Las batallas de Mariel
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Cada verano se repite el ritual de regresar a Necochea. Aquí nací, aquí me quedan un puñado de afectos y aquí está ese mar al que vuelvo cada año para sentir que estoy nuevamente en casa. Pero otro ritual bastante menos placentero se convirtió en parte de mis retornos: evaluar por dónde bajar a la playa con mi hija Mariel, que tiene una discapacidad y algunas dificultades motrices. Aunque con una pequeña ayuda Mariel logró caminar por sus medios, llegar a la orilla puede transformarse en una epopeya: no existe en Necochea ninguna playa pública con adecuada accesibilidad.
Durante varios años elegimos las playas cercanas al antiguo muelle de pescadores, pero a medida que Mariel comenzó a crecer se fue volviendo más complicada la vuelta cuesta arriba y con la arena hirviente. Resolvimos buscar otras alternativas. Pagamos diariamente el estacionamiento privado del resto-bar Sotavento y usamos para bajar unas escaleras que se presentaban relativamente amables. Cómo nadie las mantenía pronto comenzaron a taparse de arena. No sirvieron de mucho nuestros reclamos: era elemental que el concesionario del lugar se ocupara al menos del mantenimiento y la limpieza. Cuándo retornamos la siguiente temporada las escaleras habían desaparecido bajo la arena.
El anuncio en el año 2010 de que el gobierno provincial comenzaría la construcción de un “parador integrador” frente al Casino, abrió un nuevo capítulo para esta crónica. Pensamos que finalmente Necochea tendría playas públicas accesibles para personas con discapacidad o cualquier afectación motriz. El desencanto llegó muy pronto: lo único que se ofrecía era una silla anfibia.
Recién en 2015 con financiamiento del Rotary se instaló una rampa de madera en el balneario Neptuno. Durante un tiempo adoptamos ese lugar. Sin embargo cada año la rampa se instalaba más tarde -7 u 8 de enero- y cada vez era más corta porque algún paño de madera se rompía y no era reemplazado.
Sería ingrata si no mencionara a quienes con su amabilidad intentaban resolver carencias tan básicas: en el medio del caos de autos del mes de enero, Juan se encargaba de garantizar un estacionamiento cercano a la rampa. Y el grupo de guardavidas del Neptuno siempre estuvo atento para llevar a Mariel en la camioneta municipal y evitar una caminata larga y trabajosa.
Escribo estas líneas el 6 de enero de 2020: la rampa del Neptuno fue reemplazada por una todavía más precaria alfombra. En estos días pagué –a diferencia de tantos otros que no tienen la posibilidad de hacerlo- $150 pesos para dejar mi auto en el estacionamiento de un balneario privado que tiene buen acceso a las playas. Así las cosas.
Agradezco al lector si llegó hasta el final de este relato. Un ejercicio que considero imprescindible para poner en práctica eso que llamamos empatía: es decir la capacidad de identificarse con los otros. O podríamos decir, de mirarse en el espejo de la vulnerabilidad humana. No todos los cuerpos son autoválidos, hay cuerpos otros que aspiran al disfrute.
Derecho cercenado
Todas las bajadas publicas sin excepción, son una vergüenza y cercenan el derecho al goce de ese formidable bien común que Necochea puede ofrecerle a quienes la habitan o visitan y son personas con cualquier tipo de discapacidad eventual o temporaria, adultos mayores o personas con afectaciones motrices.
Hasta ahora tanto el estado provincial como el municipal han practicado la cínica política del “como si”: tenemos un parador que de “integrador” sólo tiene el nombre y una lastimosa media rampa.
El quebranto económico de las finanzas públicas no puede ser excusa: es evidente que otras obras menos relevantes en términos de derechos han podido concretarse.
La demanda que aquí se plantea es innegociable y debería ser una prioridad para la Secretaría de Planeamiento de un municipio que aspire a garantizar ciudadanía. Actualmente sólo “los clientes” pueden llegar dignamente a la playa. Necochea y su gente nos seguirán convocando, Mariel es feliz aquí. Espero que llegar al mar no sea para ella otra batalla. ///
Por Ana Cacopardo (periodista y documentalista)