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    Lo que va dictando el sueño

    13 de octubre de 2018 | 21:00
    Lo que va dictando el sueño
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    A modo de diario personal, la última novela de José Ioskyn explora de modo lúcido y revelador un registro que oscila entre los onírico y lo metafísico

     

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    Por ADRIÁN FERRERO

    Colaboración 

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    Me preguntaba qué palabra podría definir con acierto esta novela. Y ella misma lo hace en la página 71: “un diario”. En efecto, se trata de un registro en primera persona desde las circunstancias más anodinas hasta otras de orden metafísico, a través de las cuales un sujeto atraviesa un momento singular de su vida.

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    Es cierto. Hay algunas constantes y hay algunas obsesiones. Las constantes: su relación con las mujeres. Una amiga que, como si él fuera un certero consultorio sentimental, le solicita consejos acerca de posibles consortes. Y hay una mujer que se le aparece en sueños que hace que la narración (en varias oportunidades) ingrese en planos oníricos dentro de los cuales como cajas chinas el protagonistas, por ejemplo, sueña que está despierto. Sueña que está muerto. O bien deja de soñar dentro del sueño.

    Se establece así un doble plano en el que la realidad dialoga con el mundo subjetivo más inescrutable: por lo general el nocturno. Pero todos sabemos (y el narrador más aún) que hay etapas a lo largo del sueño, tal como él mismo lo señala. Durante esas etapas, la vida puede volverse más intensa y el sueño en una profundidad que nos ausenta por completo del entorno.

    Persistentes viajes en taxi con el objeto de conocer el campo o, quizás, simplemente deambular y salir de la ciudad que diera la impresión de inducirlo o a la abulia, la asfixia o el sopor. Y en el campo se cifra, al menos para el protagonista, buena parte de una variedad del mundo que lo pondrá en contacto con una naturaleza esquiva. Pero para alcanzar esa bucólica aventura, deberá lidiar con taxistas ávidos de estafas y circuitos imprecisos.

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    Las motocicletas son otro medio de transporte (tomo nota de esta proliferación de vehículos) a los que el protagonista acudirá sea a solas, sea acompañado por una mujer. Siempre quiso ser un motoquero, indica por allí, lo que lo que es, como mínimo, todo un estilo de vida.

    Sueños. Sueños dentro de sueños. Un universo del que cada noche estamos cautivos y no podemos escabullirnos de esa circunstancia o de esa fatalidad que atañe a la especie como atributo y como primordial necesidad. El sueño suele caracterizarse por constituir un teatro por el que deambulan sombras chinescas ejerciendo roles y una dramaturgia. En este protagonista, aparecen no sombras, sino una en particular esa mujer a la que ya aludí. Deseada, añorada y, quizás, hasta temida.

    Registrar la actividad que se despliega tanto durante la cara diurna como durante la nocturna constituye la ambición total de un escritor. No me estoy refiriendo a un profesional sino a alguien que lleva un diario y que está ávido porque su vida dé un vuelco.

    Breves entradas en ese diario sin fechar dan cuenta ante todo de una decisión: la de la escritura. Lo que constituye un hito en un soñador y hasta en este viajero aficionado que también recorre lugares de comida rápida y bares, a solas o acompañado. Y en los que mantiene encuentros. Walter Benjamin, citado en un epígrafe del libro, hablaría de un paseante que circula sin un destino.

    Y un intercambio con el prójimo que se reduce a unas pocas personas y a unas pocas palabras, en particular a estas amigas a las que ya me referí. ¿Y qué significa soñar con una mujer? En principio, que esa mujer lo habita. Desde el deseo, desde la impotencia por no tenerla o por lo temido, la mujer soñada (como lo fue el soñador soñado en “Las ruinas circulares”, el cuento de Borges) es quizás la que va dictando lo que el personaje escribirá. Porque quizás, como metáfora de su inconsciente, sea esa otra gran pregunta de la novela ¿cómo podemos estar habitados incluso por un opuesto? ¿cómo podemos acoger fantasmas o bien figuras con las que dialogamos y nos cautivan? Estamos, entonces, no diría que ante un escritor (no lo parece) pero sí ante alguien para quien la escritura es importante (pero no necesariamente la literatura).

    Se mencionan por allí apellidos de celebridades del psicoanálisis y hasta a Roland Barthes. Eso sí es un indicio de una formación o quizás ¿por qué no? de una profesión que no se nombra en el argumento. No estamos ante un personaje libresco en lo sustancial, si bien se formula preguntas interesantes. Sí se trata de un personaje con capacidad de pensamiento abstracto y elaborado vinculadas a disciplinas.

    Narrada bajo la forma de fragmentos en primera persona del singular, resulta relevante reconstruir los sentidos de la historia de un sujeto que pareciera por momentos no encontrarlos para su vida. No obstante, hay algunas cosas que están claras.

    Uno de los grandes logros de esta espléndida novela de oskyn es inducir en el lector un efecto de incertidumbre, de extrañamiento, producto de la inquietud de un ese sujeto por atravesar un contexto urbano (lo que acarrea ciertos conflictos y no otros) y en ese citado efecto de incertidumbre nos sume en otro efecto: el de la vacilación. Especularmente Ioskyn nos restituye a esa condición intensamente incierta en la que un humano actúa, sin saber del todo lo que hace. Y en este registro de días, de noches y de viajes hay un esencial desencuentro porque su vida es una hipótesis inconclusa. Llevar un diario problematiza el orden de lo real: la escritura lo pone todo en cuestión y, simultáneamente, otorga sentidos. Como lectores acusamos ese efecto y, pese a su incomodidad, también sabemos reconocer la excelencia de su arte. Ioskyn ha triunfado.

     

     

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