Los Torquemada virtuales
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Todos hablamos, en la actualidad, de las redes sociales, del ciberespacio y de la comunicación digital como una conquista de la racionalidad tecnológica y de la expansión sin fronteras de la democracia bajo el impulso de la globalización.
En el ámbito de la información y de la libertad de expresión, como atributos indiscutibles de la democracia liberal en la era digital, el llamado periodismo ciudadano, el que ejerce una persona con su dispositivo telefónico móvil cuando graba un video o toma una foto y los sube a las redes sociales, es una realidad insoslayable. Negar que una gran porción del debate político tiene lugar hoy en Internet sería no entender el cambio de época, los nuevos hábitos de comunicación, de interacción con pares y de corrimientos de los límites bastante difusos entre los íntimo y lo público.
En la misma cuenta de una red social de cualquier usuario puede aparecer una foto del nacimiento de un hijo, el menú de Navidad, o imágenes de las vacaciones con amigos, junto a una manifestación política o una opinión sobre el comportamiento de determinada persona, no importa ésta sea una vecina o el presidente de la Nación, se opina de todo y sobre todos. Es así, a toda esa información el ciudadano se enfrenta a diario y, sobre todo, tiene posibilidades de opinar, ser leído y generar debate.
Durante la semana que pasó, una persona denuncio vía una red social que había sido discriminado en un boliche de nuestra ciudad por su condición sexual. El posteo se viralizó y cantidad de usuarios tomaron una posición sobre el hecho, algunos a favor del muchacho que se había sentido discriminado y otros en contra. Y apareció, como en tantas otras situaciones, el escrache, en este caso el mayor perjudicado fue el boliche. Los linchamientos mediáticos, por ejemplo hace poco el de las jóvenes que bailaron en ropa interior en un boliche, son lamentablemente moneda corriente. Los hay de todo tipo, vivimos como en un gran hermano donde cualquier acción del ámbito público o privada de las personas es materia de opinión popular, en la mayoría de los casos sin argumentos ni conocimientos válidos que permitan emitir un juicio valedero.
Estos casos, pueden servir ( aunque podrían ser otros porque los hay en cantidad) para reflexionar sobre cómo cada uno de nosotros usa la maravillosa posibilidad de opinar sobre cualquier tema porque esta libertad implica una responsabilidad que no siempre asumimos. ¿Estamos verdaderamente informados para emitir una opinión que sume al debate, que enriquezca el diálogo e intercambio de interpretaciones sobre un mismo hecho, que beneficie verdaderamente a quien vaya a leernos?
En la red social todo vale, se hacen denuncias que deberían realizarse en la Justicia como supuestos golpeadores, abusadores, ladrones y también se acusa a infieles, a deudores o traidores y así entran en la misma lógica las cuestiones personales. Y en cualquiera de los casos una gran porción de cibernautas opinan y juzgan y sentencian con la misma ligereza que podrían hacerlo sobre el nuevo tatuaje de la hija de Marcelo Tinelli.
Las redes están siendo utilizadas en muchos casos para emitir juicios apresurados, todas aquellas libertades individuales ganadas pueden sufrir un retroceso si se busca la revancha y se ampara el linchamiento a través de la justicia paralela de las redes sociales. En este ámbito de livianas responsabilidades, de juicios fáciles y de cobardes anonimatos las garantías individuales se pierden y uno queda expuesto casi como a la etapa histórica previa al estado de Derecho.
Es verdad que algunos hechos nos pueden generar más o menos empatía con el supuesto denunciado pero lo cierto es que no somos los ciudadanos los que debemos juzgarlo, pues no tenemos los elementos, sino la Justicia.
La condena mediática es lapidaria, remontar el daño realizado a alguien que fue acusado injustamente en las redes sociales es muy difícil.
Se ha traspasado un límite que, en general, el periodismo gráfico en especial había respetado por convicción o por interés para evitar juicios de ciudadanos que se habían sentido injuriados o calumniados y la Justicia fallaba a su favor en perjuicio del periodista o del medio.
En el caso de las redes sociales no hay legislación al respecto y tal vez es mejor que así sea porque se corre el riesgo de cercenar libertades, aunque existen algunos fallos condenatorios a perfiles de twitter truchos por calumnias e injurias, por ejemplo.
Aquellos que preferimos que el Estado se inmiscuya lo menos posible en las libertades individuales y que si lo hace sea para garantizarlas y no para cercenarles o reprimirlas preferimos bregar por la responsabilidad del ciudadano en el uso de las redes sociales y por un poco más de humanidad al momento de emitir una opinión y publicarla, no sea cosa que las convirtamos en las hogueras modernas y a cada uno de nosotros en un pequeño y amenazante Torquemeda versión siglo XXI.
María D. González
Redacción