La magia de Estambul
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La obra de Orhan Pamuk, escritor turco que recibió el Premio Nobel en 2006. Un enclave asiático y europeo con 15 millones de habitantes y 3 mil mezquitas en su mapa. El influjo de varias civilizaciones
Por MARCELO ORTALE
Colaboración
Ciudad sorprendente Estambul. Desde el avión, de noche, se ve una profusión onírica de luces azules y rojas, blancas y rosáceas, doradas y verdes. Son las marquesinas de sus negocios o el aura amarilla de las 3 mil mezquitas existentes entre sus límites, con sus cúpulas y minaretes. Los viajeros miran en silencio por las ventanillas, como hipnotizados por ese arco iris nocturno. Nadie se extrañaría, ya, si en sobre esa inmensa ciudad viera pasar una alfombra voladora, con un sultán de pasajero.
Ciudad sorprendente Estambul. Antiquísima y recién nacida. Con 15 millones de habitantes tironeados entre una espiritualidad profunda y, a la vez, un materialismo dominante. A toda hora, desde el amanecer, los cánticos islámicos que llaman con parlantes desde las mezquitas compiten con las voces chispeantes de los infatigables regateos en el Gran Bazar.
La peatonal principal, la calle Istiklal, es recorrida diariamente por unos tres millones de peatones. Se trata de un interminable torrente de humanidad, con gentes de todos los colores y culturas. Con muchas mujeres que usan el “burka”, una suerte de túnica que les cubre el cuerpo desde la cabeza a los pies. Y con mujeres globalizadas, vestidas en Zara o H y M,
Sucesor de los grandes poetas del imperio otomano, pero, claro, inmerso en la tradición occidental, el escritor turco Orhan Pamuk (1952), ganador del Nobel de Literatura en 2006 –con obras sobresalientes como El castillo blanco o Nieve- escribió la que hasta ahora parece ser su trabajo cumbre, titulado “Estambul, ciudad y recuerdos”, editado en Barcelona en 2017 por Literatura Penguin Random House Grupo Editorial.
En este monumental retrato de 656 páginas, Pamuk relató su vida hasta los veinte años, edad en la que abandonó sus estudios de arquitectura para dedicarse a escribir.
El escritor, que permanece aún en Estambul, recupera una ciudad entonces más vacía. “Al contrario que en las ciudades occidentales que han formado parte de grandes imperios hundidos-, en Estambul los monumentos históricos no son cosas que se protejan como si estuvieran en un museo, que se expongan, ni de las que se presuma con orgullo. Simplemente, se vive en todo ello”
Pamuk postula en su libro que la “amargura” es el sentimiento que doblega a los estambulíes: “Llega un momento en que, mires donde mires, la sensación de amargura se hace tan patente en la gente y en los paisajes como la bruma que comienza a moverse poco a poco en las aguas del Bósforo las frías noches de invierno cuando de repente sale el sol”. Según muchos críticos y colegas, no se trata en realidad de amargura, sino de una suerte de nostalgia o saudade, propia de quienes esperan que pase algo y no saben bien qué.
Los turcos sienten que sobre su sangre y sus memorias pesan la civilización griega, la romana, la otomana y el legado de Mustafá Kemal Atatürk, fundador de la moderna república de Turquía a principios del siglo pasado, un reformista que liberalizó las costumbres, sancionó el voto femenino y ordenó en 1928 la vigencia del alfabeto latino en lugar del antiguo otomano, un cambio traumático que, sin embargo, en poco tiempo se tradujo en un crecimiento notable del índice de alfabetización en el país.
Lo cierto es que Pamuk, que dicta cátedras en Estados Unidos, no abandonó nunca Estambul. Su compenetración con la ciudad es total. En la contratapa de su libro dice el editor barcelonés: “Como el Dublin de Joyce y el Buenos Aires de Borges, el Estambul de Pamuk es un victorioso y conmovedor encuentro entre un lugar y la sensibilidad de un gran autor”.
Lo afirma el propio Pamuk: “Hay autores, como Conrad, Nabokov o Naipaul, que han conseguido escribir con éxito cambiando de lengua, de nación, de cultura, de país, de continente e incluso de civilización. Y sé que, de la misma forma que su identidad creativa ha ganado fuerza con el destierro o la emigración, lo que a mí me ha determinado ha sido permanecer ligado a la misma casa, a la misma calle, al mismo paisaje, a la misma ciudad. Esa dependencia de Estambul significa que el destino de la ciudad era el mío porque es ella quien ha formado mi carácter”.
Pamuk vive en Estambul pero desde hace mucho tiempo enfrentó serios problemas con las autoridades del Estado turco, a las que denunció por las persecuciones de armenios y de kurdos, así como por la falta de libertades en su país, en la actualidad gobernado por Recep Tayyip Erdogan. Este dirigente, presidente electo en 2014, es considerado impulsor de una política pujante que colocó a Turquía entre las veinte economías más fuertes del mundo, aunque, por contrapartida, se lo acusa de diversos tipos de intolerancia religiosa y política.
De acuerdo a sitios periodísticos, se estimaba que al menos 146 periodistas –el número varía, jornada tras jornada- se encuentran presos en Turquía, la mayoría de ellos por el estado de emergencia impuesto después de un intento de golpe. Un cable de Infobae informó hace poco que ‘’Turquía ocupa el puesto número 157 en el mundo en libertad de prensa por Reporteros sin Fronteras, que dice que el gobierno ha tomado cada vez más el control de los medios de comunicación y es el mayor encarcelador de periodistas profesionales del mundo’’.
LA CIUDAD LITERARIA
No habla de la ciudad monumental, Pamuk. Casi no alude a la Estambul imperial, la turística y sorprendente, sino de la que el respiró cuando niño, la de siempre: “A veces la ciudad se convierte en un lugar completamente distinto. Los colores de las calles que a uno le hacen sentirse en casa desaparecen de repente; súbitamente comprendo que las mismas multitudes que tan misteriosas me parecen cada vez que las veo, en realidad llevan siglos errando sin rumbo por las aceras”.
“Todos los parques se transforman en un momento en eriales fangosos e insípidos, las plazas cubiertas de postes eléctricos y paneles publicitarios en fríos espacios de cemento y la ciudad en un lugar tan completamente vacío como mi alma. La suciedad de los callejones, el hedor que se extiende desde los contenedores de basura abiertos, los infinitos socavones en calles y aceras, las subidas y bajadas, todo ese desorden, esa confusión y ese caos que convierten Estambul en ella misma, me provocan la impresión de que no es la ciudad la insuficiente, mala y deficiente, sino mi vida y mi alma”.
Sigue escribiendo Pamuk: “Es como si la ciudad fuera para mí un castigo merecido y yo algo que la contamina. Cuando una profunda tristeza y una intensa amargura se filtran en la ciudad, a mí y de mí a la ciudad, noto que ya no queda nada que hacer: yo, como la ciudad, soy un muerto viviente, un cadáver que respira, un miserable condenado a la derrota y a la suciedad, tal y como me lo hacen notar las calles y las aceras. En esas ocasiones, así, ni siquiera me da la más mínima esperanza ver al Bósforo, que se estremece como un pañuelo azul por entre edificios de cemento nuevos y feos que se desploman sobre mí con todo su peso.
Entonces, como el estambulí veterano…siento que por las calles invisibles a lo lejos se me está acercando lo peor, el auténtico y destructivo sentimiento de amargura y como cualquiera que preferiría pasar en su hogar una catástrofe, la muerte, un terremoto o una tormenta de poniente, a mí me gustaría regresar de inmediato a mi casa”.
Ciudad sorprendente y mágica Estambul. Enclavada entre dos continentes, fraguada por diferentes razas y culturas. Con millones de pragmáticos y millones de soñadores. Con un escritor que sigue creyendo y creando en ella.