La izquierda odia la democracia
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En Venezuela, el régimen de Nicolás Maduro «se estabilizó» a través de la censura de todos los medios y la represión cotidiana. Pero está perdiendo fuerza, aunque parezca lo contrario. Los controles de la frontera con Colombia están desbordados y la hambruna puede más
Por Pablo Caruso (*)
A partir de los últimos hechos en Venezuela, el mundo pudo comprobar una vez más —¡como si hiciese falta!— que el socialismo o la llamada izquierda nunca fueron democráticos. Es más, la odian. En Venezuela, el régimen de Nicolás Maduro «se estabilizó» a través de la censura de todos los medios y la represión cotidiana. Pero está perdiendo fuerza, aunque parezca lo contrario. Los controles de la frontera con Colombia están desbordados, la hambruna puede más, y el error desesperado de encarcelar nuevamente a los rivales políticos produce el repudio generalizado. Con estos hechos Maduro tiene los días contados.
Cuestión de tiempo
Que ocurriera este horror en Venezuela era cuestión de tiempo, a nadie le sorprende, ya que un demente ha llegado inexplicablemente a dirigir los destinos de ese país. Claro, si tiene orejas de elefante, trompa de elefante, cola de elefante… ¡es un elefante! Un elefante dentro de un bazar que ha convertido un país ubérrimo en tierra arrasada. Lugar sumido en pena, en territorio yermo, con riquezas indecibles bajo sus pies.
Hugo Chávez, primero y Nicolás Maduro, luego, produjeron hechos tenebrosos que destruyeron una nación. La han despojado poco a poco de sus rasgos, de su identidad, para hacer el «nuevo socialismo». Pero esta situación tiene su talón de Aquiles: la estupidez. La soberbia y la escasez hacen el resto. Es el último escalón. Cuando no queda para repartir, surge su naturaleza maléfica y la pelea entre jerarcas está servida. La izquierda brutal inocula el veneno del odio entre hermanos («divide y reinarás») y la muerte. No tienen más remedio que mantener el poder por las armas, por la violencia. La izquierda nunca fue un movimiento de masas. Siempre ha tomado el poder a través de muerte y sangre. Nunca pudo enamorar a grandes sectores populares, porque no es democrática y se le tiene desconfianza. Los pueblos no son tontos, saben que este invento ha provocado más de cien millones de muertos en el mundo.
Un ideal
La Revolución rusa de octubre de 1917 nació como un ideal de emancipación y fraternidad universal. ¿Cómo pudo transformarse, apenas un día después, en una doctrina del poder absoluto de Estado, que implementó la eliminación de etnias enteras, de grupos sociales y de naciones? Todavía hoy, con su relato, está logrando ocultar el fracaso de ese puchero llamado socialismo, que con distintos ingredientes quiso hacer tragar a los pueblos. La izquierda —la ultraderecha también tiene lo suyo— siempre ha producido más tristeza que felicidad, más terror que bienes de consumo, más hambruna que trigo, más muerte que vida.
Crímenes, terror y represión es lo que mejor saben hacer. Aturden el silencio y la desidia de los gobiernos democráticos, priman los intereses económicos sobre la vida y la libertad —sabemos, los países no tienen amigos sino intereses.
«La vida ha perdido contra la muerte, pero la memoria gana en su combate contra la nada» (Tzvetan Todorov, Los abusos de la memoria).
(*): Periodista, ex columnista de «Ámbito Financiero», «La Gaceta» (España).