La barbarie prenumérica
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Un ataque a la racionalidad y a la unidad nacional fue esconder los índices de pobreza y de inflación
La destrucción del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) por parte de la banda de delincuentes comandada por Guillermo Moreno fue mucho más que una maniobra para esconder los índices de pobreza y de inflación. Fue un ataque a la racionalidad y a la unidad nacional. A la unidad nacional porque nadie puede razonablemente percibir lo que sucede en una sociedad integrada por 44 millones de individuos a partir de los limitadísimos contactos sociales a disposición de una sola persona. Para percibir un país como la Argentina en su grandiosidad y su complejidad, son necesarios los datos provistos por miles de encuestadores diseminados en todos los puntos cardinales del país recogiendo cifras correlacionables con otras, anteriores y posteriores, con la mayor precisión posible. Solo así pueden superarse las limitaciones del ciudadano individual, quien por definición ejerce una sola profesión, vive en una sola ciudad y una sola provincia, y pertenece a un solo sector social. Solo así es posible tener una idea fundada sobre lo que sucede en todo el territorio argentino sin extrapolar una experiencia personal inevitablemente parcial. Impedirlo voluntariamente como hizo Moreno por orden de Cristina fue por lo tanto un ataque la unidad nacional. Y fue también un ataque a la racionalidad porque nos redujo a la condición de neanderthales paleolíticos, seres cuya percepción de la realidad se basaba en sensaciones e impresiones, y no en cifras ni datos.
Desde que Moreno rompió el termómetro para que nadie pudiera medir la fiebre K, los argentinos estuvimos condenados a pensar el país limitándonos a un punto de vista reducido y sesgado, y a usar frases dignas de la Doña Rosa de Neustadt. «No se llega a fin de mes», «Me dijo el muchacho de acá a la vuelta…», «En la carnicería de mi barrio…», y así. En pleno siglo XXI, quedamos reducidos por la barbarie morenista al estado prenumérico de las tribus de cazadores-recolectores. La cosa terminó como tenía que terminar, con el ridículo total, con Axel Kicillof diciendo que no contaba los pobres para no estigmatizarlos, Cristina asegurando en la ONU que eran menos del 5% y Aníbal diciendo que la pobreza en la Argentina K era menor que en Alemania. Créase o no, los responsables de semejantes actos anti-civilizatorios continúan disfrutando de sus ventajas. Aún hoy, la discusión sobre la economía nacional sigue basándose en impresiones personales, y gente que presume de alfabetizada se basa en sensaciones y no en datos. Peor aún, las capacidades matemáticas de nuestras elites de formadores de opinión les permiten asegurar atrocidades paralógicas como que el peso se devaluó 120%, como si algo pudiera perder más valor del que tiene.
En esto estábamos cuando un día de la semana pasada el Indec anunció que la tasa de desocupación era del 9,6% y los mismos que no le creían al Indec cuando aseguraba que el país crecía al 3,9% anual y la pobreza había bajado seis puntos y medio en un año salieron a competir por el titular más tremendista. «La desocupación aumenta por la crisis», aseguraron los prudentes. «El índice más alto en los últimos 12 años» se jugaron los audaces de Perfil, convalidando las cifras de 2007-2015 ofrecidas por el Indec de Moreno. Y en todos lados, todos los medios y todas las pantallas de TV se dio por sentado que estábamos en presencia de una crisis extraordinaria y miles de despedidos se habían incorporado a las filas de la desesperación.
Ahora bien, uno acepta con resignación que cuando el índice de desocupación sube el ciudadano común, que la yuga todo el día y no tiene tiempo para estudiar estadísticas, piense que ha habido despidos y cierre de fuentes de trabajo. Pero quienes viven de interpretar la información para que el ciudadano común se oriente deberían conocer al menos el ABC estadístico. Si lo hicieran, descubrirían que el índice de desocupación no mide el total de personas sin trabajo sino el total de personas sin trabajo que buscan trabajo. Por eso puede subir, ya sea porque se destruyeron más puestos de trabajo de los que se crearon como porque personas que no tenían trabajo ni lo buscaban salieron a buscarlo. Lo primero es, sin dudas, una pésima noticia. Lo segundo, en cambio, depende. ¿De qué? Si más personas salieron a buscar empleo porque la pobreza aprieta y los obliga, es una mala noticia. Si lo hicieron, en cambio, porque percibieron que hay mejores oportunidades de encontrar empleo que antes, es una noticia buena. Ahora bien, ¿cuál es el caso de la Argentina del segundo trimestre de 2018 al que se refiere el dato de 9,6% del Indec?
Considerando la alta estacionalidad de los datos de empleo, fuertemente influenciables por el período del año, para entender el valor de las cifras de desocupación es necesario comparar el trimestre de un año con el mismo trimestre del año anterior. Y bien, los datos son claros: desde el segundo trimestre de 2017 al segundo trimestre de 2018 el país generó 247 mil empleos más de los que perdió. Por ese motivo, el mejor indicador de la situación laboral —la tasa de empleo, que mide el total de ocupados respecto al total de habitantes en edad de trabajar— subió de 41,5% al 41,9%. ¿Cómo es posible que suba a la vez el número de empleos y los desocupados? Ya lo dijimos. Porque más gente que no tenía trabajo ni lo buscaba, y que era considerada «inactiva» y no «desocupada» en las estadísticas, salió a buscar trabajo. En otras palabras, las recientes cifras del Indec demuestran que el aumento en el número de desocupados se debe a que más gente busca trabajo, y no a que se hayan perdido empleos. En total, unos 400 mil nuevos demandantes contra los 247 mil empleos superavitarios creados. Ahora bien, ¿se busca más trabajo en Argentina porque disminuyó el poder adquisitivo o porque se perciben mejores oportunidades de encontrarlo? Como dijo la Chilindrina: las dos cosas. Probablemente, con un componente mayor del factor positivo (mayor oportunidad) en 2017 y del factor negativo (baja del poder adquisitivo) en los últimos tres meses analizados.
¿Son buenas o malas noticias? La incapacidad de un país para ofrecer empleo a cada persona que lo busque no es nunca una buena noticia. Pero sí lo es que uno de cada doce habitantes en edad laboral sin trabajo busque hoy trabajo, contra uno de cada veinticuatro a finales del ciclo K; un ciclo cuyos dudosos logros en materia ocupacional se lograron con base en las mentiras de Moreno y la disminución de la búsqueda de trabajo, y no en la creación de nuevos empleos. Y si bien es metodológicamente imprescindible recurrir a una comparación interanual, también es una mala noticia que la segunda parte del período muestre un empeoramiento de los indicadores respecto a la primera. Se trata del inicio del impacto de la crisis cambiaria en nuestra economía, que durará al menos seis meses. Dicho esto, la actitud adoptada por la oposición peronista y secundada por la mayor parte de nuestro periodismo solo puede demostrar dos cosas: ignorancia o mala leche.
La situación del país es suficientemente difícil para que soportemos ninguna de las dos. En especial, para que quienes descreían de la muy buena performance que la economía venía teniendo hasta la crisis cambiaria (baja de la pobreza y la desocupación, crecimiento al 3% y acelerándose, disminución lenta pero simultánea del déficit y la carga fiscales, récord de ventas de autos y motos, de ocupación hotelera y de hipotecas) repitan hoy la hazaña desinformativa describiendo una situación catastrófica que solo existe en su imaginación. Estamos lejos de las grandes crisis argentinas, como el Rodrigazo, el 2001-2002 o la hiperinflación. Quienes hoy claman al desastre no actuaron así cuando Duhalde sacó al país de la recesión licuando 35 puntos las jubilaciones y los salarios en 2002; ni cuando el PBI cayó seis puntos durante la anterior crisis inducida por factores externos, en 2009; ni en épocas del récord kicillofiano de 2014, cuando los trabajadores ocupados pasaron de 16.081.000 en diciembre de 2013 a 15.686.000 en diciembre de 2014, con una pérdida neta de 395 mil puestos de trabajo a una media de 33 mil por mes.
El tremendismo de peronistas y perionistas ayuda poco a moderar las expectativas negativas que le ponen un ulterior freno a la superación de la crisis y demuestran que los muchachos de «Primero la Patria, luego el movimiento y por último los hombres» actúan exactamente al revés de lo que pregonan. Primero, yo. Después, los compañeros. La Patria, ya veremos. Que se joda, si es necesario. Faltaba más. Este tremendismo devela, además, el sesgo peronista que intelectuales, periodistas y demás formadores de opinión han impuesto a la política argentina desde hace décadas, y que es un factor decisivo para permitirle al peronismo no ser nunca responsable de los desastres, los ajustes y los tsunamis que ha causado, como en 1975, los noventa y 2002; los mayores de la Historia nacional. Según su doctrina, Duhalde hizo lo que hizo por la pesada herencia que le dejó Fernando de la Rúa, que gobernó dos años, y no por los diez años anteriores de menemismo de los que Duhalde participó. Y los Kirchner gobernaron 12 años con las mejores condiciones internacionales de la Historia y mayoría en ambas cámaras, y no dejaron nada sano; pero si Mauricio Macri no revierte una decadencia de 25 años de hegemonía peronista en menos de tres años, con fuerte viento internacional en contra y minoría en ambas cámaras, hay que pedir ya mismo su destitución. La vara de África cuando gobiernan los muchachos; la de Suiza, cuando entre mil contratiempos y dificultades la oposición intenta encauzar el país; un país reducido a la barbarie prenumérica por un cuarto de siglo de destrucción educativa y deseducación civil a cargo de la banda que todo lo saqueó.