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    La épica republicana de la sobriedad y el ajuste

    1 de marzo de 2019 | 23:27
    La épica republicana de la sobriedad y el ajuste
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    A la hora de gobernar, el relato no es sólo necesario, sino inevitable

     

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     Cuando la era K iba extinguiéndose ya poco a poco, allá por el año 2014, tuve la oportunidad de esbozar en el papel mi primer artículo de opinión. Versaba aquél material acerca del relato “nacional y popular” que el gobierno de Cristina quería poco menos que imponernos con la designación solemne de un secretario del Pensamiento Nacional, casi como haciéndole caso a pie juntillas al joven Unamuno: “Donde no sirve la fuerza de la razón, se hace servir la razón de la fuerza”. Si el pensamiento nacional y popular no nos salía por inspiración, entonces tenía que salir por decreto.

    Aunque en la era M, la figura del susodicho secretario extinguióse al instante, más de uno en aquella ocasión nos habremos preguntado (y tal vez sigámoslo haciendo) cuál sería el nuevo relato que vendría a suplantar al anterior; si es que efectivamente es necesario que, siempre y en todos los casos, haya alguno.

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    El relato

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    A mi juicio, un relato -el que sea- no sólo es necesario para gobernar (dando por sentado que gobierno significa acción y no una simple pantomima), sino que debe resultar atractivo para aquel a quien va dirigido, a saber, el pueblo. Mejor dicho: a la hora de gobernar, el relato no es sólo necesario, sino inevitable.

    Efectivamente, pienso que el actual gobierno nacional tiene un relato, aunque no sea demasiado atrayente. Sea cual fuere la razón de por qué a él le interesa acicalar una plaza pero no un relato, el caso es que constantemente trata de esconderlo. Sin embargo, cual monstruo de otros tiempos, el relato M sigue aún vivo. Aunque, habitando en estancias subterráneas, no es muy frecuente verlo a la luz del día, salvo cuando se produce alguna conmoción en la superficie.

    En un rapto de temeraria osadía, me atrevo a confesar que lo vi. Era una tarde lluviosa y, concentrado en algunos relatos de Timón de Atenas, el misántropo, alcancé a vislumbrarlo (al menos eso creo).

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    Más que la idea de ‘cambio’, en el fondo del relato de ‘Cambiemos’ subyace, aún con toda la timidez y precauciones del caso, el retrato del ‘republicano’. Desde luego, esto es tanto como decir que en el fondo de Cambiemos asoma, casi taimadamente, una ‘Propuesta Republicana’.

     

    El rol de Carrió

    Ahora bien, quien más ha alimentado en estos últimos años el imaginario republicano de Cambiemos, no es alguien del PRO, sino alguien incluso que lo fustigara en sus inicios: Elisa Carrió, un símbolo de honestidad, una cuasi personificación de la justicia. Si no en su aspecto estético y retórico, sí en su aspecto ético, Lilita es el tipo republicano que este gobierno más tiene para exhibir -aunque lo oculte a veces, quizá cada vez más-. El estoicismo era la filosofía que animaba al republicanismo del s. I, así como un neo-estoicismo lo hizo luego en el s. XVI o XVIII. Y Carrió es el prototipo argentino y contemporáneo del estoico.

    Entre las características del republicano, aparte de la decencia y la ley, aparecen otras menos recordadas -tal vez por menos atractivas-, tales como la sobriedad y la pobreza; cierto, la del republicano típico es una austeridad dignamente llevada, no una indigencia carente de dignidad.

    En una entrevista reciente, Juan Grabois ha señalado con lucidez que “Macri, que empezó hablándonos de pobreza cero, termina hablándonos de déficit cero”. Indiscutible.

    Pero el dirigente social se equivoca cuando añade que “esto es pura política económica y no tiene nada que ver con el republicanismo”. Esto no me parece tan cierto.

    Aún cuando en este gobierno, del republicanismo sólo quede la raíz y el tronco de su efigie haya sido garrapateado y en algunas partes mutilado, para mí este sigue siendo su relato todavía. O mejor dicho, este podría seguir siendo su relato, ya que, aunque no sea necesario negar que lo sea, tampoco está tan claro que se quiera seguir alimentándolo de forma positiva y explícita.

    Sea como fuere, me parece interesante analizar su posibilidad, es decir, la coherencia entre lo que el gobierno del presidente Macri hace y aquel imaginario republicano en que dicho accionar en el fondo se sustenta.

    Como dije hace un momento, ese relato o imaginario se nos presenta hoy de manera parcial. Tal vez a este gobierno no le quede más alternativa que estrecharlo de esa manera, y entonces apelar a una incólume severidad fruto de la penuria o reinventar el ajuste en términos de sobriedad.

    Con todo, en vez de escoger al valiente Régulo o al austero Cincinato, quienes, aparte de ajustarse el cinturón, poseían otras virtudes, han optado por ostentar a un desquiciado y resentido Timón:

    ¡No quiero soportar de ti sino la desnudez, tú, ciudad detestable!

    ¡Carga tú también con ella, colmada de privaciones!

    Timón se marcha a los bosques, donde descubrirá que la bestia más salvaje es menos salvaje que la humanidad. Confundan los dioses -escuchadme, dioses indulgentes- a los atenienses que habitan fuera o dentro de esta muralla;y concedan a Timón que con los años aumente su odio por la entera raza humana, ricos y pobres! Amén.(Shakespeare, Timón de Atenas, IV. i.)

    Timón representa la defección del republicanismo. El republicanismo hecho jirones. Algo así como una resaca de Régulo o Cincinato. Y aun concediendo que sea él quien imperiosamente tenga que salir a la luz (siendo imposible mantenerlo amarrado), este gobierno ni siquiera se toma la molestia de presentarlo de forma poética, maquillándolo un poco más, relatándolo mejor.

     

    Pobre retórica comunicacional

    En vez de echar mano de la épica de Luciano de Samosata o Shakespeare, se contenta con una pobre retórica comunicacional que a duras penas consigue insuflar ánimos siquiera entre sus prosélitos. 

    Después de todo, el quid de la cuestión tal vez resida en que, a semejanza de los relatos, el gobierno actual se acerca a Timón sólo para adularlo en tiempos de elecciones, y luego, durante la gestión, se aleja de él, abandonándolo cual loco en la soledad del bosque.///

     

    Por Santiago Argüello – Doctor en Filosofía e investigador del Conicet

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