Las PASO en el país de los debates interminables
Los cambios en el sistema electoral no deben hacerse para solucionar los problemas de la clase política
En los últimos días trascendió que un sector del oficialismo estaría explorando la posibilidad de suspender para las próximas elecciones generales a nivel nacional las Primarias Abiertas y Simultáneas (PASO) que, de acuerdo con el calendario electoral habitual, deberían realizarse durante el mes de agosto del año próximo.
Si bien, a priori, y en función de algunas reacciones negativas tanto en el oficialismo como en la oposición, pareciera ser difícil de alcanzar el necesario consenso para avanzar en una decisión de esta naturaleza, vale la pena analizar una intención que, una vez más, muestra el profundo hiato que separa las agendas de gran parte de la clase dirigente de las preocupaciones y demandas concretas de la ciudadanía en general.
No es que no existan argumentos de peso para plantear la suspensión de las PASO. Es más, algunos se perciben no sólo bastante lógicos sino incluso hasta relativamente convincentes en un contexto en el que el país sigue atravesando una crisis política, económica y social inédita, tanto por su profundidad como por su persistencia. El gasto que éstas demandarían en un contexto en donde son imprescindibles los gestos de austeridad, y todos los esfuerzos presupuestarios debieran estar destinados a combatir la pobreza y recomponer el poder adquisitivo de los trabajadores y jubilados frente al flagelo de la inflación, sumado a un contexto de angustia generalizada, hastío y crispación creciente, podrían ser algunos argumentos procedentes.
Especulaciones y cálculos
Ahora bien, cabría también legítimamente preguntarse, ¿son éstas las cuestiones centrales que están detrás del incipiente debate en torno a la posible suspensión de las PASO 2023? A todas luces, la respuesta es un lacónico y rotundo “no”.
No debe perderse de vista que los sistemas electorales son fundamentalmente instituciones arbitrarias. Como lo han demostrado autores clásicos de la ciencia política (Duverger, Sartori, entre muchos otros), no sólo son el instrumento más manipulable sino también más determinante en el corto plazo del sistema político, fundamentalmente porque tienen un impacto directo en la configuración, dinámica y funcionamiento del sistema de partidos.
El politólogo alemán Dieter Nohlen observaba cómo en la década del ‘90, las reformas electorales que se debatían e implementaban en la Argentina dependían en la abrumadora mayoría de los casos de especulaciones y cálculos políticos. Y ello sucedía -según el reconocido intelectual- porque, tradicionalmente, el sistema electoral nunca había sido visto como una vital regla de juego transparente, equitativa y estable, sino como un instrumento más de poder.
Un poco de historia
Lamentablemente, la historia argentina reciente parece confirmar la aguda observación del académico de la Universidad de Heidelberg, sobre todo si se observa el devenir de las elecciones primarias. Creadas por ley tras la debacle del 2001 -cuando dos cada tres argentinos decían identificarse con la consigna “que se vayan todos”- como parte de un conjunto de medidas que durante el gobierno de transición de Duhalde tenían el pretendido objetivo de revitalizar la representación política, fueron suspendidas en las vísperas de la primera elección en las que debían aplicarse.
Así, para las elecciones de 2003, en las cuales fue electo Néstor Kirchner, esa suspensión fue lo que permitió que la interna justicialista se dirimiera “por afuera”. También se suspendió, por distintas razones, para las elecciones nacionales de 2005 y 2007, y finalmente el instrumento se derogó sin siquiera haberse estrenado.
Dos años después, a instancias de la Presidenta Cristina Kirchner se sancionó la ley 26.571 que volvió a instaurar las PASO, que fueron finalmente utilizadas por primera vez en las presidenciales de 2011. Casi 10 años después de su origen.
Lo cierto es que, desde entonces, fue una herramienta mucho más utilizada por la oposición que por los oficialismos. De hecho, hasta hoy, nunca un oficialismo nacional apeló a ellas. Así, en 2015 tuvo un rol central en la carrera presidencial de Macri, luego de que la interna con Carrió y Sanz posicionó a Cambiemos como una fuerza plural, capaz de contener a diversos espacios. Sin embargo, una vez en el gobierno, Cambiemos no volvió a recurrir a la herramienta en las presidenciales de 2019. En lo que respecta al Justicialismo, jamás hizo uso de la herramienta para una elección presidencial, y las disidencias internas -como la de Alberto Rodríguez Saá y Duhalde en 2011, o Massa y Adolfo Rodríguez Saá en 2015- se canalizaron por fuera.
Reglas estables y transparentes
Así las cosas, y más allá del debate profundo que es necesario darse en relación a la funcionalidad en nuestro país de una herramienta cuyo origen está asociado a la modernización de las campañas estadounidenses, en el marco de la titánica tarea que demanda la construcción de un “país normal”, no sólo es imprescindible contar con reglas de juego estables, transparentes, y con amplio consenso, sino también desterrar una práctica que en estos tiempos de procrastinación creciente se tornan cada vez más patéticas: que muchas de estas decisiones se tomen fundamentalmente para solucionar los problemas de la clase política y no para profundizar o perfeccionar el sistema democrático y buscar fortalecer el cada vez más endeble vínculo representativo con los ciudadanos.///
Gonzalo Arias, sociólogo, autor del libro «Gustar, ganar y gobernar»