Mitos y verdades
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Ese particular vocablo que anda de boca en boca “dicen” que es tan impersonal pero que corre como reguero de pólvora tan tramposo como el chisme o el rumor asegurando algo que por lo general no tiene asidero ni fundamento cierto y que llega a tener defensores acérrimos de un imaginativo relato que se da por verdadero, “dicen” por solo haberlo escuchado.
En ese mar de confusiones que genera el “dicen”, entre nosotros tenemos varios ejemplos como una justificación del propio retroceso como ciudad; por solo citar algunos como que las empresas Toyota, Quilmes o McCain no se instalaron en su momento en Necochea por supuestos pedidos de coimas, que tampoco se sabe o se fundan por parte de quién, no hay que ser muy perspicaz para darse cuenta que se instalaron donde más le convenía comercial y estratégicamente.
Y también, en ese mar de mitos o verdades no comprobadas el parque Miguel Lillo tiene de las suyas porque hay quienes sostienen su propio y falaz relato. Otro que no le va en zaga es el edificio del casino que, cuando aparecieron las primeras muestras de deterioro, hace ya más de 20 años, y el clima oceánico había hecho de las suyas se “dice” que ese edificio fue proyectado para las sierras de Córdoba. Podemos seguir agregando fantasías que, los pisos eran de mármol de Carrara material que no había sido usado en el malogrado monumento a Eva Perón ante la caída del gobierno peronista en manos de la Revolución Libertadora. Agreguemos que la famosa lámpara central, que a sola vista se nota que es de vidrio común se afirmaba que era cristal De Murano. O que las mesas de ruleta fueron del viejo hotel casino de Sierra de la Ventana, clausurado como tal en el gobierno de Yrigoyen. Todos estos “dicen” se fueron diluyendo con el tiempo, el que más persiste por el estado lamentable de la estructura es del destino cordobés. Un edificio al cual se le adjudica una historia que no la tiene en sus casi 50 años de vida, salvo si se le quiere conceder ese valor a las extravagancias de Jacobo Winograd en la sala de juego.
El único proyecto posiblemente viable, antes del gran incendio, fue del Rotary Club de Necochea, proponiendo destinar el edificio para dependencias del poder Judicial, las que hoy se encuentra diseminadas por toda la Villa Díaz Vélez. La propuesta no mereció ni acuse de recibo a la nota elevada por esta entidad al Concejo Deliberante. Hoy, ante el estado que presenta y el fallido intento de venta, lo único que le cabe a la obsoleta estructura, frente al mar, es caer bajo la piqueta del progreso.
El parque
El parque lleva el nombre del botánico tucumano, Miguel Lillo, investigador de fama internacional, que murió en 1931 sin vínculo con Necochea. En honor a la verdad histórica el comisionado municipal Néstor Montangero, debería tener un reconocimiento, por lo menos, por su exitosa gestión en 1941 y 1945 llevada a cabo para lograr del interventor provincial Juan Atilio Bramuglia la expropiación de las tierras a la familia Díaz Vélez, no hay siquiera una placa a su memoria ni algo que lo recuerde.
La añosa arboleda que rodea la casona donde funciona el Museo Histórico y la zona de parrillas pertenecía al campo de la familia y a partir, de lo que hoy es la avenida Pinolandia el Ministerio de Asuntos Agrarios al cual se le había entregado a su cargo las tierras, dispuso plantar pinos con el fin de fijar las dunas para la posterior urbanización y loteo del Lote Mar 4. Porque es necesario recalcar que el decreto de expropiación del año 1945 señalaba claramente para la ampliación y urbanización del ejido de la ciudad. Razones que el tiempo han borrado ya no permitieron que se llevara a cabo la idea primigenia del decreto del año 1945.
La rambla
La rambla municipal desaparecida tras su demolición, solo queda la explanada lo más viejo de la construcción, es otro de los mitos. El último edificio, que ya pocos deben recordar, había tenido varias remodelaciones y agregados. La decisión fue tomada ante la falta de interés del público que no le interesaban los locales comerciales y no revestía ninguna simpatía como paseo la vieja galería. Su frente era tristemente parecido al del cementerio, con el estilo del mismo constructor de la época. No hubo voces en contra de la medida, tal cual se cuestiona ahora, como tampoco cuando se tiró abajo el antiguo edificio municipal de 61 y 58, para levantar el impresentable centro cívico. No existía mayoritariamente la conciencia arquitectónica del reciclado, hoy con el diario del lunes si podemos afirmar que, ante lo que tenemos fue una picardía tirarlo abajo.
Tampoco las hubo cuando se demolió el chalet La Juanita en 46 y 59. Aquí corresponde hacer una aclaración las propiedades privadas siempre estarán en la decisión de qué hacer con éstas por parte de su único propietario o herederos. Salvo que, como ocurrió en Mar del Plata con la mansión de Victoria Ocampo la Municipalidad ante el eminente remate lo adquirió para conservar el patrimonio histórico de la ciudad.
El edificio del Banco de la Nación en 61 y 60 sí tuvo un alerta ante una remodelación total que se tenía prevista en los primeros años de la década del 70. Aquí hubo un toque de atención por un sector de la comunidad antes que se consumara el hecho y se conservó el frente con algún cambio en ventanas y puerta principal. Son algunos de los mitos y verdades de una Necochea que no se cae pero tampoco se levanta.///