La reforma judicial no arregla nada, profundiza la grieta
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El proyecto no apunta a reparar nada de lo que necesitamos reparar. Lo único que han logrado con el anuncio es generar una enorme confusión
Una modernización y transformación del sistema judicial debería ser, en todos los casos, oportuna y bienvenida. Sin embargo, la reacción que ha provocado el anuncio del Presidente de la Nación y el apurado tratamiento en el Senado, solo han merecido observaciones, críticas, reservas y rechazos desde distintos sectores sociales.
No queda acotado a la oposición política. Los primeros detractores se hicieron oír nada menos que a través de pronunciamientos judiciales que diversos ámbitos aprobaron con la unanimidad de sus integrantes. Eso explicó también por qué, esos mismos, no fueron convocados a integrar un grupo de análisis y consulta sobre las reformas que se pretenden. Me refiero al Consejo constituido luego de que se enviara al Congreso el tan mentado proyecto de reforma.
Ese consejo aparece deslegitimado por esa misma razón: ya no podrá decir que no le gusta lo que propone el Presidente (tal vez hasta ya se encuentre aprobado cuando ellos emitan su dictamen). Los miembros de esa comisión son los notables elegidos por el jefe del Gobierno. No hay sillas para los representantes de los magistrados: ni jueces, ni fiscales ni defensores tienen una voz delegada para hacer saber sus opiniones. Tampoco los abogados ni sus colegios, foros o federación argentina. Ni las academias o las facultades de derecho. Aunque claro, no es menor, ser los elegidos de quien impulsa los cambios.
Se ha omitido trazar un diagnóstico sobre el cual fijar los objetivos. La falta de claridad respecto de estos es lo que ha abierto un sinfín de manifestaciones fundadas en la duda (por lo menos) sobre lo que se pretende.
Falta de consenso
Pero la más grave complicación que tiene esta iniciativa es la falta de consenso sobre sus fines, contenidos, forma y oportunidad. Pone el proyecto en el limbo de mayorías insuficientes y débiles. Y profundiza aún más las distancias a las que se viene sometiendo a una sociedad cada vez más agrietada como consecuencia de las ventajas políticas que, en la grieta, obtienen los pretendidos oponentes. A algunos les ha ido bien con estas estrategias. A la Argentina le viene yendo bastante mal por el camino de la confrontación. Y esta reforma solo profundiza esa situación. En el mejor de los casos, el oficialismo podrá aprobar su proyecto de ley con una mayoría ajustada. Volverán a dividir por mitades el Congreso y también la calle. ¿Y para qué? Para nada, porque ningún cambio, ningún progreso para mejorar la vida de argentinas y argentinos, habrá traído esta nueva pelea que han empezado a dar a los empujones. No siempre se dan cuenta de cuáles son las causas o los fines por los que vale la pena pelear en esos términos.
Presidente debilitado
Nace mal. No seguirá mejor. Y eso debilita al Presidente en momentos en que lo necesitamos fuerte, firme. Porque son demasiadas las tareas que estamos esperando de su equipo.
No estamos bien. Hay severas dificultades en nuestra economía, las que existían antes de la pandemia que las dejó al desnudo. Necesitamos que pueda estar tranquilo para ocuparse de reactivar la actividad económica y productiva, la generación de empleo, la mejora en la calidad de la educación. Hay que priorizar el debate sobre el futuro, pero hay que empezar a cambiar el presente de los que peor lo están pasando. Hay que recuperar la moneda, bajar la inflación y sobre todo, recuperar confianza social en las instituciones.
El Presidente debe estar firme y fuerte para enfrentar la corrupción que es un sistema demasiado enquistado en nuestras estructuras estatales y también privadas. Y no es con esta reforma.
Hay que cambiar el rumbo de la Argentina que lleva demasiados años tolerando la impunidad. Porque eso genera desaliento, perturba la convivencia, espanta inversiones y promueve incumplimientos y violación de las normas para volvernos cada vez más anómicos. Diría volviéndonos cada vez más indiferentes y pusilánimes. Y eso también nos hace cada vez menos humanos.
Si no logramos ver qué nos ha pasado con tanto político, pariente, secretario y asistente enriquecido sin poder justificar su fortuna, tampoco tendremos ojos para ver a todos los que por igual motivo, fueron privados de una atención adecuada, un maestro mejor pago, un salario en blanco, una vivienda digna. No hay vuelta con esto: a mayor corrupción con impunidad, mayor será la desigualdad frente a la ley y frente al destino que a cada cual le toque.
Es tiempo de la innovación, de volcar la tecnología -ya incorporada de manera definitiva en nuestras vidas- para tener un sistema institucional y especialmente de justicia, más ágil, eficaz y transparente. Acortemos los procedimientos para terminar con las exigencias de las múltiples instancias que hacen ilusorio el escarmiento de los criminales. Promovamos el cumplimiento de la Constitución desde la primera hasta la última de sus cláusulas, para que todas las personas tengan asegurado el ejercicio efectivo de todos sus derechos, para que el Estado les garantice a todas el derecho al ambiente sano y a la compensación por el daño, para poder integrar todo nuestro territorio mediante un federalismo cooperativo que acorte una de las brechas de desigualdad más inconcebibles por el lugar donde se nace. Llevemos la gestión y el debate parlamentario hacia esos y tantos debates fundamentales que nos debemos y que seguimos postergando.
Esta reforma no va a reparar nada de lo que necesitamos reparar. Al menos deberían empezar reconociendo que lo único que han logrado con el anuncio es generar una enorme confusión. Algo de eso se vio en una marcha multitudinaria pero con consignas no tan claras.
La reforma del funcionamiento del sistema judicial seguramente es necesaria. Hay que escuchar a quienes se encuentran ahí adentro. Encontrar los puntos comunes para saber qué es lo que se debe cambiar y de qué modo hacerlo, poniendo las prioridades donde corresponda y renunciando a seguir profundizando la fractura. Puede hacerse bien.///
Por Margarita Stolbizer-Presidenta del partido GEN