Los miedos lógicos de la sociedad
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«No hace falta conocer el peligro
para tener miedo, de hecho los
peligros desconocidos son los que
inspiran mayor temor».
Alejandro Dumas.
Son días de incertidumbre, inseguridad, temor y un Covid 19 que sigue junto a nosotros, en un año de los más difíciles de la historia contemporánea. Incertidumbre por la falta de certeza sobre el futuro cuando se aborda un presente lleno de dudas e inquietudes, temor por tener como presentimiento lo perjudicial o negativo e inseguridad por la vulnerabilidad que se siente, y una pandemia tenaz que afecta la vida, en cualquier condición social, edad o labor que se realice.
Este cóctel explosivo no llega a marcar una negatividad alejada de la esperanza que es el límite sin frontera del individuo, como una manera de protección ante la duda existencial que impone el momento actual.
Ese sentimiento físico y emocional que se acrecienta cuando hablamos de la fase, el retroceso, contagiados, cuarentena, con la incertidumbre no ya del día después sino el que vivimos hoy, tapada la cara con tapabocas, cuidándonos del abrazo cotidiano, evitando acercamiento, a los codazos por la calle y ausentes del grupo familiar, bajo la amenaza ridícula de una multa al n o llevar barbijo.
Lógicamente nuestro distrito no escapa a este contexto del miedo, como la “espada de Damocles”, a movernos con libertad, a la posibilidad de perder el trabajo, cerrar Pymes, ser un número estadístico más en el atraso por pago de servicios, tarjetas de crédito incluidas y la mayor incertidumbre es no tener certeza. Sólo esperar la llegada sin tiempo establecido de la vacuna redentora, a esta altura un milagro que el virus se aleje solo o seguir conviviendo con este, por mucho tiempo más.
La Argentina es una incertidumbre histórica, gobiernos que lejos de facilitar la vida a sus habitantes, la complican, de resolver cuestiones aumentan los problemas, cambiando reglas de juego, inestabilidad económica permanente, inflación endémica, festival de impuestos, falta de crecimiento del empleo privado, aumento de los planes sociales (sin control) y ausencia de crédito para la producción, errores y horrores de quienes nos han gobernado y nos siguen gobernando.
El poder de las palabras y su lenguaje ha sido atractivo llegando a seducir en cada elección a millones de argentinos, han faltado acciones concretas, soluciones de fondo y un proyecto que involucre a todos, sin embargo, la incertidumbre (más aún hoy en pandemia), es permanente a esto debemos sumarle inseguridad y el temor, claramente cabe aquí el concepto: «el miedo de una sociedad es más contagioso que el virus», hoy sentimos que han impuesto al miedo como único anticuerpo para combatir la pandemia.
La inseguridad nuestra de cada día
Si la inseguridad pasa a ser una mera estadística estamos perdidos. Si es una división ideológica lejana está la solución.
Desde hace muchos años es esto, un muestreo que cada gobierno maneja a su antojo, acomoda su relato y habla de una solución que cada día parece más lejana.
No somos la «conurbanización» en un distrito como Necochea, no tenemos ese hacinamiento, esa forma de vida, que en algunos lugares no es vida, como dar vuelta a la manzana varias veces para luego guardar el automóvil y donde se mata porque sí. En ese contexto la pandemia duplicó otros de los miedos de la sociedad: la inseguridad, a veces es difícil creer que no se está perdiendo la batalla contra el delito, se roba como atajo simple para evitar el trabajo, el ambiente familiar donde se conjugan generaciones que se sientan a la mesa sin haber ingresado al mercado laboral, los que están fuera del sistema, la droga como elemento vital a tener en cuenta, la falta de justicia para la penalización, detenidos el viernes sueltos el lunes, como suele decirse añadiendo algo penoso, el agradecimiento porque no te hayan matado.
El Covid 19 y la cuarentena han provocado la inseguridad en el propio lugar de cada delincuente, de tal forma el traslado a otra ciudad o lugar para robar muchas veces es más cómodo hacerlo en el propio barrio y violar la convivencia sin tapujos.
Se ha llegado al límite de parecer normal salir sin cartera o darse por entrenado en caso del intento de robo, el de reconocer al asaltante, denunciarlo, sentirse amenazado, la triste recomendación es dejar las cosas como están, y resignarse a verlos pasar por delante de nuestras narices en variadas ocasiones o obligados a pagar el “peaje” para recuperar lo robado.
Dentro de la inseguridad, la perlita de haber liberado a miles de presos con la excusa de la pandemia fue un desatino. Por un lado protegemos a quienes deben estar entre rejas, por otro obligamos a estar entre rejas a vecinos que deben extremar medidas de protección de quienes quedan en libertad por la absurda medida.
En el medio, la reciente movilización por el reclamo policial, salarios bajos, móviles en condiciones no aptas, falta de elementos claves para la protección, en fin, todo lo sabido, como también que la «bonaerense» no termina de ser depurada y la preparación de un policía, recordar época del gobernador Scioli como el peor ejemplo, fue simplemente darles el uniforme y un arma que apenas estaban entrenados para manejar, ingresando a la fuerza en busca de un salario sin la debida preparación que debe tener quienes están para cuidar la vida y bienes de los contribuyentes.
Estamos entre los cinco países de mayor inseguridad de latinoamerica y la pregunta es ¿por qué no se va a incrementar la inseguridad con el deterioro que venimos sufriendo hace décadas? ¿Se arregla con más policías en la calle? ¿Se soluciona con una Justicia menos permisiva, aplicando la ley justa? ¿Se compone con oportunidades laborales? Una respuesta a estos interrogantes sería volcar todos los esfuerzos en la educación. Se abre una escuela se cierra una cárcel.
Pero si hay algo que no se soluciona de inmediato, como es la educación, estamos sin salida. Una verdad irrefutable elevando el nivel habrá respuestas positivas, a mediano plazo, a este flagelo que nos acecha. No se puede pretender pasar de la Argentina a Suiza por arte de magia, pero hay que empezar de una vez por todas.
Toma de terrenos. ¿Temor en Necochea?
La toma de tierras en la provincia de Buenos Aires no se detiene, se hizo evidente en la cuarentena poniéndose la lupa sobre el caso pero viene siendo una constante, tal vez apagada su difusión por estos días tras el reclamo y movilización policial, pero sigue existiendo y crece el temor de los intendentes, ya no sólo del conurbano sino de zonas como la costa atlántica, produciéndose en localidades como Pinamar, Cariló, Miramar o Villa Gesell, por dar ejemplo.
¿Estamos exentos en Necochea, Quequén para que esto ocurra?
No. Comentaba tiempo atrás una arquitecta marplatense estudiosa de la historia del parque Miguel Lillo, como una hermosa presa para ser abordada por quienes entienden que esos tipo de territorios es de todos, y en ese entendimiento la zona no está exenta de usurpación, por los que lucran con protección política y aquellos que cuentan con un armado de profesionales que, bajo la figura de la usucapión, allanan el camino al negocio inmobiliario, en Necochea sobran los casos. Hay una extensión de tierra costera fácil de ocupar ante un accionar rápido y organizado, es bien sabido que cuando se logra el primer objetivo, la tenencia viene sola con la estabilidad de quedarse allí como ocurrió con los valiosos terrenos frente a la terminal de ómnibus, en avenida 43 entre 58 y 62.
Quienes con lógica afirman garantizar el derecho a la propiedad privada, chocan contra los llamados movimientos sociales, aunque sus líderes lo desmientan, en muchas tomas se aduce que está el derecho social ante la falta de vivienda, también la Justicia peca de igual forma reiteradamente.
En la mayoría de los casos las tomas tienen armados de organizaciones, negocios por medio, aprovechamiento político y hasta plantando la ideología, sin desconocer que la falta de viviendas en todo el país y lo notamos en nuestro distrito con un déficit cercano entre las seis y siete mil casas, tiene responsabilidad el Estado que, en muchas ocasiones no concreta los anuncios de construcción de barrios, en otros promueven viviendas sociales que tienen alto costo y una vez terminadas no ordenan administrativamente el cobro y pasan años sin que los vecinos, muchas veces queriéndolo hacer, no pueden realizar sus aportes, los que contribuirían a poder levantar más viviendas con ese dinero ingresante.
Muchos propietarios ven con preocupación algunas declaraciones de líderes de esos movimientos sociales, que lejos de bajar el tono suelen alimentar alguna toma. Todos estos miedos están en estado de alerta permanente, temores que suben escalones, cargados en la mochila al sentir vulnerabilidad permanente ante estos azotes del presente, la falta de certeza para encarar proyectos, el saber cómo será el día después, hasta cuándo seguirá esta anormalidad y los tres ítem que fueron centrales en este desarrollado, la incertidumbre, la inseguridad y el temor a perder lo que es de uno, porque hay miedo por la intrusión sin sanción.