:format(webp):quality(75)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/09/no_hay_lugar_relato.webp)
No soy persona especialmente grata a los demás. Por el contrario, soy un claro ejemplo de la afirmación “hazte fama y échate a dormir”. Me podrían recordar como un hombre trabajador, dedicado a su familia, razonablemente bueno y justo, aunque sin exageraciones en ninguna de ambas virtudes. Pero no. Sólo soy el posadero que dijo “no hay lugar”.
Es que la posada estaba abarrotada de gente por un censo que había mandado a hacer el emperador. Nunca entendí para qué serviría algo así, pero como se había decretado su obligatoriedad, todo el mundo se trasladó hacia sus lugares de origen porque era allí donde debían censarse.
Pingüe negocio para nosotros, por cierto. Porque la gente no viajaba porque se le ocurría. En ese tiempo, viajaba por necesidad o se quedaba en su pueblo. Nosotros éramos de Belén, a dos o tres horas - burro de Jerusalén, al sur.
-No hay lugar en la posada; le dije al caballero.
No podía ocultar mi mal humor porque había logrado conciliar el sueño luego de un día agotador y los llamados del hombre me habían despertado. De modo que no terminé de decirlo y cerré la puerta. Vuelto a mi habitación, le conté a mi mujer brevemente lo acontecido y me miró con esas miradas inconfundibles. Esas que dicen “te mandaste un macanón y no hay disculpa posible”.
-Le negaste lugar a un matrimonio con ella embarazada? Y no te da vergüenza?
-Pero Judith, no hay un solo lugar.
-Y el establo? Ahí pueden parar a descansar.
-Nooo!! Me avergonzaría enormemente alojar a alguien en un establo!!
-Ezequiel, sabés que te amo pero eso no me impide criticarte.
-A juzgar por los hechos, pareciera que antes que impedírtelo, te lo hiciera obligatorio; le dije, mezclando ironía y enojo, mientras me daba vuelta intentando volver al descanso.
-Ofrecele lo que tenés. Y lo que tenés es el establo. Qué importa lo que digan los demás; vos ofrecé lo que tenés y no te avergüences.
No sé si me convenció más su argumento o una insistencia que percibí imposible de doblegar. Pero abrí la puerta y salí corriendo a esa pareja que había recorrido unos pocos metros.
-Señor, tengo lugar en el establo.
Vi sus caras iluminarse como si les hubiera ofrecido un palacio.
-Gracias, gracias, es usted muy amable. Nos acomodaremos ahí; agradeció el hombre. La mujer no dijo nada; sólo me miró a los ojos y una sensación extrañísima recorrió mi cuerpo. Me pareció que era la mirada de la Paz.
-Pero no he preparado el lugar en absoluto. Hay un burro que rebuzna toda la noche; un chivo muy mal llevado y dos vacas. Si me dan un rato, puedo emprolijarlo. Por supuesto que no les cobraré nada porque es un lugar indigno de recibir gente.
Ahí percibí que la mirada de ella cobraba otra luz; una luz de alerta, de cierto amoroso enojo conmigo.
-Indignidad es otra cosa; sentenció sin más explicaciones. Y prosiguió: Es usted muy bueno. Muchas gracias. No lo molestamos más; descanse que tuvo un día ajetreado y agradezca a su esposa la generosidad. Y a Dios, la esposa que le ha dado; dijo como si supiera lo ocurrido un ratito antes.
Y me fui a dormir, no sin antes advertir la sonrisa de satisfacción y tranquilidad de Judith.
Pero al rato, me desperté y sentí la compulsiva necesidad de ir al establo. En realidad, los ruidos a los que me tenía acostumbrado se habían convertido en un silencio que me parecía curioso.
Y lo ví: a la luz de un farol de aceite, pude divisar con claridad a la madre recostada en el suelo sobre un improvisado colchón de heno, amamantando a un niño recién nacido.
Ambos rodeados de los animales que los miraban con una particular tranquilidad. El chivo, absorto, sentado con placidez pese a que le habían sacado su lugar; el burro, echado en silencio y con las orejas caídas hacia los costados, arrimaba su hocico al niño; y las vacas, rodeándolos como buscando repararlos de la corriente del aire frío de la noche.
-Cómo están? pregunté.
-Muy bien, gracias a su enorme generosidad; me respondió el hombre. La mujer no habló, ocupada como estaba en alimentar al bebé; sólo me miró a los ojos. No existe mayor agradecimiento, ni mayor premio, que esa mirada.
Pasados los años, comencé a escuchar sobre un predicador muy carismático que recorría Israel haciendo unos milagros portentosos de dudosa veracidad. Una tarde, un viajero me habló de él.
-Es de Nazaret, pero nacido en tu pueblo; me dijo.
Yo estaba limpiando una jarra.
-Cómo se llama? pregunté.
Me dijo el nombre. La jarra se me cayó de las manos. No dije nada y el viajero siguió hablando. Yo ya no lo escuchaba. Estaba pensando en aquella noche.
Yo había asumido que no tenía lugar para ellos. Pero en realidad el que estaba buscando un lugar era yo. Tenía mi posada y mi establo. Pero esos lugares eran sólo lugares; no eran mi lugar.
La historia me ha tratado injustamente; con cierto encono; de reojo. Soy el que dijo “no tengo lugar”. Y por esa respuesta me expulsó. No importa; ni me importa tampoco la veracidad de los portentos que se le atribuyen al muchacho.
Su mayor milagro fue darme cuenta que mi lugar está en la felicidad de ese padre y en la paz de esa madre.
Sobre el autor:
:format(webp):quality(60)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/03/agustin_bosch.jpg)
Agustín Bosch nació el 24 de enero de 1966 y pasó sus primeros años de vida en el ámbito rural, en la localidad de Energía, donde vivió hasta los 7 años antes de trasladarse a la ciudad. Abogado desde 1991, construyó su camino profesional sin dejar de lado sus pasiones: el rugby y los caballos, dos intereses que lo acompañaron a lo largo de su vida.
Padre de seis hijos y abuelo de cuatro nietos, encuentra en su familia un pilar fundamental y una fuente constante de aprendizaje. Según expresa, son ellos quienes le recuerdan a diario cuáles son las cosas verdaderamente importantes. Tras un recorrido personal y profesional, en 2025 regresó a Necochea, en lo que describe como un reencuentro significativo con sus raíces.
En paralelo a su vida profesional, Bosch cultiva una faceta artística vinculada a la escritura. A través de la poesía, canaliza emociones y reflexiones, dando lugar a una mirada íntima y sensible sobre el mundo.
Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión