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    ¡A la final!

    13 de septiembre de 2019 | 21:10
    ¡A la final!
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    Jornada de emociones intensas nos regaló la Selección de básquet en el Mundial de China. El país habla del enorme triunfo ante Francia y el pase a la final del Mundial de Japón. Y en Libero tuvieron la excelente idea de rendirle homenaje al equipo con este informe que lleva el estilo. Si, como si fuera un partido de Superliga. Imperdible.

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    Las canciones son de fútbol. «Para ser campeón, hoy hay que ganar», grita desde la tribuna ese puñado de argentinos en Beijing. «El domingo, cueste lo que cueste, el domingo tenemos que ganar», sube la exigencia de la hinchada. Se sabe, en Argentina el optimismo carece de límites. Esas letras son repetidas en la cancha de Boca o de Colón, en la de Talleres o en la de Atlético Tucumán, en la de River o en la de San Martín de San Juan casi con idéntica convicción. Pasional, el hincha no mide: pide. Se sabe, el fútbol es un deporte donde casi cualquier cosa puede pasar. El básquet no. El básquet es un deporte lógico, donde en un altísimo porcentaje gana el mejor.

    Que los hinchas argentinos, más allá de su optimismo, se hayan animado a cantar lo que cantaron, es mérito exclusivo de esta selección histórica a la que el plateado ya le sabe a poco. Estos muchachos subieron la vara: se la subieron a ellos mismos, se la subieron a los rivales hasta hacerla inalcanzable y se la subieron a la gente para que se anime a pedir sin que suene quimérico.

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    Ahora bien: ¿por qué grita la gente? ¿En qué se basa su esperanza? ¿En el talento de Campazzo, en la fuerza incontenible de Scola? No, claro que no. Con talento, simplemente, no alcanza. Ni con fuerza. Si fuera por talento, probablemente Argentina ya habría sido campeón mundial de fútbol un par de veces en esta última década. Y de América. Estuvo cerca pero nunca se dio por un motivo o por otro. Sin embargo, el talento en ese caso era crucial: la presencia de Messi -el mejor del mundo-, la buena compañía de Agüero, de Di María o de Higuaín, muchos de ellos en las altas cumbres de su carrera europea, eran la virtud excluyente. Faltaban pequeños detalles: el espíritu de equipo, el despojo de los egos, la seriedad de un proyecto, la continuidad en el tiempo, una alternancia sin grietas como la del básquet donde dos técnicos como Hernández y Lamas -por citar un ejemplo-, que pueden ser rivales en una cancha cuando de equipos se trata, luego pueden unirse a favor de una causa nacional deportiva.

    Trasladémoslo al fútbol. Al Cholo Simeone se le reconoce la competencia en el alto nivel; a Gallardo, su capacidad estratégica en los mano a mano; se dice que hay pocos ojos como los del Chacho Coudet para elegir jugadores. ¿Alguien se los imagina trabajando a todos juntos? ¿Alguien se los propuso alguna vez? ¿Estarían dispuestas nuestras figuras a agachar la cabeza e ir detrás de ese objetivo común sin mirar que sus cuentas bancarias son en algunos casos infinitamente superiores a las de quienes deben darles las órdenes?

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    Trasladémoslo al país. Y lloremos un poco, en silencio. Miremos la desgarradora imagen que nos devuelve el espejo.

    La selección de básquet, esta selección que el domingo puede ser campeona o no, es un ejemplo. Un ejemplo a seguir en esta transición que empezamos a vivir, y que es la curva descendente de la carrera de Messi. Esta nueva creación del Oveja tiene a Ginóbili disfrutando en la platea de un formidable juego de equipo en el cual el compromiso y la solidaridad están por encima de los nombres. Scola, el alma del Alma, se abraza transpirado y en musculosa con Manu. También él estará más temprano que tarde de civil, a un costado del campo. ¿Se lo extrañará? Claro. Pero hay una base. Un equipo. Un proyecto. Hay formas y fondo. Qué bueno saber que en la Argentina también es posible.

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