Hasta donde me lleve la pelota
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Surgido en nuestras canchas, Luis Rodríguez construyó una notable carrera profesional. Pasó por la ignota Moldavia, recorrió Europa, jugó la Champions League y también sufrió las consecuencias del mercado de jugadores
Seguramente cuando hoy se prende a jugar con sus amigos en un “picado” de fútbol 5, después de un día normal de trabajo en la empresa de su suegro en Buenos Aires, pocos sepan que enfrente tienen a un jugador que pasó por cinco equipos profesionales en Europa y recorrió 17 países de la mano del fútbol. Luis “Lucho” Rodríguez, o el “Plomo” como lo conocieron cuando surgió las categorías infantiles del Club Atlético Rivadavia y luego en las inferiores de Huracán, esconde entre la humildad de sus palabras y la osadía de sus ambiciones de juventud, historias de una vida que parecen no caber en sus jóvenes 33 años.
Como goleador del “Globo” saltó a la Selección Sub-15 de Necochea y de allí se ganó un lugar en las inferiores de Lanús. Pero cuando alcanzó a la “meca” del fútbol formativo en Buenos Aires, el arco comenzó a quedarle más lejos. “Llegué allá y nada ver la diferencia que yo hacía acá (en la cancha). Eso fue lo más difícil. Cuando firmé el técnico me dijo ‘no vas a jugar por tres meses’, por la adaptación. Yo veía jugar a los demás y me quería volver, veía que estaba para jugar y nunca entraba. El primer partido que juego (el DT) me pone de punta izquierda. Yo era “9”. No toqué una pelota y al final del primer tiempo me sacó. ‘Vos no sos delantero’, me dijo, ‘sos defensor. Te voy a enseñar a defender’. Y desde ahí quedé como defensor. Me enseñó a marcar, como pararme y empecé de lateral izquierdo. Hice toda la carrera ahí o volante por izquierda”.
En Lanús estuvo cinco años en las inferiores y llegó a entrenar con la Primera, que conducía técnicamente Ramón Cabrero. “Cuando vino el Profe Córdoba me dejaron libre. De Ahí me fui a Arsenal, donde estaba (Sebastián) Rambert en la Reserva y (Ricardo) Gareca. Quedé y estuve dos años. En 2006, me dieron a préstamo para Témperley”.
Google maps
Y cuando no tenía lugar en el “Celeste”, un llamado le cambió la vida a los 23 años. “Apareció un hombre en el entrenamiento que me pasaba el teléfono pero no me hablaba. Pensé que me quería robar o que diga que le estoy robando si le agarraba el teléfono. Lo puso en alta voz y empezó a hablar una mujer, que me decía que el hombre no hablaba español y que era un ojeador. Ella era la traductora”. Fue su primer contacto con el Club Sheriff de Moldavia. “Yo estaba juntado y con mi señora empezamos a ver dónde quedaba, o si estaba en guerra. Me dijeron que ya habían hablado con el club y que les faltaba mi palabra. Les dije que me interesaba y me advirtieron que en tres días tenía que viajar. Yo no tenía pasaporte, pero en tres días estaba viajando”.
Así comenzó su aventura europea a la cual casi se suma otro necochense, cuando en 2009 también llevaron a Moldavia a Eduardo Berón por consejo suyo, lo mismo que al balcarceño Ezequiel Petti. “¿No tenés un jugador para traer? Me dijeron. Los brasileños todas las semanas traían uno nuevo. Buscaban jóvenes baratos y después los vendían. Pero los chicos no aguantaron y a la semana se quisieron volver”.
Adaptarse y soborno
En cambio Rodríguez estuvo dos años y medio en el Sheriff de Moldavia, que ostenta instalaciones dignas de una potencia europea. “Me adapté bien y empecé a jugar. El técnico hablaba en ruso, pero los brasileños que estaban me traducían lo que iba diciendo o la traductora se quedaba en la charla técnica. Era un club que tenía un montón de extranjeros”.
Los moldavos controlaban bien cada inversión, generando situaciones de conflicto: “Todos los días a las 7 de la mañana te pesaban y te tomaban las pulsaciones. Cuando firmabas el contrato te pesaban y tenías que seguir en peso hasta el final del contrato. Comíamos a las 7 de la tarde y yo a las 11 de la noche tenía hambre. Me iba con los brasileños a comer pizza y al otro día no daba el peso. Eran 100 dólares de multa. Hasta que fuimos a hablar con el médico y le dábamos plata para que pusiera que estábamos en peso, nos salía más barato”.
Con el FC Sheriff Tiraspol se dio el gusto de disputar la competencia de clubes más importante de Europa, la Champions League, en las temporadas 2008-09 y 2009-10, enfrentando a equipos como Slavia Praga y el Olympiacos griego. También el “Plomo” jugó la Europa League, con el mismo Tiraspol, en la temporada 2010-2011, frente al Steaua de Bucarest, el Fenerbahce turco y el Twente de Holanda.
Contrato fantasma
Con su “chapa” europea, dejó Moldavia tentado por un pase al Slavia Praga, pero se truncó en los negociados de los representantes: “Me tuvieron dos meses, no me dejaban entrenar. Me dijeron que el técnico nunca me había pedido y que el contrato no estaba registrado. No sé si hubo un movimiento de dinero o el club me quiso liberar”.
Sin club, debió hacer las valijas y comenzar a moverse en el turbio mundo de los representantes de jugadores. “Me fui a Suecia, a la Primera por seis meses (en el Djurgården). Habían comprado previamente un lateral de Noruega pero como aún no podían contar con él y por eso me llamaron a mí. Yo no me quería volver, esa era la última opción. El equipo venía mal, pero llegué y empezamos a sumar. El “efecto Lucho” decían los diarios. Pero cuando se cumplieron los 6 meses, llegó el jugador de Noruega, y no me renovaron. Se venció la visa de trabajo y me tuve que ir”.
Golpeando puertas
Su premisa de permanecer en Europa lo movilizó a seguir golpeando puertas. “Me fui a España donde tenía un amigo y empecé a buscar (club). Me llevaron a probar a Turquía donde hay un montón de clubes de pretemporada probando. Vas de un hotel a otro hablando con representantes. Me probé y quedé en el Aalborg de Dinamarca, pero ya tenían un costarricense y no me llevaron. Me vine a Argentina y a los pocos meses me llamaron porque el costarricense había chocado con su señora, estando de vacaciones, y fallecieron los dos”.
En 2011 retornó entonces a Europa para jugar en Dinamarca, pero ya no fue lo mismo. “Jugué tres partidos, pero ellos siempre le dan prioridad a los chicos de su país, empecé a hacer banco o Reserva. Yo había firmado un contrato grande por tres años pero quería jugar. Así que fui a hablar con los dirigentes y les pedí que si conseguía club me dejaran ir”. Y así en 2012 pasó al Sunkar de Kazajistán, pero otra vez llegó lo imprevisible: “El club dio quiebra y me tuve que ir. Volví a Suecia, a la Segunda división (al Hammarby), donde había un técnico chileno. Jugué poco y decidí venir para acá, para Mataderos. Yo no tuve representante nunca, por eso no me pude quedar más tiempo allá”, resaltó. “Me quedaba sin club y aparecían diez, que te ofrecían cosas. Y tenías que para poder jugar, pero ellos se llevaban toda la plata con la firma. Por eso nunca pude hacer una diferencia (económica). Era todos piratas buscando una oportunidad”.
Campeón con Mataderos
Un paso fugaz en 2013 por Barrio Norte (jugó 8 partidos) lo marcaron con las dos caras de la moneda. Por un lado formó parte del plantel campeón, más allá de no haber estado en las finales, y por el otro sufrió la lesión que lo retiró del fútbol: “Me rompí la rodilla, el lateral anterior, en la cancha de Gimnasia y nunca me la arreglé. Pero tratándola, me dijeron que quizás podía aguantarla. Quedé en San Martín de Burzaco, pero cuando estábamos de pretemporada en Carlos Paz se me trabó la rodilla y estaba roto”.
Con el apoyo económico a medias del club para afrontar la operación, ya que aún no había firmado el contrato, debió cambiar su vida, formó una familia y dejó al fútbol sólo para despuntar el vicio con los amigos.
Compañero “mundial”
En la valija de los recuerdos está repleta: “Anécdotas, las canchas que conocías, los rivales, tengo un museo para hacer con las camisetas”, contó feliz tras recordar cómo tuvo que correrlo al brasileño Roberto Carlos para llevarse ese recuerdo con los colores del Fenerbahce. “Aprendí a hablar ruso y sigo en contacto con chicos de Kazajistán. Incluso un ex compañero jugó el Mundial para Rusia y fue titular (Aleksandr Erokhin)”.
Aunque con los vaivenes lógicos del camino, Rodríguez concretó aquello que miles de jugadores infantiles desean pero fracasan en el intento, entre el desarraigo y la competencia encarnizada. “Para mí siempre fue un sueño llegar a Primera en Buenos Aires. Lo que más me movilizó fue cuando falleció mi viejo a los 11 años, él siempre quería que juegue y me dije ‘tengo que llegar”.
Mirando atrás, siente que todo valió la pena: “Tenía dos días libres y me iba a un crucero por Turquía o Finlandia. Jugando o viajando visité 17 países. Ahora pienso por qué no ahorré plata. Pero la disfruté. La viví. Lo que queda es la experiencia”. ///
