Habemus gobierno, ¿habemus oposición?
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Con el tiempo los gobiernos horadan su poder y dilapidan el apoyo
de los votantes. Se necesita tener una constructiva línea opositora
En un difícil contexto regional, en el cual los latinoamericanos dirimen la suerte de sus gobiernos entre golpes de Estado, protestas y estallidos callejeros, represión, giros autoritarios y las derivaciones del fenómeno de la corrupción, los argentinos vivenciaron la asunción de un nuevo gobierno democrático.
En un fuerte contraste con las desavenencias que frustraron el traspaso formal de mando en 2015, el de este 10 de diciembre 2019 sí contó con todos los necesarios rituales propios y gestos simbólicos de una democracia que, año tras año, sigue transitando el camino del fortalecimiento institucional.
Entre las formas y el fondo
Con la herencia de la cultura helénica, los occidentales modernos no podemos dejar de preocuparnos por cierta armonía entre las formas y el fondo. Así, lo estético -resabio de la performance grecorromana en materia artística, literaria y política- influye en nuestra percepción del contenido.
Es más, mientras hay quienes consideran que las formas anteceden al fondo, para otros, por lo contrario, el fondo predomina ante las formas. Sin embargo, más allá de estos matices, lo cierto es que ambas son importantes. En una democracia que se jacte de su vitalidad es tan relevante lo simbólico, las formas, lo estético, como el contenido de los discursos, la argumentación, la calidad de las leyes y las medidas concretas.
Tras el traspaso de los atributos del mando consumado por parte del presidente saliente, Mauricio Macri, a su sucesor, Alberto Fernández, y un inédito y efusivo abrazo cargado de valor simbólico, el nuevo presidente pronunció –escoltado por su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner y el nuevo presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Sergio Massa- un discurso celebrado tanto por propios como ajenos. La “foto” era elocuente. Tras un abrazo con Macri que pareció reforzar el mensaje de cerrar la grieta, Fernández logró sentar en la misma mesa a Cristina y a Massa después de años de riñas y disputas políticas entre ambos.
Pero al mismo tiempo que procuró cuidar las formas, se dedicó a generar contenido. Las palabras de Fernández cumplieron su cometido, y adhirió a ellas gran parte del arco político, no solo por su precisión y el criterio de oportunidad en cuanto a los temas que abordó, sino también por la amplitud con la que lo pronunció.
Resulta común ver que con el tiempo los gobiernos horadan su poder y dilapidan el apoyo de los electores. Esto en gran medida ocurre porque su “frescura” y originalidad –aquello que los diferenció de gestiones y candidatos anteriores- se desgasta deslizándose hacia un proceso endogámico en el cual, la dinámica del gobierno tiende a privilegiar casi exclusivamente la mirada hacia adentro: se desplazan dirigentes, se incorporan fanáticos sin capacidad de criticar y se ataca a los que piensan diferente.
Lejos de aspirar a detentar la capacidad de augurar qué es lo que le deparará el futuro al nuevo gobierno, la sensación es que comenzó a caminar en una dirección acertada. Lo que se puede decir, por ahora, es que, junto con la pluralidad con la que se diseñó y presentó el nuevo gabinete nacional, la gestión auspicia la apertura que el kirchnerismo había practicado en los primeros tiempos del gobierno de Néstor.
¿Quién unifica la oposición?
No caben dudas de que Macri dilapidó su poder. Pero esto no pasó sólo en la contienda electoral de 2019. Su pérdida de poder comenzó mucho antes cuando asumió en 2015, y progresivamente, cerró las puertas de Olivos a sus principales socios en Cambiemos, aun en los momentos más aciagos de la gestión.
Lo que se reveló como una exitosa coalición electoral, jamás pudo plasmarse en una verdadera coalición de gobierno. La suerte de dicho proyecto político estuvo entonces a merced de las derivas de Macri.
Las últimas apariciones públicas del ex Presidente, en el interregno entre la derrota electoral y el traspaso de mando, dispararon toda clase de especulaciones sobre su futuro y, en particular, su explicitada intención de liderar la oposición. Quizás este escenario sea incierto –sin saber el propio Macri qué es lo que desea para sus próximos años en materia política-, pero lo seguro es que alguien deberá ocupar ese lugar.
Si bien la danza de nombres no es corta, uno de los que más suena es el de María Eugenia Vidal. Sin embargo, tras sucumbir electoralmente a manos de Axel Kicillof, el futuro político de Vidal también resulta brumoso. Sin el acceso a la administración pública, parte de su “poder de fuego” quedó limitado. Es sabido que quien gobierna, quien tiene a cargo recursos, estructura, y alta visibilidad, cuenta con una ventaja comparativa respecto a otros políticos en el llano.
Vidal se quedó sin territorio ni presupuesto. Apenas conserva su carisma, lo cual no es poco en política, pero la provincia podría convertirse en su talón de Aquiles, ya que si los bonaerenses concluyen con que su gestión los perjudicó, el futuro de la ex gobernadora, ya sea en tierras provinciales como a nivel nacional, pueden peligrar.
No habría que descartar entonces a otros dirigentes como Horacio Rodríguez Larreta –quien combina capacidad de gestión con estructura y territorio- u otros con un perfil más bajo como el ex titular de la Cámara de Diputados de la Nación, Emilio Monzó.
Nuevos liderazgos
Quizás dos ámbitos serán los privilegiados para la conformación de nuevos liderazgos en la oposición. Uno son los espacios regionales: provincias e intendencias donde los nombres que resuenan son tantos como tan diversos en sus perfiles, posicionamientos y aptitudes. Aquí pican en punta los radicales como Gerardo Morales. El segundo es el Congreso de la Nación, donde se trasladará gran parte de a discusión política en los próximos años. Allí los legisladores de Juntos por el Cambio tendrán como desafío el construir una estrategia opositora con un nuevo perfil acorde al nuevo clima político del país.
Sin embargo, la habilidad que despliegue Alberto Fernández y su equipo político podría contener a no pocos disidentes y descontentos de Juntos por el Cambio.
Esto último, si bien parece descabellado, es una de las causas más comunes que incuban nuevas oposiciones sin identidad interna, pero con un claro antagonismo. En otras palabras, una oposición que, como indica el popular refrán, “no la una el amor sino el espanto”.
Por lo pronto, los argentinos tenemos gobierno. La pregunta que queda flotando en el aire es si tendremos oposición: quiénes serán sus líderes, qué perfil adoptará y cuáles estrategias desplegará para mantenerse como una alternativa de poder en Argentina.///
Por Gonzalo Arias- Sociólogo, docente y consultor político