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    Lo bello y lo triste

    28 de julio de 2018 | 21:00
    Lo bello y lo triste
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    Mariana Muscarsel Isla recrea el universo de su niñez y explora marcas de época, instituciones sociales y ritos que la configuraron

     

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    Por Maximiliano Costagliola
    Colaboración

     

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    En su ópera prima, Muscareli Isla nos cuenta, en primera persona, la historia de Bruna, una niña de edad indeterminada a lo largo de casi toda la novela y de un pueblo desconocido de La Patagonia. Lo que sí sabemos –y es lo que más importa– es que Bruna tiene una hermana apenas mayor, Flora, con la que mantiene una relación de complicidad entrañable, un padre ludópata, una madre tan abnegada como informal, una abuela materna clásica y un puñado de tías y tías abuelas de catálogo. Rodeada de esta constelación de mujeres –el padre cuenta sólo para apostarse hasta lo que no tiene en el casino y para hacer chistes malos–, Bruna va construyendo su biografía sin hacer una oda a la familia y sin caer tampoco en la crítica fácil de esta institución.

    Bruna transita todos y cada uno de los ritos de pasaje de una niña de clase media: la separación de los padres, el paso de la escuela pública a la privada, la comunión, las mudanzas, el temor a perder la casa, los juegos de roles y hasta el juego de la copa. Y uno de los grandes logros de la autora es convertir cada uno de esos pasadizos en auténticas puertas giratorias que eyectan, hacia adelante o hacia atrás, a su personaje. La narración adquiere entonces el pulso vertiginoso y adictivo de la construcción provisoria de una identidad que forcejea para no quedar enganchada a esos estereotipantes anzuelos de la época. La estrategia de Muscarseli Isla para conseguir ese efecto opiáceo es narrarla a Bruna prestándole su voz de adulta pero sobre todo dejando que sea ella, la niña, quien nos cuente sus avatares.

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    En un solo movimiento narrativo, que esquiva tanto la estructura del diario íntimo como la de la crónica sentimental, la autora nos sumerge en una historia que versa sobre el doloroso abandono del paraíso perdido de la niñez-adolescencia para ingresar al sobrio terreno de la madurez. Aunque aquí no se persigue únicamente una representación de la educación sentimental de Bruna sino también delinear un mapa de los interrogantes de los que se sirve para interpelar, a fin de re-inventarse dentro de ellas, las instituciones sociales y el sentido con que las unge el inconsciente colectivo.

    Bruna, y Flora, –porque se vuelven indisociables en sus anecdóticas confabulaciones– son talibanes del deseo de vivir, militantes de la vitalidad en un mundo donde la muerte arrasa con las cosas y con los seres. Cuando no les quede nada en que creer ellas siempre se inventarán un rito nuevo y le darán forma para sobrevivir.

    Una escritura tan inauditamente tierna y una mirada inconfundiblemente femenina son la marca registrada de esta autora que no le teme a lo clásico ni a lo contemporáneo, porque se anima a la fusión de ambos desde una prosa y un tempo capaces de trastocar todo lo que tocan en belleza.

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    Narrada con una frescura y un desparpajo poco usuales, Casino casa grande nos propone una experiencia lúdica pero de ningún modo cómoda, porque para jugar hay que saber hacerlo.

    De Muscarsel Isla sabemos que nació en Fiske Menuco en 1987, que es música, psicóloga, activista y que le gusta bailar. Pero sobre todo sabemos que, como el padre de Bruna, es una ludópata, aunque con un vicio dilecto: la escritura como arte.

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