La pobreza que vuelve a golpear la puerta
Este invierno Necochea y Quequén parecen mostrar señales de una demanda social creciente. Comedores, parroquias, organizaciones y vecinos describen, además de lo que aporta el Estado municipal, una realidad que interpela. Es cuando conseguir comida vuelve a ser una preocupación cotidiana. Y entender al otro deja de ser una consigna para convertirse en una obligación humana
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Por Jorge Gómez
Para Ecos Diarios
Hay temas que aparecen en las estadísticas y hay otros que primero se muestran en la calle. Antes de que un indicador oficial confirme una tendencia, antes de que una universidad publique un informe o que una oficina estatal ordene los números, hay señales que empiezan a repetirse. Son escenas pequeñas, conversaciones breves, pedidos que se multiplican y una sensación que empieza a instalarse.
En Necochea y Quequén este invierno parece venir acompañado de algo más que frío.
No alcanza con decir que hay dificultades económicas. Hay quienes observan una profundización de situaciones de vulnerabilidad que ya se insinuaban durante el otoño y que ahora parecen adquirir otra dimensión. No es una conclusión estadística. Es una percepción que surge de quienes todos los días reciben, escuchan, acompañan y contienen.
Una de esas voces es la de Elida Mabel “Negri” Roldán, integrante del Comedor Mateo, situado en el barrio Aguas Corrientes. “Hay gente que esta noche no va a comer”, dio cuenta.
El dato que compartió tiene una potencia difícil de ignorar. Ya no se acercan solamente personas buscando ropa, una frazada o alguna ayuda puntual. Cada vez más llegan preguntando directamente por comida.
Comida. La palabra pesa. Porque cuando una familia empieza a organizar su semana alrededor de cómo conseguir el próximo plato, hay algo que dejó de funcionar.
Algo parecido describen desde distintos espacios religiosos y comunitarios. El padre Gonzalo Domench, desde la Parroquia Santa Teresita -por citar uno de los tantos testimonios colectados- cuenta que la demanda de personas que se acercan a pedir ayuda se volvió más intensa. No se trata únicamente de una necesidad material. También brota otra pobreza, menos visible, o sea la necesidad de hablar, de ser escuchados, de no sentirse solos.
En algunos espacios comunitarios aparece además otra preocupación que suele caminar en silencio. Junto con la falta de ingresos, la incertidumbre y el aislamiento, empiezan a hacerse más visibles situaciones vinculadas al consumo de alcohol y drogas. No como una explicación automática de la pobreza ni como un fenómeno exclusivo de quienes menos tienen -porque atraviesa todos los sectores sociales-, sino como una señal que muchas veces aparece asociada al desgaste emocional, la pérdida de horizonte y la fragilidad de ciertos vínculos. También allí surge una demanda menos visible, la de ser escuchado, ser acompañado y encontrar alguna salida antes de que el problema se vuelva más profundo.
Desde Cáritas -por nombrar la que funciona en Santa María del Carmen, aunque la situación se repite en distintas parroquias de Necochea y Quequén- señalan un incremento de familias que reciben bolsones de alimentos y distintos tipos de acompañamiento.
Y cuando aumenta la cantidad de personas que necesitan asistencia básica, conviene detenerse. Porque detrás de cada bolsa entregada hay una historia.
Hay trabajadores informales que dejaron de llegar a fin de mes. Jubilados que cuentan cada gasto. Familias que sostienen alquileres difíciles. Hogares donde calefaccionar una pieza significa resignar otra necesidad. Casas de chapa. Pisos de tierra. Ambientes donde el frío entra por las paredes y donde la noche del invierno no se parece en nada a la de quienes pueden cerrar una ventana y encender un calefactor.
También se exponen situaciones más extremas. La presencia de personas en situación de calle ya no es una imagen excepcional. Y aun cuando los números puedan discutirse o variar, hay escenas concretas que existen y que conmueven.
Los viernes de madrugada, en la Parroquia del Carmen, numerosas personas llegan para bañarse, desayunar, cambiarse la ropa y descansar unas horas. No arriban allí buscando comodidad. Lo hacen buscando algo elemental.
Mientras tanto, vecinos describen una escena que se repite más seguido. Gente pidiendo en semáforos, golpeando puertas, ofreciendo algún producto para conseguir unos pesos o directamente solicitando algo para comer.
Aquí aparece una dificultad enorme. Para quien tiene una mesa servida todos los días, una casa calefaccionada y alguna estabilidad económica, comprender la experiencia cotidiana de la pobreza no es sencillo.
No porque falte sensibilidad. Sino porque la pobreza modifica el modo de pensar el tiempo, el futuro y hasta la dignidad. Cuando falta lo básico, desaparecen muchas preguntas que el resto considera normales. El problema deja de ser progresar. Pasa a ser llegar.
Y en medio de ese escenario aparece una pregunta incómoda para la política local.
Entretanto oficialismo y oposición discuten el conflicto de poderes, el alcance de las ordenanzas, las facultades institucionales y los límites de cada decisión administrativa, cuesta encontrar con la misma intensidad una conversación pública sobre la situación social que atraviesa este invierno.
No se trata de negar la importancia de las instituciones ni de minimizar el debate democrático. Las reglas importan. Y mucho. Pero también es legítimo preguntarse si hay temas que deberían ocupar en este presente el primer lugar de las prioridades.
Porque a medida que se discute qué resolución vale más o quién tiene razón en una disputa política, hay vecinos cuya discusión cotidiana es otra. Es cómo llenar la heladera, cómo pagar el alquiler, cómo calefaccionar una habitación o cómo llegar a fin de mes.
Para muchos sectores de menores ingresos la inflación que se informa no siempre coincide con la inflación que sienten. Porque cuando gran parte del ingreso se destina a alimentos, servicios básicos y gastos esenciales, cualquier aumento se percibe con otra intensidad.
Tal vez en ese marco existe una señal para toda la dirigencia. Que por encima de las diferencias políticas y de las discusiones institucionales, el desafío urgente siga siendo el mismo de siempre. Crear condiciones para generar trabajo, sostener redes comunitarias y evitar que cada invierno encuentre a más personas golpeando puertas para pedir algo tan básico como un plato de comida.
Cuando el mundo habla de inteligencia artificial, de algoritmos, de teléfonos cada vez más inteligentes, de grandes inversiones, de productividad y de velocidad, persiste una pregunta antigua y profundamente humana ¿Qué hacemos con el que quedó atrás?
Los países enteros discuten inmigración, fronteras y crecimiento económico; mientras líderes políticos proponen modelos opuestos; cuando la agenda pública gira hacia posibles obras, inversiones o grandes proyectos, hay una realidad silenciosa que vuelve una y otra vez. Es la pobreza que sigue golpeando la puerta.
Y entonces aparece una tensión que ninguna ideología resolvió completamente. ¿Cuál es el lugar del Estado? ¿Cuál es el lugar de la sociedad?
Porque un Estado nacional que se desentiende de jubilados, personas con discapacidad o sectores vulnerables deja una pregunta abierta sobre el sentido mismo de la comunidad política. Pero también una sociedad que espera que todo lo haga el Estado empieza lentamente a perder músculo solidario.
Durante décadas existió una Argentina donde el vecino conocía al vecino. Donde la cooperadora escolar era un punto de encuentro. Donde las parroquias, los templos evangélicos, los clubes, las asociaciones barriales y tantas instituciones anónimas sostenían redes silenciosas de ayuda.
Eso sigue estando. Quizás menos visible, sin cámaras, sin discursos. Está en quien arma una colecta, en quien cocina, en quien acerca una frazada, en quien escucha y en quien visita. En quien no pregunta a quién vota el que necesita.
Y ahí aparece una dimensión que el cristianismo viene repitiendo desde hace siglos. La pobreza nunca puede convertirse en paisaje.
El papa Francisco habló muchas veces de la “cultura del descarte”. Esa lógica por la cual algunas personas dejan de ser consideradas valiosas porque ya no producen, no consumen o no encajan en el ritmo del éxito. Y también dejó una idea que vale recuperar: nadie se salva solo.
No se trata de romantizar la pobreza ni de convertir la ayuda en una excusa para no transformar. Se trata de recordar que detrás de cada persona hay una dignidad que no depende del ingreso, del trabajo ni de la utilidad económica.
Tal vez el desafío siga siendo no acostumbrarnos. No aceptar que el frío, el hambre, la soledad o la exclusión formen parte del paisaje. Porque el progreso no se mide solamente por obras o inversiones. También se mide por cómo tratamos al que tiene menos. Y una comunidad se reconoce, sobre todo, en la forma en que acompaña a quienes hoy más necesitan ser vistos y escuchados.
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