Levantarnos en los momentos difíciles
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Adrián Stolarczuk
Desde Rusia
«Somos un pueblo que sabemos levantarnos en los momentos difíciles» arengó Sergio Goycochea, micrófono en mano, hablando en la previa del partido por las pantallas gigantes de un estadio repleto de argentinos en San Peterburgo. Y más allá del tono social de la frase, en lo deportivo terminó siendo premonitoria en la boca del hoy conductor y subcampeón mundial en Italia 1990.
Es incuestionable que para «ver» un partido de fútbol no hay nada mejor que la comodidad del sillón de casa y la compañía de un buen TV para disfrutar de las más de 20 cámaras que evitan perderse cualquier detalle.
Sin embargo, desde la tribuna, el fútbol no sólo se ve, sino también se «siente» y no importa que no haya replay para eso.
En los estadios del Mundial el partido comienza «antes» que cuando se mueve la pelota en la tele.
Un camino se emociones que van subiendo pulsaciones y expectativas más allá del pitazo inicial o final en el estadio.
Me explico. El primer estallido del público que va poblando las gradas llega simplemente con el ingreso de los jugadores para la entrada en calor. Minutos «aplausometro» se pone a prueba cuando se repasa la formación. Messi y Mascherano, entendiblemente, se llevan las mayores ovaciones, Higuaín el apoyo incondicional y Sampaoli una silbatina que no sufrió ningún jugador nigeriano. Se propone un karaoke y al ritmo de Damas Gratis el público va calentando las gargantas y aún el espectáculo en el césped no empezó.
La organización, en todos los partidos, convoca a una figura de otras épocas para en vivo dar unas palabras de aliento a su Selección y hablarle al público. Allí apareció Goyco, aunque Maradona previamente y sin hablar había causado el mismo efecto cuando lo enfocaron las camaras.
Con el pitazo, fuimos del éxtasis a la agonía y cuando todo estaba perdido, el desahogo del 2-1. Pocos en la tribuna alcanzamos a divisar quién la había metido y sólo nos percatamos tras varios abrazos que el detonante del alegrón había sido Marcos Rojo para que nos ganara la incredulidad.
Pienso que en la TV se vio clarito y que el relator ayudó. Pienso en el desahogo de todos detrás de las pantallas a tantos kilómetros al igual que las 60.000 almas en el estadio. Y es entonces cuando un par de rusos me vienen a abrazar en la tribuna, casi compadeciéndose por mi sufrimiento previo. Del gol al pitazo final la gente no para de cantar y revolear remeras y banderas. Y estar en medio de todo eso, no hay sonido 5.1 envolvente que te lo reviva. Y el fútbol deja de ser un deporte para ser detonante de algo difícil de explicar con palabras o imágenes. Eso no se puede trasmitir por la tele. Y me siento un privilegiado.