La otra cara de una Necochea que muchos prefieren no ver
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En distintas zonas de la ciudad, hay barrios en los que vive gente en un lamentable estado de precariedad, donde las necesidades básicas y los derechos no parecen ser tema de agenda
Recorrer algunos de los barrios más carenciados de Necochea, dejando de lado los prejuicios, parece ser una actividad difícil de incorporar a la agenda política. El déficit habitacional no es una noticia de última hora, sino que lleva años embozado en la ciudad y eso se puede saber hablando con quienes están ahí; con quienes lo viven en primera persona.
En los dos barrios que Ecos Diarios recorrió en la tarde de ayer, coincidieron al menos dos factores: la mayoría de la gente vive en casas que no están terminadas, en condiciones precarias, y se quejan que ningún funcionario, concejal o candidato se ha acordado de ellos. Ni siquiera en esta época de campaña.
Cierto es que en el barrio Campana, que se encuentra junto a la avenida 75, por el sector de 71 y 86, casi la totalidad de las casas están usurpadas, pero eso no significa que se deba librar a la buena de Dios a quienes allí residen.
Al ver a Ana, que vive en este sector de la ciudad desde hace tres años porque un familiar le “vendió” la casa, uno podría tener la certeza de que tendría una larga lista de sugerencias y pedidos de bienes y servicios de primera necesidad a los funcionarios. Sin embargo, ella pidió primero que “alguien ayude a hacer una placita en 84 y 71 bis para los chicos” porque no tienen “ni un solo juego”. “Del municipio vinieron y pusieron unos arbolitos pero nada más”, contó.
Ana tiene siete hijos, todos menores de edad, y vive en una casa en la que no tienen cloacas, gas natural o agua y están “colgados” de la luz. “En el verano nos quedamos sin agua y dicen que ahora nos van a poner luz prepaga”, indicó.
En el barrio, si bien casi ninguna casa está terminada, no hay siquiera una que esté libre. Todas fueron tomadas por familias que no tenían dónde vivir, a pesar de no tener ventanas, puertas y, en algunos casos, ni siquiera techo. “Esta casa me la vendió un cuñado de mi hermana, yo estaba alquilando pero no pude pagar más. Lo mismo hicieron todos en las más de las sesenta casas que hay”, señaló.
En el barrio también hay un almacén, una pollería y una carnicería, dado que se ha ido poblando cada vez más.
Si de ayudas hay que hablar, en el barrio se encuentra el comedor Campana, en 73 y 86, y es el lugar en el que come gran parte de los chicos de ese sector, a los cuales sus familias no pueden alimentar. Allí, niños de distintas edades pueden tomar la leche, les dan de comer los sábados y hay algunos talleres gratuitos.
Además, junto al comedor funciona una cooperativa donde trabajan unas 60 personas, la mayoría mujeres, y donde Ana trabaja hace un año y medio en la huerta.
Cabe recordar que la construcción de estas casas quedó paralizada en el año 2010 aproximadamente, en el marco de lo que fue el Plan Federal de Viviendas impulsado por el gobierno kirchnerista. En determinado momento, el Estado dejó de enviar los fondos y la construcción se detuvo, quedando tres barrios abandonados. El 20 de noviembre de 2013, familias enteras en forma simultánea tomaron tres barrios –dos de Necochea y uno de Quequén-, ocupando 187 casas sin terminar.
El caso del barrio privado

El mismo día de la toma generalizada de casas, en 2013, se usurpó también el barrio “complejo habitacional Evita”, que construía la mutual “20 de septiembre” en el sector de 86 a 82 y de 47 a 51. Sin embargo, la Justicia desalojó las viviendas, ya que en este caso tenían dueños asignados, que estaban pagando por la construcción.
Dicho barrio tampoco se terminó, pero muchas familias decidieron ocupar igual las viviendas por miedo a que se las vuelvan a usurpar.
En 1993 se anotaron más de cien familias para tener su casa propia. Hoy hay solo ocho viviendo y todas ellas tuvieron que poner dinero de su bolsillo para terminarlas. Las demás son casas sin terminar que, a diferencia de las que están en barrio Campana, aún no vive nadie.
Este barrio comenzó a construirse en tres etapas: la más avanzada dejó viviendas con techo, paredes revocadas, cielorraso, piso y rejas puestas en las ventanas; la otra zona, la menos avanzada, solo son paredes sin revoque y un piso de cemento. “Yo estaba anotada pero no las terminaron y me tuve que meter antes de que se meta otro. Nos anotamos hace 24 años y recién ahora estamos viendo de poner luz porque estamos con el medidor de la obra todavía”, contó Berta, una jubilada que pidió un préstamo en Anses y sacó dinero de sus ahorros para terminar la casa a la que se mudará en estos días.
Por otro lado, Nora y su familia, se instalaron en julio de este año en la casa que su madre se había anotado hace 24 años, pero antes debieron poner unos 40.000 pesos para colocar aberturas e instalaciones sanitarias. “Ya no podíamos esperar más, nos tenían a las vueltas con que iban a arrancar la obra y seguía pasando el tiempo”, aseguró.
Eran 107 las familias anotadas para vivir en el barrio pero, en este último tiempo, los vecinos que ya están instalados, solo pudieron contactarse con 39. “El resto falleció o perdió los papeles después de tanto tiempo. Tuvimos usurpaciones en 2013 y decidimos empezar a cuidar entre nosotros para que no lo hagan más”, indicó Nora.
Casos como este hay en varios lugares de la periferia de la ciudad, y más allá de que es difícil brindar soluciones rápidas, es necesario un compromiso para revertir la situación y que todas estas personas puedan vivir en condiciones dignas y con los servicios que le corresponden a cualquier ciudadano.///