“Organizábamos milongas a vitrola entre los vecinos”
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Arturo Rodríguez festejó ayer su cumpleaños número 100 y evocó aspectos de su vida
Con una historia de vida de trabajo y rodeado del afecto de sus familiares, el vecino Arturo Rodríguez festejó ayer 100 años de vida, un motivo de alegría que compartió con los más allegados.
Ha transcurrido un siglo desde aquel lejano 6 de febrero de 1920 cuando en el campo Los Peludos, ubicado en el kilómetro 24 de la ruta a Juárez, nacía el hijo del herrero.
Con la dignidad propia que le dan los años y con muy buena memoria, el vecino relató algunos tramos de su vida, su infancia en el campo, su juventud y el trabajo, porque heredó el oficio de su padre pero también trabajó durante 44 años para la empresa Ardanaz y fue taxista hasta que se jubiló.
Rodríguez recibió a Ecos Diarios en la galería de su casa y el diálogo transcurrió amenamente, intercalando recuerdos del pasado y la comparación de cómo era la vida antes.
Es inevitable porque el vecino vivió grandes cambios, desde hacer un trabajo totalmente artesanal como la herrería hasta las nuevas tecnologías de las que disponemos hoy.
“Mi padre hacía arreglos de chatas, en ese tiempo solo había carretas y carros, los camiones no existían”, evocó, agregando que este medio de transporte empezó a popularizarse en la década del 50.
En diálogo se desarrolla con fluidez porque él recuerda al detalle cómo se reparaban las enormes ruedas de las chatas, de tres metros de alto, “era un trabajo medio bruto, todo a martillo y maza. Ahora es más fácil”, enfatizó.
Infancia
Su infancia transcurrió en el campo, jugando y cazando pequeños animales; a los siete años se fueron para La Dulce donde comenzó sus estudios primarios en la Escuela Nº 5, estuvimos tres años y mi maestra era la señora Lasalle”, contó.
Después su padre fue contratado por los propietarios de la estancia Médano Blanco, “era el campo de los Rasmussen, donde hoy está el complejo, y había más de 10.000 ovejas”.
Por su parte, su hermano era conductor de la galera que hacía el recorrido por la costa, uniendo Médano Blanco, con el campo de los Balsategui, entre otros. “llevaba cuatro o cinco personas y mercaderías”.
Dueño de una memoria prodigiosa, son innumerables las anécdotas que comparte con su familia, con la sencillez de un hombre que ha trabajado incansablemente para progresar y darle un futuro a los suyos.
Testigo de una época lejana, en su infancia viajó a la playa en tranvía y comentó que “los galpones estaban donde hicieron la intendencia nueva”, dijo en referencia al actual edificio municipal.
Rodríguez recorrió casi todo el país transportando maquinarias de la fábrica Ardanaz, firma para la trabajó durante 44 años.
Esfuerzo
Siempre gozó de muy buena salud y le gusta comer de todo. La casa donde vive la construyó con sus propias manos, “cuando venía hacía un metro de pared y cuando podía levantaba otro poco, como el hornero”, enfatizó.
En su juventud iba al boliche y asistía a bailes que organizaban entre los vecinos “eran milongueadas a vitrola”, recordó Arturo que también solía tocar la guitarra para amenizar las veladas.
Se casó con Eva Rafaela Yalungo, el 4 de abril de 1953, tiene dos hijos, Eduardo y Marisa, que le han dado seis nietos, Melisa, Yamila; Facundo, Juan Cruz; Juan Manuel y Agustín. Conoció a la que luego se transformó en su esposa cuando se desempeñaba como taxista y formaron una linda familia y en ese sentido coincidieron en que “desde que nos casamos siempre trabajamos los dos y nuestros hijos pudieron estudiar, estamos orgullosos”.
Una canción de Violeta Parra dice “Volver a los diecisiete. Después de vivir un siglo, es como descifrar signos; sin ser sabio competente…” y es una labor intrincada atrapar un instante de la fecunda vida de este hombre que conoció la avenida 59 con eucaliptos “tan grandes que no los abarcaban entre dos personas”, manejó su auto hasta los 96 años y puede festejar su cumpleaños con alegría.///