“Necochea fuiste, sos y serás mi lugar en el mundo”
El autor hace un emotivo relato de su relación con la ciudad desde su niñez. Sus diversiones, amigos y hasta el amor que conoció aquí
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FEDERICO JAVIER ROMERO (*)
Para Ecos Diarios
¿A quién no le han preguntado alguna vez cuál es su lugar en el mundo?.
Soy periodista, conductor de noticias en la Televisión Pública pampeana desde 2005 y más de una vez no solo he respondido esta pregunta sino que la he usado en alguna entrevista que me ha tocado realizar.
Nacido en La Pampa en 1977, conocí el mar desde mi infancia, en los comienzos de los 80 fue el destino elegido por mis viejos para veranear. No estamos cerca nos separan 630 km y esos viajes sí que eran largos, en Fiat 600, en el 128 y hasta en el Ford Taunus celeste de mis abuelos.
El trayecto que unía mi natal Santa Rosa con el mar era toda una odisea, se salía de madrugada para no sufrir el calor, Macachín, Rolón, Carhué, Suárez, Pringles, Tres Arroyos y esos interminables últimos kilómetros hasta el deseado y esperado encuentro con el mar.
Entrar por avenida 59 hasta Diagonal y el emblemático monumento de "los 3 palos", para continuar por 79 con el traqueteo característico del asfalto y toparse con el majestuoso e infinito "azul marino" hacia que todo fastidio y cansancio quedara en el olvido.
Año tras año disfrutando un mes, cuando se podía, de la playa del suave declive. Nuestro "mundo" estaba delimitado por Av. 2 y 10 y 79 hasta 89 y por supuesto el majestuoso Parque Lillo.
Nombres en la memoria
Párrafo aparte el imponente Complejo del Casino donde pasábamos las horas entre la pista de patinaje y los fichines, y si hablamos de "Arcade" como no recordar en plena peatonal "Cosmos" y la pista de Karting de Don Orofino en Diagonal y luego en 6 entre 85 y 83.
Claro que se vienen a la mente mil recuerdos de esos magníficos días, cuando corríamos tiritando a la arena seca cuándo la salida del mar era fría, esquivando a “Fotos Samuel y su barquito”, al señor de los avioncitos de Telgopor con su banqueta plegable, el "Topo Gigio" ofrenciendo los riquitos en su carrito, el barquillero y su ruleta, que a veces el azar nos daba la alegría de sacar 7. Marito y su particular andar saludando a cuanto se le cruzara en el camino.
Familia Bustos con doña Carmen, encargada del Vía 83 que tantas veces nos vio entrar y salir, familia Preiti y su tradicional negocio de cuero en plena 83, el señor Ruiz barriendo la vereda del Surinco II frente a la Plaza y en la esquina no faltaba Chacovachi y su extravagante show, ofreciendo sus imaginarios caramelitos de "propoleo".
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La recorrida infaltable por los artesanos y la visita obligada a Patio Apreda para conocer las últimas novedades de llaveros y estrambóticos colgantes, que solo usábamos en temporada y algún que otro paseo en el siempre recordado tren "Charito".
La galería Centenario, la "del teléfono" donde hacíamos interminables colas para comunicarnos con los nuestros y decir que habíamos llegado bien y que veíamos el mar desde la ventana del modesto departamento. Eran dos llamados ése y el último avisando que al día siguiente emprendíamos el tan odiado regreso.
Los churros de El Topo para deleite de la merienda y el siempre tan recordado ritual para bajar a la playa, sombrilla, reposeras , canasta con mate y un sinfín de elementos amontonados en una bolsa que automáticamente desparramabamos al instalarnos..., palitas, baldes y las tan preciadas catanguitas de plástico, para los grandes premios que se organizaban de manera azarosa y entre los eventuales vecinos. Eso si... sin cucharitas abajo y sin hacer manopla, en los entramados circuitos que tanto esmero poníamos en diseñar y construir.
Las largas caminatas hasta el puerto, para ver esas moles de acero arribar a tierra firme.
Amigos entrañables
Amigos entrañables que el tiempo nos supo regalar. Los Rodríguez familia porteña con la cual hoy seguimos diariamente en contacto.
Ah, me falta mencionar el a veces enojo, no menor, de los veraneantes, cuando prendíamos un volcán en la arena con diarios viejos. Y allí además estaban los señores de la cancha de tejo, que delimitaban con sogas y eran todos unos profesionales en el arte de tirar las maderitas.
Eugenio Cambaceres, "el Vasco", Gustavo Córdoba, el Colo, el negro Azpiri y muchos más que vigilaban el mar todos los días cuidándonos, nuestros superhéroes de carne y hueso.
Tantos recuerdos, tantos años, tanta nostalgia de un Necochea que era mi felicidad plena.
El destino volvió a sorprenderme allá por diciembre del 2016, en pleno festejo por la llegada de un nuevo año, apreció en mi vida y no por azar, una necochense amante del mar y de la vida. Fue amor a primera vista, compartimos unos tragos en Tom Jones y las obligaciones laborales hizo que volviéramos a vernos unos meses después.
Descubriendo el amor
En febrero, compartimos 15 inolvidables días, descubrimos un complemento mágico, y como la vida es una sola, así fue que en abril de ese año decidió mudarse conmigo. Sus padres son Ana y José apasionados y reconocidos canillitas de la ciudad.
Julieta llegó a La Pampa con un bolsito a cuesta lleno de ropa y de ilusiones y hoy 8 años después celebramos la vida juntos, hemos tenido la fortuna de haber transitado por innumerables momentos hermosos y por muchísimas otras situaciones donde la vida nos puso a prueba y le dimos batalla, sacando la fortaleza, el amor y nuestra mejor versión, porque de las adversidades se aprende y se crece.
Necochea no son unos pocos días al año, sos todos los días de mi vida y anhelo poder convertirme en un ciudadano más de uno de los lugares naturalmente más bellos del país.
El vínculo afectivo, sentimental y de pleno amor con la mejor playa está más vivo que nunca, fuiste, sos y serás... mi lugar en el mundo.
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(*) Periodista y conductor en la Televisión Pública de La Pampa
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