Los vendedores ambulantes del pasado que quedaron en el recuerdo
Vendedores de leche, pan, verduras, maní tostado y barquillos recorrían las calles de la ciudad. Entre la nostalgia y la evolución de las costumbres
:format(webp):quality(75)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/el_mas_esperado_el_heladero_fue_uno_de_los_vendedores_ambulantes_que_mas_expectativa_generaba.webp)
RAÚL JÁUREGUI
Para Ecos Diarios
El recuerdo de vendedores ambulantes en calles de Necochea que fueron desapareciendo de escena con la evolución de las costumbres, fue tema de la columna semanal de hechos históricos y anécdotas que integran el programa “Desde temprano”, por Ecos Radio.
En principio se referenció que entre las décadas del 40 y 70 fue común ver circular vendedores ambulantes en bicicletas o carros tirados a caballo, cuando las calles céntricas de Necochea eran de adoquines y en los barrios prevalecían las de tierra.
Entre ellos estaba el vendedor de leche recién ordeñada. Por entonces no existía la leche en sachet, por lo cual el lechero y sus ayudantes, generalmente niños o jóvenes llegaban a los hogares con sus tarros de acero y vendían el alimento por litro.
Otro vendedor callejero era el de pan y facturas, que generalmente llevaba en grandes canastos de mimbre en la parte delantera de su bicicleta.
Los verduleros se sumaban en carros o camionetas llenas de cajones de alimentos de la tierra, que al venderlos pesaban en balanzas de un solo platillo.
Muchos de esos vendedores eran extranjeros, a quienes se los denominaba cariñosamente “turcos”, porque no se les entendía demasiado al hablar.
:format(webp):quality(60)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/otros_tiempos_algunos_productos_basicos_como_la_leche_y_el_pan_eran_llevados_a_domicilio.webp)
Chatarreros y lustrabotas
Con el paso de los años fueron desapareciendo los pintorescos chatarreros, que en deteriorados camioncitos recorrían las calles vociferando a través de megáfonos que compraban bronce, plomo, colchones y otras tantas cosas viejas de valor indescifrable.
También formaban parte del paisaje urbano los lustrabotas, que en general eran de corta edad o jovencitos, que con sus cajoncitos hacían su labor a la salida de bancos o confiterías, como la vieja “La Armonía”, en 59 y 62. Con el masivo uso de las zapatillas, se fueron extinguiendo.
La maquinita manicera
En la continuidad del espacio radial se citó que en la sede del Museo Histórico Regional de Necochea hay varios testimonios que recuerdan a vendedores ambulantes de otras épocas. Y se tomó como eje esa exhibición, para recordar a algunos comerciantes.
Entre los objetos mostrados se puede mencionar la maquinita manicera, que allá lejos en el tiempo tuvo su época de furor en Necochea. ¿Cuál es su historia particular?
En los primeros años del siglo pasado un señor de nombre Francisco Pérsico llegó de Buenos Aires con una estructura similar a una pequeña locomotora montada sobre un carro sobre ruedas, y en la cual cocinaba y vendía maní tostado.
Pérsico, que luego se radicaría en Necochea, arribó en tren con su maquinita e inició sus ventas en la propia estación de ferrocarril.
Años después la manicera fue adquirida por Diego Fernández, a quien apodaban “El malagueño”, por su región española de origen, quien la transportaba tirada por un petizo, para vender el maní en la plaza Rocha y alrededores.
En 1973, luego de estar arrumbada años, la maquinita fue adquirida por el martillero Ricardo Roig y su socio, Guillermo Argel, quienes la tuvieron por años al frente de su local de remates, ubicado en calle 67 casi 60. Al disolverse la sociedad la manicera fue donada al Museo Histórico.
:format(webp):quality(60)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/en_la_arena_como_en_el_pasado_la_playa_sigue_siendo_el_lugar_donde_mas_vendedores_ambulantes_se_encuentran.webp)
Vendedores de helados
En las salas del Museo que testimonia nuestro pasado también se exhibe una bicicleta-carrito antigua con una caja de marcado tamaño en su parte delantera y un calco antiguo y bien visible con la palabra “Laponia”. En su interior esa caja contenía hielo para mantener en frío a los helados.
“Laponia” fue una de las marcas de helados más buscadas en las décadas del 60 al 80 y con esos carritos, vendedores con ropa blanca o gorro del mismo tono a quienes denominábamos heladeros, quienes en verano recorrían los barrios necochenses y de Quequen en horario de siesta y con elevadas temperaturas.
“Palito, bombón heladooooo.!” voceaban los heladeros. Casi un grito de provocación para los niños, a quienes sus padres no dejaban salir en la hora de la siesta para no molestar a los vecinos.
Los productos eran envasados, entre ellos la popular tacita; y a la marca “Laponia” le sucedieron en las calles locales la venta de helados “Noel”, “La montevideana” y “Frigor”, entre otros.
Los heladeros pasarían a la historia con el cambio de consumo, que generó la apertura de heladerías, con el envío de cremas a domicilio en envases de tergopol, a cargo de los deliverys y sus rápidas motos.
El “pirulero”
En el museo ubicado en el Parque Lillo también se puede observar una especie de lanza del conocido palo de escoba, con pequeños gajos laterales de los que cuelgan chupetines multicolores en forma de pinito, popularmente conocidos como “pirulines”.
Si bien han perdido adherentes, aún se ven de vez en tanto vendedores ambulantes del rubro en la playa durante los veranos.
Entre esos vendedores y durante la década del 2000 y al menos hasta 2014 fue muy popular uno vestido de payaso que recorría la arena. Una peluca, la cara pintada, una vuvuzela y una voz personal potentes daban cuenta de su andar con el palo lleno de pirulines. El personaje se hacía llamar “Pirulo” y era más que simpático.
El barquillero
La colección del Museo Histórico necochense se completa con un tambor de los recordados barquilleros, que vendían una sabrosa lámina de
de pasta sin levadura hecha con harina, agua y azúcar o miel.
En las décadas del 60 al 80 era común ver a vendedores de barquillos en las veredas del Parque Miguel Lillo y a veces en la plaza Dardo Rocha.
En la parte superior del tambor en el que se guardaban los barquillos, había una especie de ruleta con números de 1 a 5 y una manivela que los niños o sus padres hacían girar. Según donde se detuviera la esfera, era la cantidad de barquillos que se llevaban. Aunque si caía el número 1 el vendedor solía apiadarse de la cara de tristeza del pequeño comprador y le regalaba una yapa.
En el final se dio cuenta que muchos vendedores ambulantes han desaparecido de la escenografía local. Sin embargo, aún se ven sobre todo en el verano en la playa o en el resto del año en el Parque Lillo, carritos con venta de garrapiñadas, manzanitas en almíbar, pochoclo, la llamada nieve multicolor, globos y algún que otro molinillo de viento.
La columna completa se halla disponible en el Spotify de Ecos Radio (Archivo Ecos Diarios).///
Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión