Hoy le gritarían “pesetero”
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Vicente Caputo, uno de los máximos goleadores de nuestro fútbol, quedó en la historia al ser transferido de Huracán a Rivadavia en 1965
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Si bien la pasión que despierta el fútbol sigue siendo la misma, el profesionalismo ha modificado con los años ciertos paradigmas. Por ejemplo, ya no sorprende tanto ver cómo un jugador pasa de un club grande a otro, o vistan los colores de tres o cuatro a lo largo de una carrera. Incluso yendo al torneo doméstico, los jugadores pasan de Villa Díaz Vélez a Villa del Parque, de Villa a Rivadavia, de La Dulce a Defensores, o de Rivadavia a Estación, y se toma como algo “normal” en la elección de los protagonistas, algunos incluso en el final de sus carreras. Cada vez son menos aquellos que se identifican con una única camiseta.
En la Liga Necochea, uno de los primeros en cambiar de club y quedar en la historia por ello fue el brillante goleador Vicente Caputo, quien forma parte de un selecto grupo de grandes delanteros del Club Atlético Rivadavia, comparable con notables como Silvestre Calabrese o Vicente Bonavena por aquellos años, y precediendo a Abel Coria, Miguel Landesa o, porqué no, a Carlos Parisey, como referentes de las últimas décadas.
Su pase para vestir la camiseta del decano albiazul, allá por 1965, generó una gran polémica habiendo dejado nada menos que Huracán, el clásico rival de toda la vida y en aquellos años con un antagonismo mucho más acentuado que en la actualidad. El “Moño” Caputo tuvo la particularidad de haberle hecho goles a Rivadavia con la camiseta de Huracán y luego disfrutó de hacerle goles al rojiblanco con la casaca del decano.
Cheque en blanco
Según relató el propio Caputo hace años a este mismo diario, la historia de su pase fue bastante particular no sólo por los clubes protagonistas. Por entonces, el dirigente de Rivadavia, Emilio Donato, era un asiduo colaborador y se había propuesto contar con sus servicios, pidiéndole condiciones a Huracán para llevárselo. Después de algunas idas y vueltas, y sumas de dinero que se iban elevando de reunión en reunión, Donato fue al club, cortó un cheque en blanco y se los llevó a sus pares del “Globo”, para que ellos pongan la cifra definitiva y así se selló la transacción. A partir de entonces, muchos hinchas de Huracán dejaron de saludar a Caputo por la calle, dolidos por su decisión, aunque para él sería una bisagra en su carrera. Hoy le gritarían “pesetero”, como en España, cuando desde la tribuna agravian a un jugador por aceptar ser parte de un pase importante en lo económico, más allá de los colores de la camiseta.
Fue la transferencia más importante hasta entonces entre los dos clubes locales. Eran épocas donde nuestro fútbol gozaba de años de esplendor, con un mercado pases que incluso podría aspirar a incorporar nombres desde Buenos Aires y Mar del Plata. Un recuerdo que asoma muy lejano y nos deja con todo lo contrario a lo que se vive hoy, cuando nuestros mejores jugadores rápidamente emigran apenas asoman en las categorías menores.
La primera camiseta que vistió fue la de Olimpo, club de barrio que entonces militaba en la Liga Necochea y que por estos años vuelve a tener un nombre relacionado con el fútbol gracias a la Liga Amateur. Allí Caputo debutó en cuarta categoría a los 13 años y a los pocos partidos, ya con 14, debutó en Primera. A los 17 años se suma a Huracán, uno de los habituales animadores de los torneos liguistas y aunque logra destacarse con sus goles no consigue salir campeón. Todo cambiaría para Caputo a partir de su pase a Rivadavia.
Campeón y goleador
Claramente se adaptó muy bien a un plantel que tenía valores importantes y al año siguiente, con el decano sería goleador del torneo 1966 con 23 goles y lograría el preciado título, superando en una apretada definición a Barracas de Juan N. Fernández, el equipo donde brillaba Vicente Bonavena y que había sido campeón el año anterior. Ese año en el decano Caputo compartió plantel con entre otros, Márquez, Teerink, París, Clerico, Biscaysacú, Garine, Tau, Cannelli, Mollievi, Píntos y Gómez.
Esas actuaciones le posibilitaron ser tenido en cuenta por San Lorenzo de Mar del Plata en 1967 para jugar el primer Campeonato Nacional. Lamentablemente después de marcar varios goles en la etapa regional clasificatoria y en los amistosos previos al debut, sufrió la rotura de ligamentos cruzados y meniscos en la rodilla, sin poder sumar minutos en la máxima competencia.
Volvería a jugar en Rivadavia en 1969 y nuevamente fue campeón, en una campaña invicta. También vistió la camiseta de la selección de Necochea en el desaparecido Campeonato Argentino. En 1962 fue subcampeón provincial, en la mejor actuación histórica de un seleccionado de nuestra ciudad hasta entonces. En la campaña de 1969, frente a elencos de Miramar y Balcarce, marcó siete de los ocho goles necochenses.
En 1970, con la irrupción de Estación Quequén, el albiazul pierde la final frente al “verde” por 3-2, aunque Caputo volvería a darse el gusto de dar la vuelta olímpica dos veces más con Rivadavia: en 1971, nuevamente como goleador del año con 13 conquistas, y en 1972. Según cifras oficiales el “Moño” marcó 176 goles con la camiseta de Rivadavia, ubicándose junto al “Gallego” Francisco Alvarez, a Silvestre “Cholo” Calabrese y Juan José Monje, entre los mayores goleadores de la historia del albiazul.
Ya con 30 años cumplidos, sus últimos años en el fútbol fueron vistiendo los colores de Independencia de Ramón Santamarina en el ascenso y se retiró en Gimnasia unos años más tarde. Pero su corazón siempre quedó ligado a Rivadavia, al igual que su apellido a la historia del club, por los títulos, goles y los momentos vividos en el fútbol.