Las pulsiones caníbales de la política
Se ha generado una profunda disonancia entre la agenda de los principales partidos y la agenda de la gente
Argentina continúa atravesando una crisis inédita no tanto por su profundidad y persistencia sino por su gran complejidad y eminente carácter multidimensional. Una crisis que es económica, política, social y, en definitiva, también eminentemente cultural y moral.
Pese a la crudeza con que la crisis impacta en las distintas facetas de la existencia cotidiana de los millones de argentinos, y que se evidencia en los más diversos indicadores económico-sociales, en la credibilidad y confianza de las instituciones, en la crispación del clima social y el aumento significativo de la violencia, y en la disgregación de los lazos comunitarios -por citar sólo algunos fenómenos emergentes-, la agenda política de los últimos tiempos viene siendo hegemonizada por temas que muy poco tienen que ver con los problemas estructurales que enfrenta el país en general, y con las necesidades del ciudadano de a pie en particular.
Vivimos en un país que ya tiene 50% de pobres -más aún entre la población infantil-, con una inflación desbocada que probablemente superará el 70% anual, paritarias salariales que corren por detrás de la escalada de los precios, un consumo que no se recupera y que afecta la industria y la producción orientada al mercado interno, la falta de generación de empleo genuino, una inminente crisis energética en un país que no logró erigir aun la infraestructura adecuada para extraer la sideral reserva de gas de Vaca Muerta, un fenómeno como el narcotráfico que ya parece haberse enquistado en varios enclaves del territorio nacional, y -como vienen demostrado una tradicional encuesta que realiza la Universidad Di Tella- una falta absoluta de confianza ya no sólo en el gobierno sino también en el propio mercado.
Pesimismo
En este contexto, el profundo clima de pesimismo que se ha instalado en la sociedad no es lo que llama poderosamente la atención, sino la manifiesta falta de responsabilidad de una gran parte de la dirigencia política, evidenciada en comportamientos y gestos que no sólo dan cuenta de la primacía de ambiciones personales y guerras de egos de cara a las elecciones generales de 2023, sino que manifiestan la carencia de la más mínima empatía y sensibilidad frente a millones de argentinos que realmente la están pasando muy mal. Si a ello le sumamos la profundización de nuestra histórica concepción dicotómica de la política (la tan mentada distinción schmittiana “amigo-enemigo”) y la persistencia de las también generalizadas vocaciones políticas y culturalmente totalizantes, estamos ante la configuración de una verdadera “tormenta perfecta” de consecuencias imprevisibles.
Si bien en el marco de una crisis con estos alcances las responsabilidades son compartidas por amplios sectores de la vida nacional, por razones más que obvias, la mayor responsabilidad recae sobre aquellos que ejercen la función representativa en nombre del pueblo, el único depositario de la soberanía popular.
Sin embargo, la dirigencia política argentina pareciera seguir creyendo que todavía existe margen para la procrastinación, y que las prioridades pasan por dirimir el poder de cara a las presidenciales de 2023, cuando lo que está en juego es nada más ni nada menos que nuestra propia supervivencia en cuanto sociedad, lo que implica la urgente tarea de acabar con el persistente debilitamiento de aquello que uno de los padres de la sociología científica, Emile Durkheim, denominaba el “lazo social”, un rasgo que nos diferencia de las sociedades primitivas.
Una tarea que, entre otras cosas, demandaría un verdadero diálogo para la construcción de acuerdos y políticas estables, combatir la pobreza y las desigualdades de toda especie, y -a fin de cuentas- establecer metas y objetivos concretos de mediano y largo plazo que permitan erigir un “país normal”.
En este marco, sorprende que falten voces en el sistema político que denuncien o alerten sobre las potenciales consecuencias de la persistencia de estas tendencias que, en términos del Freud de “Tótem y Tabú”, podríamos definir como pulsiones caníbales. No hablamos aquí ni de la emergencia de un verdadero “estadista” ni de la llegada de un salvador mesiánico, sino de alguien suficientemente responsable como para llamar la atención sobre los peligros existentes y de la posibilidad de actuar de forma urgente para mitigar algunos daños.
De campaña
Lejos de estas actitudes, tanto desde sectores del oficialismo como la oposición se especula con la evolución de la crisis. En un Frente de Todos atravesado por el “debate público” entre el albertismo y el kirchnerismo duro, desde éste último sector no pareciera haber incentivos para colaborar con un presidente que de mejorar la situación económica podría ir por la reelección. En un Juntos por el Cambio donde se dirime -con menos ferocidad pero no por ello con menos intensidad- una disputa por el liderazgo, tampoco hay predisposición a colaborar, a la espera de que entre el gobierno y los mercados hagan el ajuste y las correcciones macroeconómicas que le dejen el camino despejado a un eventual gobierno del espacio. Por último, otros sectores más radicalizados, casi outsiders, como el que representa Javier Milei, entienden que la persistencia o profundización de la crisis directamente mejoraría sustancialmente sus chances electorales.
Así las cosas, es evidente que existe una profunda disonancia entre la agenda de la política y la agenda de la gente. Lo trágico es que ello no pareciera preocupar a una dirigencia política que ya lanzó la campaña electoral para un 2023 que no sólo a esta altura aparece como muy lejano, sino que lo hace mientras el país lucha por sobrevivir. No se trata de visiones apocalípticas, nos estamos social y culturalmente desintegrando, lenta pero inexorablemente.///
Gonzalo Arias, sociólogo, autor del libro «Gustar, ganar y gobernar»