Hacer lo que se debe hacer
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El 9 de febrero de 1973, hace 45 años, nacía el Complejo Casino de Necochea, más de seis mil personas asistieron a su inauguración,
Salas de juego de nivel internacional, confiterías, canchas de bowling, galería comercial, pista de patinaje, piscina, baños sauna, cine-teatro con capacidad para 800 personas, restaurante, boite con una impagable vista natural a nuestras playas y al parque «Miguel Lillo». Postal ineludible a la hora de mostrar la ciudad al país y el mundo. Hemos pasado de aquella época de esplendor, a este presente con una imagen del edificio cuasi de postguerra.
En el medio de esta historia, iniciada por un gobierno militar, luego pasaron diferentes signos políticos en la administración local. En agosto del 2001 se produjo un incendio incontrolable en el amplio sector de la salas de juegos, que las devoró para siempre. Debacle y decadencia, dos palabras que pueden sintetizar el principio del fin.
Año 1997 las instalaciones pasaron al municipio
El Complejo construido por la Nación pasó a manos de la Provincia años más tarde y el 2 de marzo de 1997 las instalaciones fueron cedidas, como “presente griego” al municipio en el marco de un convenio suscripto por el entonces intendente Julio Municoy y Jorge Rossi, titular del Instituto Provincial de Lotería y Casinos de la Provincia de Buenos Aires. De esta manera el mantenimiento y preservación de las instalaciones correrían por cuenta de la Municipalidad de Necochea. En tanto, Lotería se comprometía a permanecer en el edificio con sus salas de fuego por veinte años, vale decir hasta 2017.
En los años 1998 y 2001, la administración peronista del intendente Municoy y en el 2004, el radical Daniel Molina, realizaron llamados a licitación, con diferente variantes, resultando negativa la receptividad de éstas, con el argumento repetido de que solamente el juego era redituable y el resto de las instalaciones solamente importaban económicamente durante los meses de verano para aquellos empresarios que pudieron haber estado interesados. El juego por esos años, era el pilar para negociar cualquier posibilidad. A inicios de la gestión de Molina se hizo una importante inversión sobre el complejo que sólo resultó un maquillaje de la ya, por aquellos años, deteriorada imagen del edificio.
Durante el gobierno del Frente para la Victoria, Horacio Tellechea, luego destituido y José Luis Vidal completando el ciclo 2011-2015, no se hizo absolutamente nada. La dejadez abarcó la sala de juego, la estructura en su conjunto y el teatro auditórium.
La caída de doce metros cuadrados de mampostería, el cerramiento de sectores, la escasez de iluminación, la falta de limpieza, sumado a varios intentos de usurpación de parte de las instalaciones para utilizar como vivienda, reflejó en forma de metáfora la imagen de un boxeador vencido por los golpes o un enfermo grave en terapia intensiva.
Ha llegado la hora irrevocable de hacer lo que se debe hacer sin más pérdida de tiempo o discusiones ideológicas sin sentido, discutiendo el sexo de los ángeles o como diría Maquiavelo «más vale hacer y arrepentirse, que no hacer y arrepentirse».
La actual administración municipal de Facundo López ha repetido ante cada nota periodística, recientemente el domingo 10 de mayo en Ecos Diarios, reafirmando su postura de vender el Complejo Casino en una subasta, ergo venta pública en la que se adjudica una cosa, especialmente bienes o valores diversos, a la persona o empresa que ofrezcan más dinero por éstos, en la jerga al mejor postor.
Evaluando supuestos interesados, algunos voladores como palomas y otros reales, como suelen ser los que hacen menos ruido y bajo perfil. Siguen viendo la posibilidad de inversión en un complejo ambicioso, con una sala de juegos reestructurada, aunque hoy el juego no sea convocante como en otras décadas, esto pasaría a un segundo lugar y luego se vería que hacer.
Se puede discutir o no la decisión, de López, siempre es más cuestionable no tomar ninguna o esconder la realidad bajo la alfombra, o seguir el trino de los canarios con bonitos discursos de soñadores idealistas con el repetido concepto «el estado municipal debe hacerse cargo», que suena bonito en algunos oídos. Sin tener en cuenta que una inversión para restaurar nuestro Complejo se evalúa en doscientos millones de pesos, sumando todo lo que significa el posterior mantenimiento. Sencillamente imposible para seguir bajo la tutela del municipio.
No hay tiempo que perder, nuestra población no debe permanecer arriba de esta calesita que marea dando vueltas y más vueltas sobre los mismos temas por años, con idénticos y frustrantes resultados.
La indecisión roba oportunidades
Comentaba un funcionario municipal, tal vez con acierto, que nuestro sistema electoral, que nos lleva a las urnas cada dos años actúa como un freno en la toma de ciertas decisiones fundamentales para la ciudad. Sólo un año de gestión no alcanza porque al siguiente hay que atender el famoso “costo político” ante la llegada de las elecciones. De ser así, es que la quietud ha sido una complicidad que hace retroceder a nuestra sociedad, la indecisión se lleva las oportunidades y paraliza los proyectos.
Debe haber un llamado urgente a la apertura del capital privado local, nacional o internacional para la venta del Complejo, sabiendo que la sala de juegos corre por otro andarivel, situación por demás conocida y a la espera de decisiones de la provincia de Buenos Aires.
Se hace imprescindible debatir esta realidad en el Concejo Deliberante sin pérdida de tiempo, dejando el reloj de arena que suele usarse en el legislativo, afirmar el llamado, resolver la cuestión de fondo y avanzar.
El propio departamento ejecutivo, quien motoriza la idea de la subasta y espera el apoyo del Concejo, ha sido pragmático
con esta excelente idea, que conlleva la posibilidad de recaudar una importante cifra en millones de dólares, de esa venta-subasta. Dinero que podrá tener múltiple destino ante las necesidades y urgencias prioritarias de nuestra ciudad.
Es de esperar que no nos envuelvan las discusiones inconducentes, los abanderados de la Necochea del «no», pensemos en el futuro sin el espejo retrovisor del pasado, salir de lo que no supimos, no pudimos o no quisimos para definir con adultez dejando de lado esa adolescencia política, que lleva todo para el día después y que termina siendo el día del nunca jamás.