la calle 94 todavía se pueden leer las letras Cooperativa La Criolla. Con la llegada de esta fábrica, luego el barrio que está a su alrededor lleva el mismo nombre. En esta sede fue donde “La Criolla” comenzó a fraccionar la leche en botellas.
Cavallo puntualizó que “entregábamos las botellas de un litro, lo que fue bastante revolucionario para el época y también los primeros yogures de la ciudad. Estos eran enteros, no existía el dietético y los gustos eran de vainilla, frutilla, ananá y durazno”.
“La Criolla” además de leche y yogur, producía dulce de leche, entre otros productos. En cuanto a la metodología, Cavallo indicó que era “muy precario, no había como enfriar la leche y muchas veces se ponía ácida y había que tirarla” y aseguró que “la leche se ponía en piletones con agua fría, ese era el único sistema de enfriamiento desde las 5 de la mañana hasta las 8 que pasaba el camión y a las 4 de la tarde se volvía a ordeñar, pero esa leche se dejaba en los tambores hasta el otro día a la mañana”.
En aquel entonces no tenían cámaras frigoríficas y la leche que no se vendía se destinaba a hacer quesos, dulce de leche y otros derivados.
La producción de La Criolla eran 7.000 litros por día. Al respecto, Jorge Cavallo acotó que “antes se consumía mucha leche, se hacían los flanes, helados, era otra costumbre y la calidad era superior. Ahora cada día se degrada más y le agregan químicos y conservantes”.
Hoy día, uno puede ver esas instalaciones totalmente abandonadas y usurpadas, ya que hay gente viviendo.
Moderna tecnología
Por otro, lado en Quequén, funcionó la Unión Productores e Industrializadores de Leche SAIyC, más conocida como Sur-Lac, la cual fue primera en vender leche en sachet. La fábrica se hallaba instalada en el kilómetro 10 de la ruta 227 y revolucionó el mercado de la industria láctea del momento.
Actualmente quedan las ruinas, de lo que fue a pocos metros de la planta de silos subterráneos de Cargill.
Ecos Diarios dialogó con la hija de uno de los fundadores, Claudia Bork, quien mantiene intacto el recuerdo de la fábrica y su movimiento comercial.
En el 1964 salía al mercado la nueva leche pasteurizada y en sachets, totalmente industrializada en la ciudad de Quequén, siendo la primera del país.
“El predio de 7 hectáreas, había sido adquirido en 1961 por mi padre Eugenio Omar “Coco” Bork, Luis Bork, mi tío, Lucas Cendoya y Llorente”, indicó.
Asimismo, comentó que su padre venía de una familia que tenía un frigorífico y siendo joven se especializó en técnico en lechería.
Con el objetivo de modernizar la venta de este alimento, industrializándolo y mejorando su calidad e higiene, su padre viajó a Dinamarca y adquirió la maquinaria de la firma danesa Christensen y Thomsen, que era de última generación para nuestro país. Las partes esenciales de los equipos y tuberías eran de acero inoxidable y el montaje estuvo a cargo del ingeniero Tang, con quien colaboró el técnico Otto Hansen.
El diseño de la planta fue del ingeniero Erhard Pedersen, que vivía en Suecia, y la obra edilicia estuvo a cargo del constructor Pascual Cambareri; por su parte la instalación eléctrica, transformadores y tableros los efectuó la firma Giacomozzi, Soldavini y Cía., de San Cayetano.
La caldera, instalada por Juan Deiz, era copia fiel de una sueca que trabajaba con un solo tubo, y aseguraba un rendimiento mayor al de cualquier otra.
Equipos de frío y conservación, lavadoras de tarros, máquina pasteurizadota, homogeneizadora, todas eran parte de un delicado proceso hasta llegar al envasado y tenían la particularidad de ser auotmáticos o semi automáticos por lo que el hombre solo intervenía manejando los controles.
Claudia trabajó en la fábrica como secretaria y vendía los productos, ya que iba mucha gente a comprar los productos y realizaban visitas guiadas para las escuelas.
“A mi papá no le gustaba agregarle conservantes por lo que compraba a Dinamarca un fermento especial y recuerdo que la leche Sur-Lac llegó hasta la Antártida”, señaló.
Además detalló que “la fábrica contaba con cisterna, laboratorio, caldera, estando gran parte vidriada donde se podía observar todo el proceso”.
Inclusive Claudia puntualizó que “se trabajaba de lunes a lunes, comenzando el trabajo muy temprano a las 4 de la mañana, cuando se recibía la leche y pasaba por los diversos procesos”.
La máquina Zupack, envasadora electrónica, fue la primera que la marca instaló en la Argentina, producía 3600 envases por hora, cada sachet salía herméticamente cerrado.
El proceso de pasteurización, estandarización y homogeneización de la leche aseguraba un producto que conservaba su poder nutritivo, era higiénico, de sabor suave y rico.
La planta permitía abastecer del producto a Necochea, Quequén y otras localidades vecinas, convirtiéndose en una industria de alcance regional.
Años más tarde, a fines de 1979, inició un proceso de expansión y se preveía la próxima incorporación de leche descremada, ricota en potes, flan, manteca, queso barra a sus tradicionales productos como leche, crema, dulce de leche, yogures naturales y frutados, queso de postre, pategrás, de rallar y ricota industrial.
Bernardo A. Uhart, era el presidente del directorio y se habían sumado Agustín D´Elía, Mario Premrou e Hildebrando Escandón, todos hombres conocidos en Necochea y zona, sólo Cendoya había quedado de los socios fundadores del moderno establecimiento.
Tal expansión sería posible porque Sur-Lac trabajaba 20.000 litros diarios de leche y si la demanda aumentaba era capaz de alcanzar los 25.000 litros.
Hoy es un predio abandonado, con un edificio destruido, pero en ese lugar diariamente hubo una intensa actividad, con alrededor de 50 personas trabajando en la planta, más quienes se ocupaban de la venta y traslado de la producción.
Claudia Bork, con nostalgia mencionó que “para mi la fábrica fue un orgullo, sobre todo porque mi padre fue un precursor”.
La producción láctea desapareció en la década del ’80 en nuestra ciudad porque los productores se volcaron hacia lo agrícola y se dejó de producir leche, la cual tenían que traerla de Tandil o Balcarce y generaba costos muy altos.///