No hay regulación que pueda evitar la tragedia
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El impresionante número de vehículos que pueblan cada vez más kilómetros de playa y los diferentes comportamientos individuales hacen que siempre estén latentes accidentes como el de ayer
Ante una desgracia como la ocurrida en la víspera, en una jornada navideña donde el sol acompañó refulgente hasta su ocaso, todo se enlutó en la playa con la lamentable pérdida de la vida de un niño de dos años. La triste realidad supera cualquier tipo de análisis, versiones y opiniones.
Esta vez, a diferencia de otros accidentes, no fatales, generados en zonas prohibidas para la circulación de vehículos- llámese camionetas 4×4, Jepps, cuatriciclos o motos- la tragedia ocurrió en un sector habilitado para
tal fin, más precisamente en el sector de playa ubicado a la altura de
avenida 2 y calle Pino del Japón.
Se trata del espacio en el que desde hace años y cada vez con mayor
extensión hacia el oeste, se puebla de cientos de vehículos y familias
cada día apto para disfrutar de la playa, rodados que si bien se apostan
en sitios permitidos, deben circular hasta allí o hacer constantes
movimientos cuando quedan estacionados cerca del mar y la marea empieza a crecer o sus propietarios desean retirarse.
Las reglas están establecidas en cuanto a los sectores para que bajen y
suban los rodados, la velocidad en la que deben circular y la forma de bajar y luego estacionar.
Generalizando y sin entrar en un juicio de valor sobre lo ocurrido ayer, sin embargo, no todo es así y el poco acatamiento a las normas está
enraizados en una buena porción de la sociedad. Vale detenerse un momento a observar; y se verá pasar a motos a más velocidad de la prudencial, generalmente con sus conductores sin cascos y haciendo malabares para no caerse ante las enormes huellas que generan en la arena el recorrido de infinidad de vehículos.
También, sobre todo cuando cae el sol y llega el horario de abandonar la
playa, se ve a camionetas tomando carrera para intentar llegar a lo alto
para subir a la avenida costanera, a veces sin lograr el objetivo y empezar a
retroceder peligrosamente, ante el intento fallido.
No privativo de Necochea
Muchos apuntan al municipio por la falta de control, pero ¿es posible
vigilar y cuidar a los rodados que pueblan la playa en un tramo de
varios kilómetros? Se necesitaría un ejército de inspectores. Algo imposible.
Nuestra playa ya ha sido escenario de otros accidentes con duras
consecuencias físicas para sus víctimas. A modo de ejemplo se puede recordar cuando en la zona de médanos cercana a la Termoeléctrica un arenero pasó por sobre el cuerpo de una mujer que tomaba sol; o un par de motociclistas que fallecieron en horarios nocturnos, uno hace años al golpear con su rodado los restos del barco “Esito” sepultados en la arena cerca de la escollera; y otro hace poco tiempo, al embestir a alta velocidad una piedra en cercanías del muelle de Pescadores. Vale decir que los peligros acechan a cualquier hora.
Los accidentes no son privativos de Necochea. Año a año se repiten, por
caso, en playas ejemplo la de Pinamar, con cuatriciclos como protagonistas
y también con pérdida de vida.
Es que ante la enorme proliferación de camionetas y personas que se
vuelcan desde el parador Kabryl hacia el oeste y desde calle 71 hacia la
escollera, están latentes en forma continua los accidentes. Basta una
distracción, un descuido para que ocurran.
Un suceso como el de ayer, en alguna medida, puede llegar a considerarse como previsible, más allá que éstos se produzcan por el infortunio que por un descuido. La razón es la cantidad de automotores de todo tipo que, en los últimos años bajan a la playa. En verano como en invierno, contaminando además la arena de aceite y mugre que trasladan en las cubiertas.
La moda de llegar hasta la orilla con vehículos es una costumbre que conlleva un alto riesgo aquí y en cualquier otro balneario, siendo un verdadero problema de muy difícil solución, el que supone ir contra los gustos personales de gran parte de la población.