Más que un oficio, una necesidad
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Hace un año Oscar Fernández tuvo un accidente y dejó el trabajo rural, pero decidió dedicarle tiempo a la soguería, arte que había aprendido de chico en el campo

Oscar Fernández comenzó a trabajar a los 11 años y todavía lo seguiría haciendo si no hubiera tenido un accidente con un caballo que lo mantuvo un tiempo inmovilizado. Pese a ello, no se queda quieto y decidió dedicarse a la soguería, un oficio que había aprendido en el campo para hacer sus propios sogas, riendas y lazos.
A los 68 años, con un entusiasmo contagioso y a pesar de que el accidente ha reducido la movilidad de sus manos, Oscar ha encontrado en este viejo oficio una conexión con las cosas que han definido su vida: el campo, el trabajo rural, los caballos…
“Me dediqué a esto por mi trabajo. Porque yo trabajé de chico en el campo y entonces aprendí el oficio de soguero para arreglar alguna soga, algún lazo, una presilla”, explicó Oscar.
Una vida en el campo
Nació en La Dulce. Se crió en la estancia La Gloria, donde su padre era puestero, y comenzó a trabajar siendo aún un niño.
“A los 11 años él me consiguió trabajo en una estancia y me fui de mensual. Ahí no volví a mi casa nunca más. Me crié sólo, trabajando”, afirmó Oscar sin resentimientos, ya que siempre hizo lo que le gustaba.
Aprendió a domar caballos y también comenzó a conocer el trabajo de soguero, por necesidad, ya que siempre se rompía alguna soga y había que rebuscárselas para seguir trabajando.
Con el paso de los años Fernández recorrió varios campos con su trabajo, casi siempre dedicado a la hacienda y a los caballos, aunque para ganar algún peso extra también se subió a algún tractor y alguna cosechadora. “Pero los fierros no son lo mío”, explicó.
El trabajo lo llevó hasta Ameghino, en el Noroeste de la provincia de Buenos Aires y también a Pilar, “donde fui a hacer caballos de polo”.
“Incluso monté algún tiempo en las jineteadas. Si bien nunca me consideré jinete, monté muchos años, porque me gustaba. Uno se cría en eso”, dijo Oscar.
“Me anotaba con recado en las pruebas de rienda y pialando potros puerta afuera he sacado algunos premios”, explicó. “Incluso hicimos un viaje a Darregueira con unos amigos de San Cayetano y ganamos un auto cero kilómetro”.
El soguero
Oscar está casado con Irma Peña, con quien tiene dos hijos: Alejandro Daniel y Claudio Andrés. Además, tiene una nieta.
“Hace un año atrás tuve un accidente. Me caí de un caballo para atrás y me estropeé la cervical”, afirmó. “Me tuve que operar en Buenos Aires, me pusieron una prótesis y por eso estoy acá en el pueblo”.
Hace muchos años la familia posee una casa en la calle 56, porque a Oscar siempre le ha gustado Necochea. Y aquí se radicó cuando dejó el trabajo.
“Como tenía que estar acá y uno está acostumbrado a trabajar, siempre está medio inquieto, dije, bueno, voy a conseguir algún cuero y me voy a dedicar a hacer alguna soga”, señaló.
Fue así que Oscar decidió dedicarse a la soguería, el oficio que había aprendido de chico en el campo.
Muy sincero y humilde, afirma que no es “un gran soguero” y que su problema cervical le impide realizar trabajos finos. Sin embargo, hace el tipo de soguería de trabajo necesaria para el hombre de campo.
Los sogueros no abundan, por eso sus sogas de trabajo, riendas, bozales y cabrestos son necesarios.
Antes, cuando vivía en el campo, utilizaba los cueros que quedaban cuando se carneaba alguna vaca. “Lonjeaba el cuero, lo colgaba con una rueda en una planta, luego se sobaba, un poco de maceta y ya iba cortando y cociendo para hacer todo lo que necesitaba”, afirmó.
Ahora debe arreglárselas para conseguir cueros y utiliza algunas técnicas más modernas, pero trata de conservar aquello que aprendió hace 50 años.
Un mundo distinto
Cuando era chico Oscar tuvo oportunidad de conocer el arado tirado a caballo, también sobrevivían por aquellos años los reseros.
“El campo ha cambiado para bien. Antes no había nada, ni luz, ni heladera, ni televisor, nada…”, explicó.
En cuanto al trabajo en el campo, Fernández aseguró que también “ha cambiado totalmente”.
Por ejemplo, cuando el empezó a domar caballos, a los 12 o 13 años, “se domaba más a lo bruto y se rompían mucho más soga”.
Pero ya no es así. “Yo hasta el año pasado domaba caballos para polo y para trabajo. Y pude hacerlo porque ahora se hace con mucha más paciencia. Con el sistema antiguo no hubiera podido, porque no me da el cuerpo. Pero ahora hay mucha gente domando con nuevos métodos”.
A un año del accidente, Oscar extraña los caballos, en gran parte porque fueron parte de su rutina diaria la mayor parte de su vida. Pero, inquieto y entusiasta, sigue adelante y ha encontrado en la soguería un trabajo que lo mantiene cerca de las cosas que le gustan.