Sábado por la noche, invernal y lluviosa; un chico de clase media, a quien llamaremos Charlie, está por sentarse acompañado de sus padres y su hermana menor, en el sofá del cuarto de la biblioteca de su familia, aprestándose a ver un show de TV. Un ritual que se repite todos los sábados, cuando el servicio doméstico tiene franco. Hay un despertar de alegría en su madre y su hermana cuando se adentran en la cocina --solo en ese día en especial, ya que durante la semana quedaba bajo la responsabilidad de la empleada--. Preparan el café con leche, y el carrito con todo lo necesario para recibir la pizza de jamón y morrones y el postre, que su padre y él compran en la pizzería del barrio.
Están por tener un rato agradable y muy esperado de la semana. El show preferido es Yo quiero a Lucy, un programa cómico reciclado de esos norteamericanos, visto seguramente en toda Sudamérica, pero nuevo para ellos; igual que Cisco Kid, Bonanza y otros, con voces en español, bien mejicano, que les da risa por lo poco porteño que suenan.
Se cierra la puerta de la biblioteca y todos están sentados, con la vista puesta en la pantalla del televisor. Las porciones de pizza están servidas, mientras su madre sirve el café con leche. Empiezan las risas. Cada vez más fuertes. Esta Lucy les desternilla a los cuatro de la risa. Lo están pasando muy bien.
La casa estaba dividida en dos partes. La principal era donde él y su familia residían. Los interiores, estilo Tudor, le daban cierta seriedad al ambiente de la casa. Las puertas bien construidas, para ser abiertas y cerradas por varias generaciones que pasarían por sus portales. Un comedor espacioso y elegante para diez comensales. El living con sus cuadros y biombos antiguos, herencia de generaciones pasadas; las habitaciones amplias, cada una con su empapelado diferente.
Una puerta separaba la casa principal de la del servicio, con su cocina y los cuartos de la servidumbre. Dos mundos diferentes. Este, más austero y utilitario. Al cruzar el portal que dividía la casa, Charlie, llevado por una necesidad imperiosa de conocer a las otras personas que vivían en su casa, les preguntaba de todo: dónde nacieron, o acerca de sus familias. La empleada, con cierta sonrisa algo forzada, fría y condescendiente, se sentía algo fuera de lugar al tener a Charlie en la cocina, pero toleraba estas visitas. Se daba cuenta de que Charlie no era mal chico.
Tenía una hija, Rebeca de nombre, unos dos años menor que él. La empleada estaba siempre presente cuando Charlie y su hija charlaban. La presencia de ella hacía que su hija se comportara algo retraída. La estaba educando para que siempre supiera que la otra parte de la casa no era para ella.
Esa noche, las risas de la familia traspasaban el umbral de la puerta de servicio. Por lo general, la empleada y su hija salían a visitar a unos parientes el día que les tocaba franco. Pero la lluvia torrencial de la noche hizo que se quedaran. Rebeca, que no estaba acostumbrada a estar en la casa los sábados, escuchaba estas risas que venían del otro lado de la casa. Tentada, y sabiendo que su madre empezaba a caerse dormida, cruzó sigilosamente el portal hacia la casa principal.
Llega a la puerta de la biblioteca, y la abre. Charlie la ve sonriente, con ojos llenos de inocencia, y se incorpora para darle su lugar en el sofá. Educado para moverse en círculos sociales selectos, lo hace sin pensar, y cuando gira su mirada hacia su familia se siente desubicado. Esperando de sus padres un gesto de aprobación de su buena educación inculcada por ellos; solo recibe frialdad. El padre, en voz baja y con enojo le dice: --¡Sentate! – sin dejar de mirar la pantalla de la televisión. Los ojos de Charlie conectan con los de Rebeca, y ve cómo su sonrisa se apaga y baja la mirada, mientras cierra la puerta de la biblioteca.
Ese momento de madurez inesperada en su primera década de vida, lo marcó para siempre. Aprendió que los adultos pueden ser hipócritas.
Al mes, Rebeca y su madre se fueron de la casa, y nunca más la vio. Tampoco supo las razones de esa decisión. Con el tiempo hubo otras Rebecas en su vida, que su familia nunca conoció, y con la última se casó.
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Sobre el autor:

Andrés Yanzi. Conocido también como Andrew Baillie, nació en la CABA cuando antes se llamaba “la capital”. Sus raíces: escocés, vasco e indígena. Parte de su vida la vivió en varios rincones del planeta. Practica varios oficios: actor, maestro, traductor, carpintero y ahora granjero y conductor de radio. Tres hijos ya grandes. Reside en Necochea, donde integra el taller literario Como Cuento.
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