La inseguridad, las tecnologías, los hábitos y el impacto en el juego
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Los chicos ya no juegan en la calle, no trepan árboles ni paredones. Cuestiones como la delincuencia, la sobrecarga de actividades extraescolares y los dispositivos electrónicos, parecen ser algunos de los motivos del alejamiento de los niños del patio y las veredas
Asaltos a plena luz del día, arrebatos de carteras en lugares céntricos, individuos que amenazan con armas de fuego a adolescentes para robarles el celular, una bicicleta o incluso la ropa… La inseguridad ha dejado de ser una sensación en la ciudad y mucha gente vive encerrada para evitar convertirse en víctimas de la delincuencia.
Desde hace unos años, la inseguridad que la gente siente en carne propia no sólo se puede ver reflejada en las rejas de puertas y ventanas, también en algo que con el paso del tiempo se ha ido aceptando: las calles vacías de chicos.
Décadas atrás, los chicos jugaban en la calle. Hoy, lo llamativo es precisamente ver a niños jugando en la vereda.
Parece que el juego libre, el que conocimos los más grandes, en exterior, con otros niños, físico, vigoroso y a menudo más peligroso, no exento de riesgos, porque puede implicar trepar paredones o árboles o patinar por las escaleras; ha desaparecido.
Realizar menos juego libre es más seguro, especialmente para la sensación de madres y padres, sin embargo se pierden algunas cosas importantes para el niño. Según dice el investigador del juego Peter Gray, este tipo de juego es «una actividad que es elegida y dirigida libremente por sus participantes, y llevada a cabo como fin en sí misma y no con el objetivo consciente de alcanzar otros fines distintos a la propia actividad».
Es decir, es totalmente opuesto a lo que hoy hacen la mayoría de los chicos en su tiempo libre: las llamadas actividades extra excolares, que por lo general son recreativas, pero en el fondo persiguen un fin: aprender un idioma, adquirir una destreza física, etc.
En el libro “La transformación de la mente moderna”, Jonathan Haidt y Greg Lukianoff explican las virtudes del juego libre: “Los niños que practican el juego libre parecen autoadministrarse unas dosis moderadas de miedo, como si estuviesen aprendiendo deliberadamente a afrontar los desafíos físicos y emocionales de las condiciones moderamente peligrosas que generan. (…) Si se induce demasiado poco miedo, la actividad es aburrida; si se induce demasiado, ya no es juego, sino terror. Nadie, salvo el niño o la niña, sabe cuál es la dosis correcta”.
Falta de calle
“La investigación muestra que jugar puede mejorar las capacidades de los niños para planificar, organizar, llevarse bien con los demás y regular sus emociones. Además, el juego ayuda con el lenguaje, las destrezas matemáticas y sociales e incluso ayuda a los niños a sobrellevar el estrés”, señaló la psicopedagoga y docente Cecilia González,
Recordó que “cuando éramos niños amábamos salir a la vereda, encontrarnos con los amigos y jugar hasta que volvían nuestros padres de trabajar. Hoy en día eso ya no es posible, debido a la situación que se vive. La preocupación de que ‘algo les pase’ ha dejado a los más pequeños encerrados dentro de sus hogares”.
La profesional, que el año pasado fue una de las organizadoras del primer encuentro de psicopedagogas en la ciudad, señaló que “la inseguridad y la situación económica no son solo cosas de adultos, sino también cuestiones que repercuten en los niños”.
“A menudo en el consultorio nos encontramos con padres que prefieren tenerlos dentro de sus casas mirando la televisión y no les permiten salir de ninguna manera: ‘No salgas que te puede pasar algo’, ‘quédate adentro hasta que yo vuelva’, son comentarios habituales que circulan entre el grupo de madres preocupadas por la situación”, explicó.
Afirmó que “cuestiones de este tipo nos hace pensar si realmente no estamos llevando a cabo un acto de ‘maltrato psicológico’ sin darnos cuenta. En el afán de querer cuidar a nuestros hijos, estamos generando un mal aún mayor, donde tristemente se reemplazó ‘las plazas por las pantallas’”.
Incluso va un poco más allá y señala que “la sobreprotección es una agresión, impide que el niño desarrolle hábitos de independencia, no sólo durante su infancia, sino también en la adolescencia. Un niño sobreprotegido es un niño inseguro, que no dispondrá de herramientas para desarrollarse en sociedad. Esto es algo que se va incrementando cada día más, al sobreprotegerlos de lo que les puede llegar a pasar les estamos impidiendo de alguna manera manejar sus emociones ante las derrotas, los fracasos, dando lugar a conductas negativas en los niños”.
Opinó que “compensar la ‘falta de calle’ es algo primordial en estos tiempos en que vivimos, poder ingresar y ser parte de un club de barrio sería una opción posible, ya que el niño crece y se desarrolla en sociedad, en interacción con otros, y de a poco irá aprendiendo que la vida no es solo la del barrio, que hay otras posibilidades, otras personas con las que va a interactuar”.
González señaló que “pertenecer a un grupo desarrolla en el niño ciertas habilidades que le permitirán ser más tolerantes y civilizados en esta sociedad que es cada vez más compleja, por lo tanto, démosle el espacio que necesitan para desarrollarse libremente sin necesidad de sobreprotegerlos”.
El impacto social
La psicóloga Romina Silva Barni señaló que esta falta de juego libre se empieza a “observar cada vez más en las nuevas generaciones por todas estas cuestiones que ponen en alerta a los padres y termina impactando en la relación con los chicos”.
Indicó que la principal consecuencia se observa en “la socialización, porque los chicos dentro de las casas terminan atrapados por las pantallas”.
Por otro lado, al no jugar con otros chicos, en la calle, que siempre fue el lugar encuentro y de socialización, “retrasan la aparición de ciertas herramientas que tarde o temprano van a necesitar adquirir para manejarse en el mundo adultos”.
“Después los chicos se van a estudiar y se encuentran en otra ciudad no sabiendo manejarse en colectivo o incapaces para hacer un trámite solos o ir a reclamar algo”, afirmó la psicóloga.
Esto, agregó, “tiene consecuencias negativas en la independencia y la autonomía de los jóvenes de hoy, que se hallan sin esas habilidades sociales para poder desenvolverse”.
Por otra parte, afirmó, “el miedo de los padres es obviamente entendible, porque la inseguridad es una realidad”.
Pero, agregó, “cuando esos miedos son excesivos y se trasladan hacia los chicos y ellos también empiezan a ser muy temerosos, trae consecuencias para jugar o para hacer cosas de chicos o de adolescentes”.
“El camino saludable tiene que ver con enseñarles a cuidarse. Enseñarles cuáles son los riegos, los peligros, poner límites a los chicos para que ellos después puedan poner sus propios límites. Brindarles herramientas para poder desenvolverse solos en la sociedad”, señaló.
“No es saludable vivir con miedo ni el otro extremo, de no estar atento a los riesgos, lo cual también es peligroso”, dijo Silva Barni.
Por su parte, la psicóloga Lorena Cavalcanti señaló que a pesar de la actual situación, “lo lúdico se puede desplegar igualmente”.
“Es cierto que los chicos requieren mayor control parental, pero los hábitos van cambiando y los chicos se adaptan”, afirmó.
“Si la paranoia es muy grande puede que el niño tenga la percepción de que el afuera es peligroso y se ponga introvertido. Lo mejor es ser equilibrado, acompañar a los niños en cada etapa, sin poner en riesgo su seguridad”, concluyó.///