Hay que pensar más en el futuro
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Si los festejos de ayer fueron pobres o brillantes, si hubo mucho público o poco viendo el desfile de las instituciones, si el horario para el desarrollo de este fue el apropiado, o las palabras de los discursos fueron un “clisé” de años anteriores. Todo ello sería para analizar en otra columna de esta misma edición.
Quienes antes de 1881 ya se habían arraigado en estas tierras, no pensaron como serían los festejos 137 años después de aquel 12 de octubre. Sentaron sus reales aquí porque, teniendo origen europeo, apreciaron que estas tierras eran las privilegiadas en el mundo para la agricultura y la cría de ganado. Donde las condiciones del clima y un suelo, con un metro de humus, siendo regado por innumerables arroyos y lagunas era todo un regalo de la naturaleza.
Aquellos primeros residentes en la zona, fueron visionarios, veían el largo plazo, más allá de la línea del horizonte. El mismo jesuita José Cardiel, que ya en el siglo 18 había recorrido el río Quequén reconoció y dejó en su cartografía la importancia que tenía este curso de agua, en esta zona para la instalación de un puerto.
El mismo Angel Ignacio Murga, nacido en Dolores último bastión del blanco, no dudó en radicarse en este rincón del Quequén, más allá de la adversidad, lo inhóspito y la acechanza permanente de los malones indígenas, en sus fechorías en busca de hacienda y mujeres.
A pesar de esto, fueron llegando españoles e italianos de las distintas regiones de origen, los primeros a cultivar la tierra los segundos, preferentemente, a levantar paredes. Ellos convivieron con los grandes terratenientes que por medio de la ley de “enfiteusis” ya eran propietarios de miles de hectáreas.
El tiempo fue pasando y el caserío se transformó en pueblo y luego en ciudad. Díaz Vélez dona tierras, sobre la costa, para una villa balnearia. Llegó el ferrocarril y con este el interés por disfrutar de la playa y del sol en verano, trajo el turismo, se construyen hoteles. Crece el puerto, se levanta el Puente Colgante el gigante de acero que nos identifica.
En 1939, también, Matilde Díaz Vélez de Alvarez de Toledo realiza un loteo, de especiales características, con similar trazado de calles que vemos en Mar de Ajó o Santa Teresita y otros balnearios del Municipio Urbano de la Costa, la división se efectuó en el paraje “La Lonja” frente el mar, hoy llamado Lote Mar 2 del parque Miguel Lillo. Por cuestiones que el tiempo ha borrado ya, esto quedó trunco. Pero en 1945 se expropian las tierras para la ampliación y urbanización de la villa, ya llamada por entonces Díaz Vélez.
Fueron todos tiempos de firmes decisiones y políticas de Estado que llevaba a un crecimiento constante a Necochea. Desde las instituciones intermedias se pedían líneas de crédito, gas y suficiente energía eléctrica, con la necesaria potencia instalada, para la radicación de industrias. Todo fue llegando paso a paso.
Hace 50 años atrás, la Villa Díaz Vélez tenía vida propia tanto en invierno como en verano, principalmente lo que se refiere a lugares de esparcimiento. Bares, confiterías, restaurantes, el casino, todos abiertos los siete días de la semana y años después, el auge de la construcción de edificios le cambio su fisonomía. Familias enteras se venían a radicar, tanto profesionales como comerciantes. Los censos así lo demostraban ante el crecimiento demográfico.
Esta simple reseña, a vuelo de pluma, no sólo pretende recordar el ayer, dejando de lado que todo tiempo pasado fue mejor. Pero sí se pretende señalar, que la ciudad que hoy vivimos tiene un pasado, por supuesto un presente, y un futuro en el que hay que pensar más. Porque está ahí, a la vuelta de la esquina, mañana ya es el futuro.