La peligrosa retórica de Trump por Corea del Norte
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La gran pregunta tiene que ver con cuál es el límite aceptable de la retórica amedrentadora y chabacana, si se tiene en cuenta que Donald Trump no es un troll de los tantos a los que nos tienen acostumbrados las redes sociales
Por Irma Argüello (*)
Cuando Trump se dirige al dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un catalogándolo de «pequeño hombre cohete» y anticipa la posible destrucción completa del citado país en caso de ser agredidos, los Estados Unidos y el mundo entero miran con perplejidad. Cuando el mismo presidente, que tiene poder de decisión sobre dos mil armas nucleares que pueden ser disparadas en menos de cinco minutos, hace ver a su secretario de Estado, Rex Tillerson, como sucedió hoy por Twitter, que está perdiendo su tiempo tratando de negociar con ese «pequeño hombre» y a la vez descree de la efectividad de «ser amable» con él si no ha funcionado antes, no solamente los Estados Unidos sino también el mundo pueden estar caminando hacia un abismo con consecuencias imprevisibles.
La gran pregunta tiene que ver con cuál es el límite aceptable de la retórica amedrentadora y chabacana, si se tiene en cuenta que Donald Trump no es un troll de los tantos a los que nos tienen acostumbrados las redes sociales, sino el mismísimo presidente de los Estados Unidos, quien puede ordenar en cualquier momento un ataque «preventivo» a Corea del Norte u otro país, que involucre armas convencionales o nucleares. Si Trump habla en serio o es una estrategia de distracción, en el fondo poco importa.
El propósito y el real costo-beneficio
Sea una cosa u otra, lo primero que debería analizarse es el propósito y real costo-beneficio de este tipo de acciones. Yo tengo mi opinión al respecto y es altamente desfavorable. Es que los estrategas ya han estudiado a fondo que toda acción militar preventiva o punitiva hacia el régimen de Corea del Norte, sea convencional o nuclear, sea extensa o concentrada en descabezar la cúpula gobernante o en inutilizar las instalaciones nucleares, de misiles o militares convencionales tendría un altísimo costo en vidas propias y ajenas, dada la especial situación geopolítica de la zona.
Un dato clave es que Seúl, la capital de Corea del Sur, un paradigma de modernidad con 10 millones de habitantes, se encuentra a 48 kilómetros de la frontera. Otro no menor es que se adjudica una probabilidad de éxito del 50% a las defensas antimisiles hoy instaladas para su protección y en particular del moderno sistema THAAD (Terminal High Altitude Area Defense), con lo cual se supone que ve verían desbordadas frente a un ataque intensivo por parte de Kim Jong-un.
Un reciente estudio indica que una guerra convencional en la península de Corea arrojaría alrededor de 20 mil bajas por día, a ambos lados del paralelo 38. Si Pyongyang detonara una bomba termonuclear similar a la del último ensayo del pasado 3 de septiembre, el número de muertos en Corea del Sur podría llegar a 500 mil, además de un número de heridos que superaría el millón. Esto incluiría vidas estadounidenses, ya que hay estacionados 28 mil efectivos, y viven y trabajan otros 120 mil inmigrantes. Además de los catastróficos efectos en el lugar, la disrupción global en todos los órdenes, incluido el económico sería de una magnitud difícil de cuantificar, sobre todo ante la perspectiva de un conflicto bélico en el que tomen partido otras potencias mayores.
Ser responsable en los hechos
Sin dudas se trata de un escenario cuya concreción debe evitarse por todos los medios. Ante tal contexto y contradiciendo al presidente Trump, no se trata de ser amable con el contendiente, sino de ser responsable en los hechos y en los dichos, que pueden terminar moldeando tales hechos.
Lo que es seguro es que la agresividad retórica crea un clima de tensión y de sobreexigencia para el conflicto que incrementa la posibilidad de errores y de malas decisiones. El Presidente de los Estados Unidos no debería actuar en ninguna circunstancia como un boxeador que amenaza y humilla a su rival ante los medios en vísperas de una pelea importante, y menos en este caso, con un adversario extremadamente firme en sus convicciones y con bastante inmunidad a la disuasión.
Es claro que la única salida aceptable a este conflicto es una negociación a nivel político, en la que los Estados Unidos tejan acuerdos previos sólidos con China sobre todo y con Rusia, con respecto a los pasos y los límites para una negociación mayor que involucre a todas las partes. Dichas potencias, con mayor cercanía al régimen, deberían oficiar como facilitadores del proceso.
Mientras tanto, la consternación en el país del norte por las acciones de la administración Trump alcanza hoy niveles sin precedentes, aun entre sus votantes más firmes. La crisis política es de tal magnitud que la palabra «impeachment», o sea, destitución, aunque muy difícil de concretarse en la práctica, circula cada vez más con fuerza entre la ciudadanía y también entre la dirigencia, y lo hace en forma transversal entre demócratas y republicanos. El estilo Trump ha sacado a la sociedad de Estados Unidos de su zona de confort y la ha puesto en un nivel de crispación pocas veces visto.
Debilita a los Estados Unidos
También es grave que la situación debilita a los Estados Unidos, tanto en el frente interno como el externo, minando su credibilidad internacional y aumentando su vulnerabilidad hacia otras amenazas, como, por ejemplo, el terrorismo transnacional. Es que, en el mundo global, todo tiene que ver con todos. Específicamente respecto del conflicto con Corea del Norte, nadie desea una nueva guerra y menos con posibilidad de uso de armas nucleares, y más aún cuando las instancias de negociación todavía no han sido exploradas a fondo y menos agotadas.
En virtud de que la ventana de oportunidad para dicha negociación se va cerrando paulatinamente, es esencial que el presidente Trump tome con celeridad las medidas necesarias para reorientar el conflicto hacia un diálogo en los términos planteados, dejando de lado su tendencia a las provocaciones públicas inconducentes, que sólo agravan la situación. Así hicieron John F. Kennedy y Nikita Khrushchev para neutralizar la crisis de los misiles cubanos en 1962 y funcionó. Tomar ese camino ahora no sería leído como un signo de debilidad sino de suma inteligencia y como un paso enorme para reducir la inseguridad global.
(*): Presidente de la Fundación NPSGlobal.