¿Fuego amigo?
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La apertura y el diálogo que apremiaba en 2019 parece que lentamente se está convirtiendo en un estorbo para el kirchnerismo más ortodoxo
En una Argentina en crisis y con baja intensidad de iniciativa política, una carta coopta la atención casi excluyente de la agenda pública. Parece ser un hecho improbable en el resto de los sistemas presidenciales de la región, donde el primer mandatario es el centro de un poder que se concibe explícitamente como unipersonal. Ello convierte a los presidentes del continente, desde aquel que se sienta en la “Silla del Águila” al que ocupa el “Sillón de Rivadavia”, casi en “reyes con el nombre de presidentes”, como alguna vez escribiera Simón Bolívar.
En este marco, la figura de la vicepresidencia ha sido siempre problemática, y quienes han ostentado dicho cargo han oscilado entre la instrascendencia o la conspiración, con todos los matices intermedios posibles. Lo cierto es que es claro que pese a estar en la primera línea de sucesión y en el caso argentino presidir el Senado de la Nación, los vicepresidentes no han tenido históricamente un protagonismo tan marcado. Evidentemente ello no sucede hoy, lo que no responde, claro está, a su investidura o rol institucional en el Senado, sino por el hecho de ser Cristina y todo lo que ello representa en términos de poder político, sobre todo en lo que respecta a representación parlamentaria y poder territorial.
Entre las variopintas y en algunos casos manifiestamente opuestas interpretaciones que se hicieron de la carta publicada en la página web de la vicepresidenta en la víspera del 27 de octubre (10° aniversario del fallecimiento de Néstor Kirchner), un conjunto de opiniones ve en el escrito una suerte de guiño a la gestión, al convocar a un gran acuerdo nacional para encauzar las diversas crisis –entre ellas la económica- que asolan al país. Por otro lado, un segundo conjunto de opiniones ve la intención de ejercer poder, pero de una forma que horada la figura presidencial: criticar la gestión desde adentro, intentando señalar errores, “marcar la cancha”, y forzar decisiones. Esto último en relación a la mención a los “funcionarios que no funcionan”, y la necesidad de reformular el gabinete nacional.
Probablemente, la intención de Cristina tuvo que ver un poco con ambas interpretaciones, pero lo cierto es que la segunda estrategia descripta parece evidenciar con mayor claridad cuál es y será su rol en el gobierno.
El kirchnerismo más radicalizado, aquel que terminó gobernando con una mirada mayoritariamente endogámica en 2015 y ni siquiera tuvo la capacidad de facilitarle a su propio candidato –Daniel Scioli- las condiciones necesarias para desarrollar una campaña presidencial normal, tanto por desconfianza hacia él como por exceso de protagonismo de la presidenta saliente, parece no haber aprendido nada de 2019.
Puede aventurarse la hipótesis de que Cristina evitó ser candidata, no por mero desinterés o generosidad, sino por el reconocimiento de su incapacidad para perforar un techo electoral. Un techo que, en mayor medida, está edificado y reedificado por sus más fieles seguidores, que tanto con el relato como su accionar, minan sistemáticamente los posibles puentes comunicacionales con algunos sectores con miradas y opiniones divergentes. Lo cierto es que la única manera en que la ex presidenta podía aspirar a un triunfo electoral era con un candidato que pudiera contener al cristinismo, pero al mismo tiempo que evidenciara una faceta crítica hacia ella y autocrítica en relación a la experiencia de tres gobiernos kirchneristas, y propusiera un camino de diálogo transversal que recupera en cierta forma el espíritu de la iniciativa emprendida por Néstor Kirchner en 2003.
Sin embargo, la apertura y el diálogo que apremiaba en 2019 parece que lentamente se está convirtiendo en un estorbo. Por lo menos desde la óptica del kirchnerismo más ortodoxo, el cual, esta semana, se hizo eco de la epístola de la ex mandataria, en donde, entre otros lineamientos, subraya la necesidad de un gran acuerdo nacional como única condición para solucionar un abanico de problemas como la economía.
Desde el estrado de la presidencia del Senado de la Nación la vicepresidenta pareciera querer aportar directrices para que Alberto gobierne. Pero ¿con quién se sentaría ella a dialogar? Resulta una escena bastante improbable, pero, cabe preguntarse: ¿estaría dispuesta a reunirse con María Eugenia Vidal, Mauricio Macri, Alfredo Cornejo, Elisa Carrió, Ernesto Sanz, Horacio Rodríguez Larreta o cualquier otro referente de la oposición? ¿O con Martín Lousteau, a quién se negó a recibir en audiencia en el Senado, y con quien mantiene permanentes diatribas en el recinto de la Cámara Alta? Y, en caso afirmativo, ¿se trataría de un diálogo franco y sin condicionamientos? Es claro que la única respuesta pareciera ser “haz lo que digo, pero no lo que hago”.
Existe un viejo refrán que se ajusta muy bien a las dificultades que abundan en la política argentina: “Lo difícil no es llegar; lo difícil es mantenerse”.
En 2015, lo que se presentó como una coalición electoral y que se esperaba fuese una coalición de gobierno, terminó abruptamente en el gobierno de un “círculo rojo”. En la campaña, la UCR, la Coalición Cívica y el PRO funcionaron coordinadamente –una vez superada la instancia de las PASO de 2015- en torno a un candidato único –Mauricio Macri- y un enemigo común: el kirchnerismo. Sin embargo, una vez obtenido el triunfo de 2015 y repartidos los cargos, la distribución del poder estaba lejos de responder a una coalición de gobierno.
El gobierno de Macri nunca mostró la capacidad de escucha -y respuesta- en relación con sus socios. Apenas sí amagaba a convocarlos en situaciones extraordinarias, crisis agudas o frente a la necesidad de mostrarlos juntos en una foto. Esta situación debilitó notablemente la capacidad que necesitaba un gobierno para hacer frente a las vicisitudes de la pendular realidad argentina. Con sabores amargos y descontentos diseminados, la fortaleza interna de Cambiemos se resquebrajó en Juntos por el Cambio y debieron dejar el poder en tan sólo un mandato, arrastrando incluso al abismo de la derrota a la que para muchos encarnaría el futuro del espacio, la ex gobernadora de la Provincia de Buenos Aires.
Está claro que la pelea entre socios electorales y de gobierno no es un buen negocio. Ni para los propios miembros de la coalición, ni para una clase política que se asoma una vez más peligrosamente al abismo del descontento y la frustración generalizada, pero, sobre todo, para el conjunto de los argentinos que atraviesan con zozobra una crisis sanitaria y económica que aun no permite ver la “luz al final del túnel”.
No alcanza con la unidad para ganar elecciones; es necesario poder hacerlo en el ejercicio del gobierno: el adversario puede estar todavía grogui por el resultado de la mala gestión anterior y su consiguiente performance electoral, pero si la gestión se encamina a su propio campo minado y se expone a constantes ráfagas de “fuego amigo”, el futuro seguramente no deparará nada bueno.///
Por Gonzalo Arias
Sociólogo, consultor político y autor de dos libros