¿Nadie lo ve?
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Cualquier persona que concurra de noche a alguna confitería, restaurante o bar de la zona céntrica de la Villa Díaz Vélez se sorprenderá ante la aparición en escena de niños que no llegan a los 10 años de edad, incluso más allá de la medianoche, ofreciendo pañuelos de papel u otros elementos.
La imagen es probable que para muchos parezca normal o hasta que ignoren estas propuestas que los precoces vendedores, en su mayoría niñas, hacen en la voz baja propia de su timidez o la corta edad que tienen.
Con canastitas conteniendo la mercadería, la ofrecen inocentemente, y tratando de no molestar más allá de la oferta, para luego seguir recorriendo mesas, con diversa suerte.
Obviamente que se trata de un flagrante delito de explotación infantil, porque indudablemente esos chicos de poca edad no deciden por su cuenta salir a “ganarse la vida” con esas ventas. Detrás hay un mayor, que los manda y que claramente no aparece en escena y se mantiene oculto.
Eso sí, basta con ser un poco observador para comprobar como en algún momento los infantiles vendedores van a darles a sus “patrones” el rédito monetario de la venta.
Lo que llama la atención, más allá de lo indignante que resulta la secuencia, es que este accionar se viene cumpliendo todas las noches y a la vista de todos. De allí que afloren claramente preguntas sobre el accionar de quienes deben tomar cartas el asunto y que aparentemente no lo ven; prefieren mirar para el otro lado o ni siquiera les llega el comentario de estas anomalías.
¿Cómo puede ser que la Justicia del menor no actúe? ¿O será que no hay que “molestarlos” en su feria judicial de verano? ¿No se enteran de esta anormalidad los integrantes de Servicio Local de Protección de los Derechos de los Niños? ¿Por qué, aunque sea de oficio, no intervienen y reclaman las áreas municipales de Desarrollo Humano y Políticas Sociales o la Dirección General de Relaciones con la comunidad y Derechos Humanos?
A “prima facie” surge la convicción de que poco les interesa controlar esta explotación infantil, por lo cual no cumplen con una de las razones de su labor. El Estado vuelve a estar ausente en este caso. Los oídos sordos y ojos ciegos de funcionarios a los que los contribuyentes les pagan sus salarios, son tan culpables como los mayores que utilizan a menores para su beneficio.
Ver a estos niños ofreciendo pañuelos u otros elementos cuando deberían estar durmiendo o jugando en su casa, que es lo que corresponde a su edad, da bronca y tristeza por el estado de indefensión que tienen y la plena vulneración de los derechos de la niñez, que desde hace décadas se promulgaran desde las Naciones Unidas.
¿Qué futuro le aguarda a un chico que está en la calle avanzada la noche afrontando peligros o malas reacciones de terceros? En principio están perdiendo el derecho de divertirse, aprender y educarse. Y con estos condenables mandatos de inescrupulosos mayores, no solo se los explota sino que se les roba la inocencia y se los conduce a un porvenir de carencias, tristezas y tras tantas malas derivaciones.///