Parecidos y diferentes
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La pelea de fondo entre Cristina Fernández y Mauricio Macri será por imponer valores. Lo demás es hojarasca
Por Hugo E.Grimaldi
Agencia DYN
La palabra «unidad» tiene para Real Academia Española nueve significados básicos que boyan entre las matemáticas y la filosofía y en los que, para conformar el concepto, se describe su calidad de indivisible o la suma de los iguales. Sin embargo, para que nadie compita por el manejo de la locomotora, la Argentina pre-elecciones legislativas 2017, plagada como está de individualismos políticos, acaba de encontrarle al término una acepción más: «unidad es todo lo que no se oponga a lo que decido yo y al que no le gusta no puede engancharse».
En tiempos de PASO que se avecinan y si bien casi todos los partidos están en la misma, Mauricio Macri y Cristina Fernández son en este momento pioneros en la línea del «dedazo», con un lastre bien objetivo en contra de ambos: el Presidente llegó a la Casa Rosada en nombre del diálogo y de ese insumo aún no se observa tanto como necesitaría el país; en tanto, su antecesora es la fiel representante de un fanatismo que no tolera y descalifica cualquier hecho o persona que se le oponga.
En la actitud que los dos tienen ante sus respectivas internas en relación al armado de las listas parece que no hay «grieta» alguna, ya que ambas corrientes están buscando dejar afuera a todo quien no pertenezca a su riñón ideológico. El Presidente se ha malquistado con sus socios radicales en algunos distritos, mientras que su antecesora destila veneno contra Florencio Randazzo, quien busca patearle el hormiguero bonaerense en nombre del kirchnerismo no cristinista. La filosofía de las PASO, elecciones de selección interna de candidatos dentro de los partidos o frentes, paradójicamente impulsadas por Cristina y su ex ministro del Interior, es de cuño netamente peronista: «el que gana conduce y el que pierde acompaña». Pero como el viento giró y hay muchos personalismos que copan la escena, parece que el próximo turno electoral quedará en medio de la nada, como un elemento valioso de la democracia pero estorbando la circulación de quienes se arrogan la hegemonía, tal como sucede con un jarrón chino que todo el mundo teme romper.
Cuestión de valores
Ambos líderes polarizan, aunque no tanto por sus personalidades, que provocan oleadas de amor u odio entre muchos de sus fanáticos o en las estrategias circunstanciales de cada uno, sino de modo esencial por sus diferencias ideológicas en cuanto al modelo político, económico e institucional que quieren para el país. Allí, está expuesta la verdadera «grieta» de fondo, en los valores que sustenta cada uno.
Son esquemas de gobierno tan contrapuestos que, a priori, parece imposible que ambas partes logren una síntesis en cuestiones tan centrales. Se chuzean, se denuncian y se cargan de faltas unos contra los otros, pero lo cierto es que a esta altura de la política se complementan porque se necesitan, hasta que uno de los dos triunfe.
Para el cotorreo doméstico, la reciente y trascendente visita de la canciller de Alemania, Ángela Merkel se ha centrado también en esta puja, la de los modelos divergentes. Lejos quedaron los tiempos en que la ex presidenta dijo que le gustaría que la Argentina fuese «un país como Alemania», más allá de aquella agresión al intelecto que representó la cantidad de pobres que tenía cada país, expresada elípticamente por ella en la FAO y defendida a rajatabla por su ministro Aníbal Fernández.
Pues bien, para agradar a Cristina, durante la semana que pasó, los medios que la representan se deshicieron en diatribas contra quien hoy es la mujer más poderosa de Europa, la nueva Dama de Hierro que ha cruzado bien fuerte a Donald Trump, nada menos, mientras siguen defendiendo o escondiendo los terribles episodios de Venezuela, por ejemplo.
¿Qué pecados cometió Merkel en sus discursos? Acostumbrada como está a la administración de un país serio y pujante, la canciller defendió el libre comercio y la apertura al mundo y se declaró «contenta» de que su país sea socio de la Argentina. Nada extraño para su concepción del mundo, pero todo el kirchnerismo echó fuego por los ojos debido a sus alabanzas a los cambios de fondo que se han producido, tras los tres gobiernos de su signo.
En medio de estas pujas que no ayudan para nada a resolverle la vida a la gente, mientras se degrada lo electoral y en última instancia la democracia, durante la última semana se registraron también dos hechos ligados a la economía (baja del gasto e inflación en descenso) encaminados en el mismo sentido: empezar a ver la luz al final del túnel, después de octubre. De este tema, también habló Merkel cuando destacó el «esfuerzo macroeconómico» del Gobierno, algo que el kirchnerismo llama peyorativamente «ajuste», cuestión que en simultáneo, la ortodoxia critica por «insuficiente».
Si bien el corrimiento permanente del arco por parte del Gobierno en materia de reactivación vía inversiones ya aburre, desde la Casa Rosada hicieron trascender que en la reunión de gabinete ampliado del martes pasado se presentó un plan para terminar, vía Presupuesto 2018 que deberá mandarse al Congreso en setiembre, de desmontar los subsidios que dejó el kirchnerismo, tarea que probablemente, se complementará con una reestructuración del funcionamiento del Estado, potenciado por el aumento de ministerios y otros puestos del escalafón que decidió el mismo Macri cuando asumió y que terminó de complicar todavía más todavía la situación fiscal. El cuadro debería cerrar con los detalles de la Reforma Tributaria que se espera aprobar también después de octubre, proyecto que ya está casi preparado en el escritorio del ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne: menos gastos para que los contribuyentes paguen menos impuestos. La jugada política de, por ahora, tan impactantes anuncios fue tratar de darle una señal a los mercados y al mundo (Merkel y los empresarios alemanes llegaron dos días después) que no habrá vuelta atrás. Y mientras desde las antípodas del pensamiento K algunos le siguen pidiendo al Gobierno que haga explícito un plan económico mucho más integral y otros le dijeron que si era algo tan bueno porque no lo ponían en marcha ya mismo, está claro que las restricciones políticas (potenciadas por las elecciones) le pondrán bandera amarilla a la carrera hasta el mes de octubre. Al respecto, el ministro de Finanzas, Luis Caputo, se atajó en el IAEF: «el círculo rojo nos critica por no hacer un ajuste más violento y la oposición nos acusa de ajustadores y la realidad no está en ninguno de los dos casos», argumentó.
En el mismo seminario, el economista Carlos Melconian había sostenido que «alguien va a tener que poner el culo en la silla para lograr el equilibrio macroeconómico», al tiempo que cuestionó el financiamiento externo del gasto público y pidió «cerrar el agujero, porque uno en su casa no gasta más de lo que le entra. Hay una dependencia del financiamiento externo que tapa el problema aunque genera consecuencias nocivas y eso no es sostenible en el tiempo. Un país no puede vivir con 500 mil millones de pesos de déficit fiscal financiándolo en forma externa de modo permanente», alertó.
Caputo pareció contestarle cuando expresó que «los números son claros, el financiamiento hacia el equilibrio fiscal nos va a poner en un nivel de deuda sobre el Producto que va a seguir siendo uno de los más bajos de la región».
También admitió que en estos temas fiscales se seguirá avanzando sin desbordes: «tenemos un déficit fiscal muy alto, queremos encontrar un equilibrio, pero lo haremos de forma gradual», aceptó. «Si fuéramos más rápido pondríamos en peligro la actividad económica que se está recuperando», complementó Dujovne en un reportaje radial.
Una sonrisa
Otro tema, ya de franca sonrisa para el Gobierno, fue la baja inflacionaria que detectó el INDEC en mayo, la mitad del mes de abril que, si bien no converge en 17 por ciento para el año, generó en el Gobierno y en el BCRA bastante euforia. Si en aquel momento el 2,6 por ciento de suba del Índice de Precios al Consumidor (IPC) pareció exagerado, este 1,3 por ciento tiene sabor a poco, sobre todo por otras mediciones alternativas. «Quizás hubo una compensación metodológica», explicó un economista que mide precios. Lo insólito es que, pese a la conducción profesional que hoy tiene el Instituto, el tema de la duda volvió a ponerse sobre la mesa. Se está en camino que con el INDEC ocurra lo mismo que con la Justicia, a la que sólo se le cree cuando falla a favor. En tiempos del kirchnerismo se atacaba la «Justicia cautelar» y se trató de desmontar la «familia judicial», que fallaba en contra de sus propuestas, con una reforma que naufragó. De allí, la aparición de Justicia Legítima (JL), un colectivo que responde a la ideología del populismo y que tiene a la Procuradora Alejandra Gils Carbó, la jefa de los fiscales, como abanderada de la resistencia contra el Gobierno. Por supuesto, que la acusación es la misma: el macrismo trata de disciplinar la Justicia.
En la Casa Rosada se persiguen porque ven que todas las causas donde tienen problemas se hallan motorizadas por funcionarios judiciales de ese palo. Ni que decir cuando, como frutilla del postre, aparecieron en la semana las declaraciones del fiscal Federal de Córdoba, Enrique Senestrari, quien deseó que si cae el presidente Michel Temer en Brasil se lo «lleve» a Macri.
La charla del funcionario judicial con una emisora de Cosquín tenía como centro las coimas de Odebrecht y justamente el tema de la corrupción altera a diario a las dos márgenes de la «grieta». Aunque la Justicia no lo logre probar nunca, una gran cosa que tiene a favor el actual gobierno es el desgaste del anterior, la gran cantidad de causas que tienen abiertas y la sensación generalizada que aquellos funcionarios «metieron la mano en la lata». Hay encuestas en las que muchos kirchneristas justifican el eventual desfalco al dinero público como parte del juego de «hacer política». Hoy, el tema está en el candelero porque el Gobierno quiere información sobre los receptores de los sobornos, sin que los datos pasen por Gils Carbó. Por eso, el ministro de Justicia, Germán Garavano, ha viajado a los Estados Unidos a pedir colaboración allí, mientras piensa en un esquema administrativo para que la firma entregue al Ejecutivo los datos voluntariamente con la zanahoria que podría seguir operando en la Argentina.
Finalmente, ni la constructora brasileña, ni Merkel, ni Randazzo, ni Melconian, ni tampoco los ministros son verdaderamente importantes ante las próximas elecciones, en los que la gente deberá elegir la nueva composición del Congreso. Seguramente, los números de bancas no van a marcar grandes diferencias, pero lo importante será ver en octubre hacia qué puerto ideológico se dirige la mayoría de los argentinos: pasado, cambio o quizás la «ancha avenida del medio».