Las paradojas de una ciudad industriosa
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La generación de empleo parece ser la única salida para la situación en la que se encuentra el distrito. En ese escenario, Necochea debe recuperar el espíritu industrial que la caracterizó desde sus inicios
Las malas administraciones municipales, los cambios de hábitos en el turismo, los vaivenes de la política nacional, la globalización y algunos cuantos factores más, han llevado a Necochea a momento histórico donde la única solución parece ser el crecimiento.
En una semana marcada por la decisión del Departamento Ejecutivo de incrementar las tasas para poder hacer frente a los gastos del municipio, la pregunta parece ser cómo los vecinos podrán afrontar estos nuevos costos con los mismos ingresos.
La generación de empleo parece ser la única salida, sin embargo, este tema está lejos de los discursos políticos. No se podrá generar empleo si en la ciudad no se radican nuevas empresas.
Se puede pensar que Necochea no es viable en la actualidad para instalar una empresa, pero lo paradójico es que muchos años atrás, con muchos menos recursos, la ciudad tuvo industrias.
La ciudad produjo desde fósforos y harina, hasta maquinaria agrícola, barcos y por supuesto, una gran variedad de productos pesqueros.
Espíritu industrioso
Una de las primeras industrias que existieron en esta zona, en los años de la fundación, fueron los hornos de ladrillo, de los cuales fueron saliendo uno a uno, simbólicamente, los componentes de la ciudad.
Si bien no se sabe con precisión cuál fue el primer horno, los primeros antecedentes mencionan a uno que explotaban los hermanos Andrés y Victorio Fontana, quienes vinieron de Ayacucho.
Otras informaciones dan cuenta del horno de José Ignacio Galparsoro, cuyo asentamiento databa de años antes de la fundación.
Pero la incidencia del medio rural marcó el camino que debería tomar la radicación industrial en Necochea, y así fue como apenas tres años después de la fundación, comenzaron en 1884 a levantarse los cimientos de un gran molino a Vapor Cilindros, cuyo propietario fue Julián Gámez. La industrialización de la producción primaria impulsó notablemente la siembra y, de tal modo, en poco tiempo más se superó la cifra de 30.000 fanegas de trigo en el distrito.
En 1908 surgió la primera compañía de electricidad a partir de ese molino.
Otras industrias pioneras en los albores de Necochea fue la fábrica de carruajes, fundada en 1893 por Juan Lafforgue, mientras que aparecieron los primeros establecimientos de quesos y lecherías, como los de Pedro y Angel Redolatti; y la talabartería de Luis Arigotti.
En 1930 se reflejó el impulso de Kristian F. Bork en una fábrica de hielo, la cual era una de las más modernas en el país.
Para esa época funcionaba una fábrica de bebidas gaseosas bajo el rubro Antonio Gatto y Cía., además de herrerías artísticas de obra como la de Filippini y de Pedro Tavano.
Con los años la ciudad contó con una gran industria pesquera, astilleros y fábricas dedicadas a la elaboración de otros productos de primera necesidad, como harina, o elementos para las tareas agrarias, como postes para alambrados.
La fábrica de fósforos
En 1924, Donato D´Angelo fundó en nuestra ciudad la fábrica de fósforos Necochea. Allí se elaboraban los fósforos Pique y Las 3 Marías.
La fábrica funcionaba en la calle Amadeo Muñoz 250 (actual calle 22) y dejó de funcionar durante unos años, debido a problemas de salud de su fundador.
Pero unos años después, Emilio Donato, animoso y dinámico hombre de empresa, adquirió la fábrica y la puso en marcha el 25 de septiembre de 1932. De la parte técnica y la dirección del personal se hizo cargo su hijo, Emilio F. Donato, quien al igual que su padre, trabajaba con optimismo y fe.
Años más tarde, la fábrica se encontraba en crecimiento y producía las cajas Pique de 70 y 35 fósforos y Las 3 Marías de 90 y 45 fósforos.
Las marcas lograron imponerse rápidamente en el comercio local y tenían gran aceptación en Lobería, Tres Arroyos, Balcarce, Juárez, Gonzales Chaves y otras localidades de la región.
Según testimonios de la época, los fósforos de la fábrica local, no tenían “nada que envidiar a las mejores marcas de Buenos Aires”, pues eran elaborados con materiales de primera calidad y con esmero.
Un símbolo
Transcurría el año 1938 cuando un necochense de 26 años patentó una máquina hileradora, que por su carácter especial, y según los resultados obtenidos con los modelos hechos como ensayo, ofrecía ventajas tan importantes sobre las máquinas similares comunes que, de antemano, podía asegurarse el éxito que tendría en el levantamiento de cosechas de cereales y forrajeras en general.
El invento de Rodolfo Ardanaz era el inicio de una de las industrias locales con mayor trascendencia a nivel nacional.
Hijo del agricultor Gumersindo Ardanaz, el joven no tardó en convertirse en la cabeza de un establecimiento industrial que aún hoy, décadas después de su cierre, es un símbolo de la ciudad.
Esto se debía a que estaba dotada de medios que permitían el reglaje de la altura de la plataforma de manera que ésta podía variar de acuerdo con los accidentes del terreno en que actuaba, todo mediante una simple maniobra de palanca al alcance del piloto, quien podía realizar el comando sin ningún esfuerzo, gracias a la forma que estaba compensada y equilibrada dicha plataforma.
Luego seguiría una larga lista de invenciones a cargo de este necochense vital y cuyo nombre lleva, como merecido homenaje, la calle 64 de nuestra ciudad, calle frente a la cual se levantó la Gran Galería Central, otra de las obras debidas al gran tesón, empeño y voluntad de Rodolfo Ardanaz, a quien secundarían sus hermanos y Juan Carlos Lafforgue.
Industria naval
Nuestra ubicación frente al mar, junto al caudaloso Río Quequén, impulsó otro tipo de industria que no era necesariamente la relacionada con el campo.
La hoy desaparecida industria naval, tuvo como su principal exponente al Astillero Vanoli, ubicado sobre la margen izquierda del río. Este astillero, en el que hoy sólo se realizan reparaciones, comenzó su actividad en junio de 1954.
Desde los tímidos comienzos, reparando pequeñas lanchas, de pesca costera (las clásicas lanchitas amarillas), se fue avanzando en tecnología, hasta alcanzarse la producción de modernos y muy completos pesqueros de media altura, y luego pesqueros ya de altura, dotados de todos los adelantos de la navegación, incluyendo elementos electrónicos y de alta sofisticación
Desde su muelle se votaron los pesqueros Rigel, San Genaro, para una armadora uruguaya; Natale, para la flotilla pesquera local Mar Cantábrico I para el Uruguay; María Luisa 1º, Esol y la lancha multipropósito Hormonita, con destino a Chile.
La lista precedente incluye sólo algunos nombres a exclusivo título de ejemplo, pues son muchas más las embarcaciones que dejaron las gradas de astillero Vanoli, que pudiera ampliar su capacidad y comodidad operativa a partir del año 1971, cuando se inauguró el puente Ezcurra.
Es que anteriormente, el puente de servicio de ferrocarril que sirvió de base al Ezcurra, limitaba a la altura de las embarcaciones y, en consecuencia, Vanoli debía completar sus barcos en el espigón ubicado en el sector de la pileta o antepuerto.///