Necochea, 145 años y la necesidad de mirarse al espejo
A casi 145 años de su fundación, Necochea llega a un nuevo aniversario frente a una pregunta que no admite respuestas fáciles ¿Qué ciudad somos y qué queremos ser? Entre la nostalgia por un pasado de reconocido esplendor y las dificultades de un presente complejo, el desafío no sería recuperar lo que fue, sino construir lo que todavía puede llegar a ser
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Por Jorge Gómez
Para Ecos Diarios
El próximo 12 de octubre Necochea estará de cumpleaños. Serán 145 años desde aquel 1881 que marcó el nacimiento de una ciudad que, con el paso del tiempo, construyó una identidad alrededor del campo, el puerto, la industria, el comercio y el turismo.
Necochea tendrá en horas más 145 años. En la escala de las grandes del mundo es todavía una comunidad joven, pero lleva sobre sus espaldas una historia suficiente para saber que las sociedades no viven eternamente de las condiciones que alguna vez las hicieron crecer.
Aquí aparece el primer desafío, o sea dejar de mirar permanentemente por el espejo retrovisor. Los más veteranos recuerdan los momentos de fulgor, por citar el turismo, cuando la temporada representaba una actividad económica de enorme gravitación; o la época en que el entramado comercial e industrial era casi continuo; más la cadena agro exportadora detentó y encuentra todavía hoy en Puerto Quequén una salida natural hacia los mercados del mundo.
Pero el escenario cambió. La Necochea que conocieron quienes hoy tienen entre 70 y 80 años de vida -o más- no es la misma en la que viven sus hijos, nietos y bisnietos. No necesariamente porque sea peor. Es, sencillamente, otra.
La pregunta, entonces, no debería ser cómo volver a aquella Necochea, sino qué podemos hacer con la ciudad que tenemos. Conserva fortalezas extraordinarias, la producción agropecuaria, Puerto Quequén, río, costa, un parque de enorme dimensión, capacidad turística, instituciones, empresarios, comerciantes, profesionales y emprendedores. Y atesora un fuerte sentido de pertenencia.
Uno decana asignatura está a la vista, o sea la infraestructura urbana. La propia Municipalidad reconoce más de 4.000 calles sin pavimentar, desarrollando para ello algo de mantenimiento junto a programas de entoscado, y engranzado.
Pero mantener transitable una calle no es lo mismo que pavimentarla. Hacerlas requiere un dinero que excede largamente las posibilidades de cualquier presupuesto municipal. Hay que ser serios, o sea charlatanes al margen. Y obliga a discutir algo que muchas veces se pretende esquivar ¿Cómo se financia la ciudad que queremos?
Todos pretendemos mejores calles y servicios, cloacas donde no hay, desagües, iluminación, seguridad y espacios públicos cuidados. Queremos oportunidades para nuestros jóvenes, inversiones, turismo durante todo el año y más pero mucha más actividad industrial. También ambicionamos que Puerto Quequén incremente su impacto sobre la economía local, como así que nuestro maravilloso campo genere valor agregado, empleo e inversiones.
La distribución de recursos entre Nación, Provincia y municipios no es tan sólo una discusión contable. Tiene una expresión concreta en la calle de tierra, en el bache, en la luminaria que falta, en la obra hidráulica que no llega o en el proyecto productivo que no consigue financiamiento.
El Estado nacional recauda en todo el territorio. La Provincia también. Los municipios cuentan con herramientas mucho más limitadas y son, sin embargo, la primera ventanilla a la que concurre el vecino. Esa asimetría obliga a discutir cómo se distribuyen los recursos y cuánto de lo que se genera localmente vuelve convertido en obras y servicios.
No se le puede pedir a la comuna que haga con recursos ordinarios lo que requiere financiamiento extraordinario. Pero tampoco alcanza con responsabilizar siempre a otros. La discusión debe incluir qué puede hacer el municipio, qué deben aportar Nación y Provincia; y qué lugar está dispuesto a ocupar el sector privado.
El desafío adquiere una dimensión mayor porque estamos entrando en un período electoral. En 2027 se renovarán autoridades. Es inevitable que comiencen candidaturas, alianzas, internas, discursos y promesas. Pero una ciudad que cumple 145 años debería exigir algo más, o sea proyectos posibles y sustentables, explicados en términos económicos, financieros y sociales.
El próximo 12 de octubre habrá actos, banderas, música, encuentros y recuerdos. Está bien que así sea. Cumplir años también es celebrar.
Necochea tampoco vive aislada de la discusión política nacional. La disputa entre el gobierno de Javier Milei y el bonaerense de Axel Kicillof atraviesa buena parte de la agenda pública. Entre esas estructuras de poder queda el municipio, obligado a administrar una realidad más pequeña, pero mucho más inmediata.
El vecino no vive en la Casa Rosada sino en una calle determinada. Cuando llueve, se rompe una cloaca, falta iluminación o una arteria se vuelve intransitable, las miradas se dirigen al municipio. Es comprensible. Pero también es importante entender sus límites.
Necochea precisa un municipio activo, eficiente y con capacidad de planificación, pero no puede pretender que sea el único motor del desarrollo. El privado tiene que ocupar un lugar importante y relevante, no para reemplazar al Estado, sino para complementarlo y estar posiblemente por encima de aquel en su rol de motivador laboral.
La comuna puede facilitar, ordenar, planificar, promover y generar condiciones. Pero una ciudad crece cuando aparecen inversiones y brota ese escondido capital.
Durante décadas, Necochea fue una comunidad a la que muchas personas llegaban para quedarse. La ciudad sigue ahí, con sus mismas piedras y nombres, pero este nostálgico hogar que habitamos -y que rememoramos- se lo llevó el tiempo. Hoy existe también una realidad inversa dado que los jóvenes deben irse para encontrar oportunidades que aquí no encuentran.
Por eso los 145 años deberían servir para pensar hacia adelante. El turismo en escala grande ya no puede descansar en verano. La producción agropecuaria tiene que encontrar nuevas formas de agregar valor. Puerto Quequén seguirá siendo una pieza estratégica de la economía regional. La limitada industria necesita condiciones para desarrollarse y el comercio requiere consumidores -hoy con bolsillos más que flacos-, pero asimismo inversión y previsibilidad.
Necochea ya tuvo demasiadas veces la experiencia de anuncios grandilocuentes que quedaron a mitad de camino. No necesita inventos ni vendedores de ilusiones. Hay muchos despistados -actores públicos y privados- que no se hacen cargo de lo que se hizo mal. Tampoco vale el conformismo de los que sostienen que nada puede cambiar.
No podemos evaluarla a la ciudad con los planos y fotos del siglo pasado. La sociedad no se ha degradado, se ha transformado, y exigirle en la actualidad que imite su antiguo esplendor es ignorar las leyes de la evolución histórica.
Entre el voluntarismo de los que creen que todo puede hacerse de inmediato y el pesimismo de los que piensan que nada vale la pena, existe un territorio más razonable. Es el de la planificación. Saber qué se puede hacer, cuánto cuesta, quién lo paga y en cuánto tiempo.
También sería saludable que la sociedad asumiera una parte de la discusión. Municipio, intendentes, concejales y gobiernos nacional y provincial tienen responsabilidades. Pero los ciudadanos también. No alcanza con exigir, hay que discutir cómo se financian los servicios y entender que reclamar obras no responde de dónde salen los recursos.
Una sociedad que quiera crecer necesita empresarios que inviertan, trabajadores capacitados, instituciones comprometidas, dirigentes capaces de acordar y ciudadanos dispuestos a participar.
La actual sociedad necochense no está rota, simplemente ya no encaja en los moldes del pasado. Es injusto medir el brillo de hoy con los espejos del ayer. La riqueza de antaño fue una hermosa página, pero la historia ya cambió de libro y de gente. No busquemos en el mañana las ruinas de lo que fue, dado que el futuro viaja en una dirección completamente nueva.
Necochea no tiene 500 ni 1.000 años de historia. Tendrá en horas más 145. Es joven. Y precisamente por eso todavía tiene tiempo para corregir, reinventarse y encontrar un nuevo modelo de desarrollo. Pero ese prototipo no aparecerá solo. Habrá que discutirlo, financiarlo y sostenerlo más allá de una elección.
Pero quizás el mejor homenaje a quienes fundaron Necochea no sea repetir que una pasada generación fue extraordinaria, sino preguntarnos si hoy somos capaces de asumir el desafío que nos corresponde.
Y para eso habrá que mirarla de frente, sin nostalgia paralizante, sin pesimismo y sin maquillaje. Con sus fortalezas y sus problemas. Con los recursos que existen y con los que habrá que salir a buscar.
A los 145 años, Necochea no pide que le digan que está condenada a ser lo que fue. Necesita que se explique, con seriedad, cómo puede convertirse en lo que todavía puede ser.
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