Nadie querrá distraerse
Los estudiantes no están distraídos por la disponibilidad de los celulares en las aulas
En los últimos meses, como pasa cada tanto, se generó un debate sobre la prohibición del uso de las tecnologías en las aulas. Esta vez el tema se instala a partir de las repercusiones de ciertos sucesos en países lejanos: Suecia, que decide replantear el plan de digitalización propuesto para las escuelas, y los Países Bajos que dejan las decisiones sobre el uso y la prohibición de los teléfonos celulares en manos de las escuelas.
Una explosión de artículos con argumentos conocidos y recurrentes: las tecnologías distraen a los estudiantes, limitan su aprendizaje, perjudican los resultados de las evaluaciones y estimulan la violencia, entre varios etcéteras más. Mi primera reacción a la pregunta sobre cuál es mi posición sobre este debate es que no se puede tapar el sol… con el dedo meñique. ¿Es posible desarmar cada uno de esos argumentos? Podríamos sostener que sí, con casi ochenta décadas de estudios sistemáticos en materia de tecnología educativa. Sin embargo, entiendo que es mejor concentrarse en el sentido de la inclusión digital en la educación y no en su abolición.
Vivimos en un mundo en el que la mayor parte de las actividades económicas, sociales, políticas y culturales están profundamente atravesadas por las tecnologías de la información y la comunicación. Comprender y aprender esas tramas y recrearlas críticamente es un derecho. No da lo mismo tenerlo o no porque lo segundo podría dejarnos afuera de ese mundo
Estrategias
¿Cómo incluiremos a nuestros estudiantes en el complejo mundo en el que les tocará vivir si los educamos recortando un rasgo central de la realidad? Esto no quiere decir que la inclusión de tecnologías en las prácticas de la enseñanza sea sencilla. No lo es.
Los y las estudiantes no están distraídos por la disponibilidad de los teléfonos celulares en las aulas sino por la dificultad que experimentan para sentirse interpelados por propuestas que no los reconocen como sujetos culturales que viven realidades inmersivas profundamente atractivas. La pregunta que tenemos que hacernos es cómo generar primero las condiciones materiales y luego esas prácticas que los convoquen genuinamente y les permitan construir sentidos en este mundo complejo y cambiante.
Si la pandemia configuró una situación de excepción, la aceleración digital a la que dio lugar en todos los ámbitos de la sociedad y la cultura no lo fue. En 2020 la falta de inclusión digital dejó a niños y jóvenes afuera de la escuela; en el futuro esto también podrá dejarlos fuera de la educación superior -cada vez más virtualizada- y del mundo del trabajo. Con ese piso de inclusión el desafío es crear la mejor enseñanza posible, en donde estar conectado suponga estar diseñando, creando conocimientos originales, colaborando más allá del aula, resolviendo problemas sociales, investigando, inventando un mundo mejor y aprendiendo profundamente. Con el cuerpo adentro y en movimiento y con emoción. Así, nadie querrá distraerse.///
Por Mariana Maggio- Dra. en Ciencias de la Educación